La potencia-de-no

El filósofo Giorgio Agamben reflexiona sobre el elusivo tema que es una especie de principio motor detrás de cualquier manifestación artística.
Literatura formalmente correcta.
Literatura formalmente correcta. (Jesús Quintanar)

En un magnífico ensayo titulado “¿Qué es la creación?”, el filósofo Giorgio Agamben reflexiona sobre el elusivo tema que es una especie de principio motor detrás de cualquier manifestación artística. Tomando como punto de partida la idea de Deleuze de creación como resistencia, y tras realizar un minucioso análisis de los conceptos de potencia y acto en Aristóteles, Agamben concluye que la “potencia-de-no” es fundamental en el proceso creativo, al menos en dos grandes sentidos: el primero es más evidente, y se refiere a la posibilidad de que la obra como tal no hubiera sido creada (es decir, que la potencia jamás pasara al acto); el segundo es más sutil, y se refiere a aquello que Agamben llama “inoperosidad”: tiene que ver con la “potencia-de-no” presente incluso en la obra terminada, como una especie de residuo de imperfección que demuestra que una obra jamás agota todas sus posibilidades, sino que es simplemente un camino particular, a menudo sinuoso, rocoso o escarpado, y son justamente las imperfecciones del camino las que a menudo añaden un toque genial a su grandeza:

“Si la creación fuese únicamente potencia-de, que solo puede pasar ciegamente al acto, el arte decaería a ejecución que procede con falsa desenvoltura hacia la forma terminada porque ha superado la resistencia de la potencia-de-no. La maestría, contrariamente a un equívoco largamente difundido, no es la perfección formal, sino precisamente lo contrario: la conservación de la potencia en el acto, salvación de la imperfección en la forma perfecta. En la tela del maestro o en la página del gran escritor, la resistencia de la potencia-de-no se imprime en la obra como el íntimo manierismo presente en toda obra maestra”.

En la actualidad asistimos de manera generalizada a un fenómeno que me parece puede explicarse a partir de esta idea de Agamben: la figura del escritor se ha vuelto tan anhelada que a menudo el impulso originario que pone en marcha el proceso creativo no es el de escribir, sino el de convertirse en escritor. A través de talleres de escritura (u otras vías) se puede adquirir destreza técnica, y mediante una combinación de relaciones públicas, así como de la adopción en ferias del libro o en redes sociales del tipo de personalidad excéntrica, rabiosa, extravagante, que cada vez constituye una parte más esencial del oficio, es relativamente fácil alcanzar la meta de ver la propia obra publicada.

Sin embargo, quizá por ello a nivel internacional (es decir, que no es un fenómeno exclusivo de ningún sitio) se aprecia un patrón de literatura formalmente correcta, que respeta más o menos las convenciones de la técnica narrativa, que se esfuerza por introducir algún distintivo estilístico en aras de transmitir la impresión de virtuosismo, pero que como lectores casi siempre nos deja indiferentes e incapaces de experimentar lo que algunos llaman “el sueño de la literatura”. Y es que, como bien sentencia Agamben, “quien carece de gusto no logra abstenerse de algo; la falta
de gusto es siempre un no poder no hacer”.