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Lunes , 15.10.2018 / 23:41 Hoy

Poseído por un pequeño dios

Reseña

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Behind every beautiful thing there’s been some kind of pain.

Bob Dylan, “Not dark yet”

Escribir es estar poseído por un pequeño dios. En realidad, depende de quién sea el que escribe: se puede estar poseído por un demonio insignificante o por el jefe de algún panteón. Pascal Quignard debe estar poseído por una de las deidades más poderosas, por una fuerza que hace que los hombres salten al abismo sin importar las consecuencias (el abismo que es el amor, la música, el arte o la vida misma); por la energía que hizo a Butes saltar al agua.

Butes, un personaje prácticamente desconocido de la mitología grecolatina, fue retomado por Quignard para escribir un ensayo homónimo en 2011. Todos conocemos la historia: cuando los argonautas se embarcaron en busca del vellocino de oro navegaron frente a la isla de las sirenas. Ulises, el capitán, obligó a la tripulación a taponarse las orejas con cera para evitar que saltaran al agua al escuchar cantar a esas bestias prodigiosas. El único privilegiado en oír la música primigenia sería él; para preservarse del peligro se hizo atar al mástil. Pero de todos los navegantes que viajaban en el Argos —nos cuenta Quignard al retomar una historia perdida—, Butes fue el único que no acató las órdenes. El remero no utilizó la cera y, cuando escuchó cantar a los monstruos, sin pensarlo y sin temor, se arrojó al mar. “El simple hecho de lanzarse al vacío implica que no se puede volver sobre el impulso”. Escribe Quignard: “Me aproximo al secreto. ¿Qué es la música originaria? El deseo de arrojarse al agua”.

La diosa Afrodita, conmovida por la valentía de Butes, lo salvó de morir ahogado, después lo libró de las garras de las sirenas y tuvo un hijo con el navegante. De esa unión —cuentan— desciende una estirpe de guerreros de un coraje sobrenatural.

Así que pienso que el dios que se posesiona de Quignard al momento de escribir es el que nos hace tomar impulso para no volver nunca atrás; el mismo que inventó la escritura, porque escribir equivale a lanzarse al vacío. Es el dios dueño de “el secreto de lo que ilumina nuestros rostros. De lo que brilla en nuestros ojos”.

Generalmente, la idea que se tiene del escritor es la de un ser solitario, pero la poeta Alejandra Pizarnik la desmiente al escribir: “Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla”.

Melina Balcázar Moreno, traductora y autora del espléndido prefacio de El niño con rostro color de la muerte, señala que “Al inicio de la escritura, está siempre aquello que se ha perdido y que no deja de asediarnos”. De modo que el escritor siempre está acompañado; algo lo persigue hasta que consigue exorcizarlo a través del lenguaje. ¿Pero qué sucede con ese otro elemento de la escritura que, como Butes, ha sido olvidado? ¿Ese otro que se lanza a las páginas sin que un dios lo guíe, aquel que —quizá también— busca exorcizar demonios al apoderarse del demonio de alguien más? Me refiero al lector.

Roberto Calasso, en su ensayo La literatura y los dioses, se preocupa por una discusión equivocada: la de la desaparición del libro. El mundo, en virtud de una especie de enorme alucinación, intoxicado por la telemática, se hace preguntas más bien vacuas acerca de la supervivencia del libro. Mientras el fenómeno grandioso que está frente a nosotros y que nadie menciona es de índole bien distinta: la alta, inédita concentración de potencias que se ha condensado, y se sigue condensando, en el acto de leer. Que frente a los ojos haya una pantalla o una página, que por ella discurran números, fórmulas o palabras, no modifica sustancialmente el hecho: se trata, en todos los casos, de lectura.

Por fortuna, como lo demuestra esta hermosa edición de Canta Mares, el libro aún tiene vida por delante. Tenemos, entonces, que ocuparnos del lector. Melina Balcázar Moreno, en un preámbulo que, sin duda, tiene la misma altura y profundidad que el propio texto de Quignard, vislumbra que existe una misteriosa solidaridad entre lectura y muerte. Es precisamente ese vínculo entre vida, muerte y literatura del que se ocupa Quignard en El niño con rostro color de la muerte, cuento que hace patente el prodigio de la escritura; el milagro de la lectura.

Un padre tiene que partir a la guerra y sabe que nunca volverá al hogar. Advierte a su único hijo del peligro que encierran los libros. “Obedece al azar”, le dice. Y “azar” es una palabra pequeña, misteriosa y salvaje que lleva a unos cuantos afortunados —o desdichados— a la literatura. Después de alimentarse de los espíritus que los escritores han desterrado, el lector será capaz de transmutarse en “la página de un libro iluminado”. El ensayista, novelista y guionista Pascal Quignard (hago una pausa para confesar que es uno de los escritores que más disfruto y admiro) ha repetido que “la lectura hace posible escapar de la educación que se recibe, como la literatura permite emanciparse del lenguaje o el amor, extirparse de la familia y el grupo”. Ante el dolor que en ocasiones implica la lectura (y, sin dudarlo, la escritura), el lector se prepara para morir y resucitar, para resurgir más brillante, más sabio, tal vez un poco más triste pero también más feliz.

Estamos frente a una hermosa edición con papel que se disfruta a la vista y al tacto, una traducción que me hace olvidar el anhelo de leer a Quignard en su lengua original y un autor que, por un momento —o por muchos, o por el tiempo completo de la existencia—, me hace olvidar que soy “un huérfano tembloroso de un animal sacrificado”; un escritor que me hace entender que, pese a la crueldad del mundo y de mis propios fantasmas, la vida vale la pena. Estoy, quizá, frente a un pequeño dios.

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