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Viernes , 14.12.2018 / 17:12 Hoy

¿Por qué estamos tan así?

Solo el Eterno sabe cuánto aguantaremos tantos males. Vas al centro, sales del Paseo de la Reforma y es otra ciudad: parchada, remendada, con gente que se mata una a otra.

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Tú naciste el 55 del siglo pasado y en el 57 un terremoto me arrodilló, enseñé hasta lo que no. Vivíamos por el rumbo de Azcapotzalco, todo comenzó a zangolotearse; mi trastero (lo que de más valor tenía), con vasos, platos hondos y otros anchos, una jarra de vidrio, seis vasos para el agua fresca, mi ramo de novia —recuerdo de mi boda—, mi Niño Dios y una Virgen de Guadalupe, fue a dar a un rincón y entre la escandalera y la sacudida tu padre y yo y tú la libramos. ¡Antes no nos dio hidropesía por el sustazo, ni nos quebramos como el Ángel de la Independencia!

Entonces nomás había construcciones bajas; hoy rescatan gente de sitios enormes que te aplastan sin chanza de salir. Aquí no es para esos armatostes, pero a la ambición no le importa la vida. Y los permisos, ¿quién los da? Don Dinero abre todas las puertas. Pero, a ver, tú ve: quieres ampliar el guatercito, porque pues luego se nos ofrece a varios al mismo tiempo, ¿qué de pretextos ponen los de Obras? Si das para el chesco, tienes permiso de construcción. Si no, ¡tejones!

¿Qué nos mantiene aquí, con tantos riesgos? El primero, respirar tanta mugre de motores y fábricas y tolvaneras. Dios guarde la hora: enfermas de la garganta, vas y hasta un cáncer te diagnostican los matasanos, de tanta contaminación. Tu padre siempre estuvo a disgusto. Se quejaba que del bronquitis, del asma, de los ojos chinguiñosos; del estómago porque comió en la calle ¡y con tanta caca de perro volando! De la gastritis, porque con la manejada siempre tragó bilis: para él, los demás no sabían manejar. Siempre quiso, te consta, irse de aquí: esto no es vida, puros corajes traga uno; todo se concentra en el centro, y con tanto baldío en otros estados. No supo entender: la gente de trabajo es de donde haya, así sea en el merito infierno. Si pudiéramos escoger dónde ocuparnos: cerquita para en una carrera atender a los hijos, echarle un ojo a las propiedades, sin traslados de aquí al otro lado de la ciudad, malgastando lo que no se tiene: el sueldo se va en medio comer para, al otro día, de nuevo a la chinga.

Si le hubiera aceptado, cuando éramos jóvenes, ir a su tierra, a la mía. ¿A qué? ¿A morir de hambre, desnutridos, sin médico para los huesos viejos? Mal que bien, unas comodidades se allegan. Allá ni esperanzas de chamba, a no ser cuidando borregos, chivos shirgos, la yuntita de reses flacas, y si el temporal beneficia algo, recoges de la milpa: frijol, garbanzo, algunas habas y ya. Para mal comer, mal vivir. La gente deja sus pueblos: todo se lo tragan las ciudades, y aquí de algo servimos, si no, ya parece que nos aguantarían a tanto jodido.

En el 73 ya teníamos años de vivir por estos lares ensalitrados. En agosto ¡se dejó venir otro zangoloteo! Aquí no pasó a más, pero en mi tierra sí afectó. Tía Celes dijo que los cercos cayeron; terminó la sacudida y en la iglesia agradecieron a San Buenaventura que en familia nada pasó, ¡y somos muchos! Hace poquito se llevaron al santito los ladrones. Era muy antiguo y milagroso.

¿Por qué estamos tan así? Solo el Eterno sabe cuánto aguantaremos tantos males. Vas al centro, sales del Paseo de la Reforma y es otra ciudad: parchada, remendada, con gente que se mata una a otra para tener lo que se le antoja. ¡Tanto robo, asesinato, chamacas desaparecidas y vendidas, escuincles pegados a su thiner, borrachines de Tonayan, quemadores de esa piedra, como le llaman a su vicio!

No estamos bien. 150 mil difuntos y casi 30 mil desaparecidos, alegan en las noticias, por la dichosa guerra contra el narco. ¿Cuándo la gente de trabajo se dedicaba a la mala vida? Te corren, de algo tienes que vivir. Sin cosechas, algo hay que echarle a la panza. La necesidad es mala consejera, se sabe. Como la vida fácil. Que coman mis dientes, aunque no coman mis parientes. Cada quien ve por uno, olvida a los demás.

Cuando se cayó la Ibero, el año del 79, creo yo, me quedó la espinita: un peor sismo está por venir. A estas alturas, ¿qué más peor puede ser? Aquí agradece que el suelo es lodoso y las casas se hacen p’allá y allá p’acá, del susto no pasa, pero en el 85: ¿cuántos se nos adelantaron a rendir cuentas? Diez mil, según unos; 40 mil, otros. Con tantos intereses no sabes nunca, todo se enreda y cada quien dice lo que le conviene.

Y una, como el chinito: nomás milando, aunque tonta no sea. Y a esperar otra vez a que se acabe de levantar el tiradero. Es de nunca acabar. Aquel año apenas recuperabas tantito color y ¡zacatelas! Otra sacudida al otro día. Fue cuando dijiste que a tu amigo Daniel, al que trajiste una vez a la casa, le tocó la de malas: chambeaba en su casa, no tuvo tiempo y ahí quedó, abrazando a su perrito el pobrecito.

¿A dónde ir que más valgas? Ahí tienes a la hermana de tu mujer: se fueron para Guadalajara porque allá le dieron trabajo al hombre, su marido. Y también ella halló en qué ocuparse. Fueron mejorando, a costa de dejar solos a los chiquillos, que se van torciendo, se van torciendo. ¿Quién iba a imaginarse que perdería un chamaco a balazos, nomás por mirar que alguien de la casa vecina recibía el paquete de la droga para la tiendita? Pobres, ¿cuándo te recuperas de algo así? Pues nunca. Claro.

Una se entera de los vecinos que se ganan la vida entre viaje y viaje. Y por donde quiera que andes tienes el peligro encima. En las carreteras secuestran gente, si te toca una balacera entre contrincantes encomiéndate al Altísimo, porque las balas perdidas bien que te pueden hallar.

O te toca un desborde, un ciclón, un accidente en la carretera. Ya estaría de Dios. Qué más quisiera uno: morir en casa, con tus seres queridos y porque ya te tocaba, porque pues al fin y al cabo la vida se acaba, ¿qué no? Cuando ya cumpliste tu misión en esta tierra. Cuando sacaste a la familia, a los hijos adelante. Y no por el mal de otros. Eso sí da tristeza, cómo de que no.

En estos días de luto para tanta gente, recién pasaditos el 7 de septiembre, el 19 de septiembre, una se pone a pensar por qué pasa lo que pasa, y no solo aquí: en Jojutla, Puebla, y Oaxaca y tantos sitios más, con sus casas tiradas, sus cositas perdidas luego de tanto esfuerzo para hacerse d´ellas.. Y a pesar de lo que pasa, uno sigue aquí mientras que otros se nos adelantaron. Cómo se traza la vida de cada quien, es un misterio. En veces pienso que, como los alcohólicos anónimos, deberíamos saber que nuestra estancia es solo por hoy. Nada tenemos seguro más que el hoy. Este instante. Más si vives en una ciudad de ciudades, como la nuestra, a la que un día el azar, la ruleta, eso que llaman destino, señala justo donde tú andas y pum. Hasta aquí llegaste. ¿Proyectos, ambiciones, pendientes que resolver? Apúrate, que nada es para siempre.

Tu padre tuvo la fortuna de echar huesos viejos junto a nosotros, su familia, que siempre vio por él como él vio por nosotros, cuando estuvo fuerte y sano, con empuje. Yo ya voy de salida. Llega uno sin nada a este mundo y así se va. Lo que puede hacer, lo hace para los que se quedan. Disfrútenlo mientras se pueda. Luego: flojitos y cooperando, que la Huesuda tiene mucho quehacer, ¿para qué quitarle su tiempo? Flojitos y cooperando.

* Escritor. Cronista de "Neza".

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