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Por arte de magia

¿Para qué crear tanto drama si al final todos podían ser amigos desde el primer punto de inflexión?

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Rumbos paralelos es una película que avanza a zancadas: su planteamiento es eficaz y sustancioso, así que cuando llega el final del primer acto no podemos sustraernos del problema y estamos intrigados en cómo va a desarrollarse el segundo. Sería una torpeza contarla, ¡véala, es mejor la sorpresa!, pero lo que sí puedo asegurar es que el arranque tiene garra porque es un drama latente que puede suceder a cualquiera.

La realización de Rafael Montero es impecable: muestra experiencia y talento, logra una narración con acontecimientos filmados en acción-reacción que cubren las acciones con la finalidad de que la historia avance con agilidad.

No puedo negar que es sumamente atractivo ver una película donde uno de los personajes principales enloquece, pierde piso o se sale de la raya, como en el caso de Bruno en Pacto siniestro, de Hitchcock. Ese comportamiento crea tensión y hace crecer el conflicto.

En Rumbos paralelos —independientemente del tema conectado con otras películas— hay una similitud, pues a Silvia y a Armando, una
pareja acomodada, se les bota la canica y deciden meterse en un asunto legal para recuperar a su verdadero hijo, mientras Gaby se defiende poniéndose a la defensiva. Es evidente quiénes son los “malos”, los que se obsesionan, los que actúan mal.

Estaba absorto, feliz, pues vislumbraba la hecatombe: Silvia y Armando obligan a Gaby a actuar y ésta decide huir con su hijo; los autores llegan a un camino donde el sendero se bifurca y su decisión es crucial: lamentablemente optaron por el deus ex machina —como si Bruno se entregara a la Policía después de pedir disculpas a Gaby— y, por arte de magia —quizá negra—, ésta cuenta la verdad a su hijo y escoge regresar, mientras que en una discusión Silvia y Armando hacen que Diego se entere de la verdad y el niño decepcionado se… El drama que lograron los autores se desdibuja como telenovela.

La película continúa en el esquema de la magia y los personajes regresan a la razón; así, las motivaciones que generó el segundo acto se vuelven un desatino argumental y terminamos preguntándonos: ¿para qué crear tanto drama si al final todos podían ser amigos desde el primer punto de inflexión?

Los personajes dejan de tener fuerza porque se siente la mano del autor: los hago perder tantito piso para que cuando intervenga la ley, todos vuelvan a ser sanos y cordiales, y los niños, hasta con dos mamás.

¡Ah, claro: el final feliz es una condición sine qua non para algunas productoras, no importa que esté sacado de la manga!

“Rumbos paralelos” (México, 2016), dirigida por Rafael Montero, con Ludwika Paleta e Iliana Fox.

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