El polígrafo perfecto*

Trabajaba como corrector de estilo en una editorial y hacía traducciones; suponía que en esas labores y en la siempre grata lectura consistiría en el futuro mi relación con la literatura.

Ciudad de México

Mi deuda con la amistad y la obra de [José Emilio Pacheco] es enorme. Corría el año 1958; yo era un joven de veinticinco años que solo había publicado cuatro o cinco artículos en la sección dominical de un diario de México varios años atrás, y un par de notas bibliográficas en alguna revista literaria: a eso se reducía mi acervo. Trabajaba como corrector de estilo en una editorial y hacía traducciones; suponía que en esas labores y en la siempre grata lectura consistiría en el futuro mi relación con la literatura. ¿Escribir? Estaba seguro de que mi oportunidad ya había pasado. De pronto, como sin darme cuenta y para mi propia sorpresa, produje un par de cuentos. Y fue una coincidencia que en esos días pasaran a visitarme dos jóvenes, uno de ellos era Carlos Monsiváis, a quien había conocido en actos culturales y político universitarios, y saludado en funciones de Cine Club. Me presentó a su acompañante, un muchacho fornido y siempre sonriente: José Emilio Pacheco. En esa ocasión me invitaron a colaborar en la sección juvenil de la revista Estaciones, de la que eran directores. Para entonces, yo conocía solo a algunos escritores de mi generación, a Salvador Elizondo y José de la Colina. De Juan Vicente Melo y Juan García Ponce fui amigo años más tarde. De manera que mis verdaderos colegas generacionales fueron José Emilio y Carlos. Y si digo generacionales, es bastante forzadamente, porque ellos eran cinco y seis años menores que yo, lo que a esa edad suele establecer distancias enormes. Me integré muy a gusto con ellos en Estaciones. Me animaron a publicar los cuentos recién escritos y a emprender otros nuevos. La curiosidad cultural de ambos era sorprendente; su cultura deslumbrante.

José Emilio había escrito crítica y poesía en aquella época, pero me parece recordar que la zona literaria a la que daba entonces primordial atención era la narrativa. En efecto, su primera publicación comprendió dos relatos: “La noche del inmortal” y “La sangre de Medusa”.

A partir de esa invitación a colaborar nos vimos diariamente hasta el año 1961, en que salí de México. Nos encontrábamos en el consultorio del Dr. Nandino, que era a su vez la dirección de la revista, caminábamos después durante largas horas, recorriendo librerías y muchas más las pasábamos en cafés o en taquerías, visitábamos a escritores de generaciones anteriores. Hablábamos de libros sin cesar, de nuestros diarios descubrimientos; comentábamos nuestros textos. Fueron momentos muy estimulantes. En algún momento debimos comenzar a conversar también de política. Rechazábamos el sindicalismo charro. Apoyábamos a los nuevos dirigentes obreros, Demetrio Vallejo, Othón Salazar, que pugnaban por crear vías políticas independientes. […]

Publicamos al mismo tiempo en los Cuadernos del Unicornio. Pero no hay que olvidar que José Emilio tenía entonces solo diecinueve años. Cuando por primera vez leí sus cuentos me pareció encontrarme con una escritura prodigiosa, frente a la cual la mía me parecía aldeanismo puro. ¡Qué extraordinario poder tener ambiciones literarias de tanta magnitud como las suyas y cumplirlas de manera tan cabal! Si en aquella época sus relatos me deslumbraron, hoy que he vuelto a leer “La noche del inmortal”, el primer cuento de aquel cuaderno, sentí casi un mareo. Me parecía imposible concebir que alguien menor de veinte años hubiese podido producir una joya de tal naturaleza, ambiciosa temáticamente, con un extraordinario dominio del idioma, y un ritmo perfecto y una arquitectura tan sólida cuanto poco visible.

Lector de tiempo completo, estudioso infatigable, José Emilio se convirtió a partir de la aparición de La sangre de Medusa, en el polígrafo perfecto, quien al poco tiempo cubría los más diversos campos de la actividad literaria: su obra comprende todos los géneros: la poesía, el cuento y la novela, el teatro, el ensayo y la crónica.

Su obra poética es amplísima. Comenzó a escribirla dando también allí señales de madurez, de maestría, igual que lo había hecho con la prosa narrativa. En sus primeros libros de poesía, Los elementos de la noche (1963) y El reposo del fuego (1966), el autor elabora una lírica culta, donde lo fundamental parece residir en las cualidades formales del poema. Una poesía elegante, metafísica, apoyada siempre en valores rítmicos, pues el oído de José Emilio ha demostrado siempre una notable capacidad para percibir la música verbal de nuestra lengua y adecuarla a su arquitectura conceptual. Dueño, después, de todos sus recursos, José Emilio nos proporciona en 1969 un libro distinto y magistral que marca nuevos derroteros para sí mismo, pero también para la poesía mexicana: No me preguntes cómo pasa el tiempo, donde el idioma se desnuda, de alguna manera se desengalana y admite elementos vernáculos, coloquiales, sarcásticos, esos que por lo general los cursis no consideran poéticos. Por debajo de la palabra yace una cólera radiante. Se trata de un libro dirigido contra nuestro presente y nuestro pasado, contra la codicia, la rapacidad, la crueldad, la tontería y el cinismo; una despiadada exposición de algunos de esos sepulcros blanqueados cuyo dedito admonitorio tanto nos ha martirizado, donde un humor acre corroe todas las falsas glorias, los falsos prestigios de los poderosos, la avidez de los depredadores. No me preguntes cómo pasa el tiempo fue y es un libro inusitado en nuestras letras. A partir de su aparición la poesía mexicana conoce una nueva manera, oblicua y certera, de tratar temas sociales y preocupaciones morales, sin caer en el lugar común o en la arenga, sin acercarse a ese trillado filisteísmo que el autor detesta de manera radical.

La obra de Pacheco se ha convertido en una columna firme de las literaturas de nuestra lengua. Su prestigio es internacional. Sus seguidores, y sus estudiosos componen ejércitos. Y en México, ¿quiénes no han seguido por décadas su “Inventario”, una de las más eficaces, inteligentes y disfrutables labores de culturización que alguien haya emprendido en nuestro mundo, una sección periodística que regenera la memoria y al mismo tiempo escruta lo que está por venir, que reseña lo más valioso del quehacer nacional pero también informa sobre la salud de otras literaturas, y que a la crónica de un acontecimiento político o social, añade una reflexión moral más amplia?

¿Quién no se ha enriquecido con sus traducciones y variaciones de poemas procedentes de las más inesperadas latitudes?

He seguido con estupor y admiración su labor narrativa, donde destacan dos excepcionales novelas cortas: El principio del placer y Las batallas en el desierto, historias ambas de iniciación, donde sus protagonistas, los adolescentes Jorge y Carlos, respectivamente, en el albor de la adolescencia viven un primer amor en un marco de violencia, de dolor y desengaño. De la experiencia salen golpeados no solo por su derrota amorosa sino por la decepción al descubrir las putrefactas circunstancias familiares, y políticas, que los envuelven.

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*Título de la Redacción. La versión completa de este texto se publicó en el número 314 de Laberinto, con el título “Homenaje a José Emilio Pacheco”. Recuperamos sus pasajes esenciales como testimonio de amistad entre dos de nuestros más grandes escritores.