ENTREVISTA | POR GERARDO ESPARZA

ÁNGEL ORTUÑO Poeta

Ángel Ortuño se considera a sí mismo un poeta afortunado, pues su más reciente libro 1331 reinauguró la colección de poesía de CONA CULTA “Práctica Mortal”, donde la palabra lúdica es el principal elemento de trabajo.


“El poeta no es un individuo que arde”

El escritor entiende su oficio como un medio y la palabra como un juego
El escritor entiende su oficio como un medio y la palabra como un juego (Carlos Zepeda)

Guadalajara

Lo que más me atrae es el goce del lenguaje. Me cuesta mucho trabajo pensar en la trascendencia y en la eternidad de algo, me gana la risa”. Ángel Ortuño (Guadalajara; 1969) es un poeta que entiende su oficio como un medio y la palabra como un juego. Así, en cada poemario consolida una forma diferente de la poesía que se escribe en la ciudad, una que arriesga y reniega del canon. En Ortuño la pira que arde es el lenguaje, nunca el poeta.

Su poesía parece renegar de las formas clásicas y sin embargo en su más reciente poemario retoma un guarismo octosilábico (1331) para darle título, ¿cómo entender entonces lo que escribe?

“Hay varias cosas, me interesan mucho algunos procedimientos que se desfasen, que desplacen, un poco como las placas tectónicas, la idea del ritmo y de medida, los patrones acentuales, los silábicos, me gusta mucho encabalgar porque es una manera de sacarle la vuelta a la preceptiva usándolo. Eso me divierte mucho, creo que no hay literatura sin restricciones, las reglas hacen el juego, pero no me parece que las reglas deban ser veneradas para obtener un texto a prueba de cualquier crítica. Si alguien dice que un poema mío es un asco y yo le respondo: ‘ira es que tengo endecasílabos y octosílabos, de todas maneras no estoy haciendo nada para convencer a esa persona que le desagradó mi poesía. Entonces, a mí me gusta emplear todos estos elementos de tal forma que parezcan que no están ahí. El idioma me interesa verlo como respiración y si alguien considera que el hecho de que un verso suyo tenga once sílabas lo dota de alguna especie de prestigio o blindaje, a mi eso me da risa, yo quiero participara de la broma con el lector”.

¿De dónde surge esa forma de desacralizar la poesía?

“Básicamente tiene que ver con mi experiencia como lector, creo que hay muchos autores que han sido leídos de forma equivocada, reverencialmente, como si revelaran algo trascendente a través de sus versos, creo que falta mucho sentido del humor en la lectura de literatura y en particular en la poesía. Me interesa mucho la tradición que se aleja de la visión catastrofista de que todo se está viniendo abajo y que se han perdido los cánones y el rigor, eso es absurdo. Uno puede irse al siglo IV antes de Cristo y encontrar los versos obscenos, seguir a lo largo de la tradición de la literatura occidental y darse de bruces con los grafitos de Pompeya, los versos priápicos de los huertos, yo creo que lo que más me atrae es el goce del lenguaje. Me cuesta mucho trabajo pensar en la trascendencia y en la eternidad de algo, me gana la risa”.

¿Qué tipo de lectores busca?

“Hace unos días leía una entrevista a Eduardo Millán en la que afirmaba que ahora prima la tiranía del lector y que el poeta le da al lector lo que quiere y que ha descendido y la ha vuelto fácil, y digo, Millán es un tipo muy brillante, pero yo notaba ese resentimiento de pérdida de función sacerdotal que yo no veo por qué enfrentarlo con angustia, cuando todo puede ser tan divertido. Yo no pensaría en un tipo de lector ideal, esto por oponer la noción de ideal y poeta a lo contaminado. Yo apelaría a un lector que se divierta con lo que hago, que disfrute y se incomode, que tenga una reacción”.

¿Cómo trabaja con el lenguaje?

“Estamos todo el tiempo rodeados de lenguaje, el fulano que afirma que el gobierno es un asco, el que asegura que todo está bien, todo lo que nos rodea es lenguaje, oral, impreso, es el paisaje en el que estamos inmersos. Está noción de trabajar sobre una modulación poética no tiene que ver con una selección de elementos jerárquicos que son considerados formalmente decorosos, sino una manera de relacionarme con ese mundo verbal en ebullición.                                                          Y eso no significa que sea esa clase de petardo que ponga los ojos en blanco que diga: esperen, llegó la inspiración. El poeta no debe ser el individuo que arda, para eso están los anafres. El momento más cercano que he estado ante una epifanía ha sido en la calle ante los listados de anuncios que dicen que se tapizan cielos. La maldición del lenguaje es el sentido figurado”.

Su obra

Ortuño es también autor de los poemarios Siam, Aleta Dorsal, Las bodas químicas, Minoica, Boa, y Mecanismos discretos, editados por la Secretaría de Cultura de Jalisco, Universidad de Guadalajara y Ediciones Arlequín, Filodecaballos Bonobos, CONACULTA y ManoSanta Editores. Sus textos aparecen también en las antologías El país del ruido y Fiebre, la primera traducida al francés y la segunda al alemán.