El poeta y el crítico

El escritor, el poeta, que además marcó con su trabajo como diplomático y funcionario público el rumbo institucional de la educación en nuestro país y cuyas resonancias nos siguen influyendo e ...
Carballo
(Cortesía)

Ciudad de México

En Un mexicano y su obra… coinciden dos figuras fundamentales de la cultura mexicana contemporánea: Jaime Torres Bodet y Emmanuel Carballo. Por un lado, el escritor, el poeta, que además marcó con su trabajo como diplomático y funcionario público el rumbo institucional de la educación en nuestro país y cuyas resonancias nos siguen influyendo e inspirando. Por el otro, el crítico, el aguerrido pugilista de las letras que con talento, inteligencia, disciplina y trabajo incansable ha rescatado para nosotros la pléyade de artistas que cimentaron el canon de las letras mexicanas del siglo XX. Así, en esta obra Carballo nos expone con claridad y profundidad la importancia de la obra literaria de Torres Bodet. Quien quiera aproximarse a ella de manera integral tiene aquí un privilegiado punto de entrada.

Sin embargo —justo es decirlo— a veces pareciera que la trayectoria como educador y diplomático eclipsaran la atención que merece como poeta y narrador. Esto lo resuelve Carballo al colocar en la debida perspectiva las facetas de una personalidad tan rica y compleja como lo fue la de don Jaime. Por ello, vale la pena destacar su labor como consolidador de la tarea impulsada por José Vasconcelos —de quien fue secretario particular durante su periodo como rector de nuestra Universidad Nacional— al establecer la doctrina educativa que siguió el Estado mexicano posterior a la Revolución.

Torres Bodet sabía, como G.K. Chesterton, que “la educación es el alma de una sociedad a medida que pasa de una generación a otra”. Por ello, estaba convencido de que la función educativa del Estado no podía estar supeditada a ninguna coacción ideológica o política. Como secretario de Educación en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho, Torres Bodet se dio a la tarea de hacer de la educación un bien social para el cual los intereses particulares o de grupo se debían subordinar a los de la sociedad en su conjunto.

Una de las más importantes decisiones impulsadas por él fue —como lo señala Luciano Cano Bárcenas— la reforma constitucional para eliminar del artículo tercero de la Constitución la palabra “socialista” —herencia del cardenismo— y orientar las instituciones hacia una nueva manera, más humanista, de entender a la educación. Para Torres Bodet, ésta no debería tener un fin específico o dirigirse a un sector de la sociedad en particular, sino que su preocupación se debería dirigir a la formación moral del individuo, o sea, el bien y la justicia. Más que la adquisición de conocimientos, o de habilidades concentradas en el mercado laboral, la educación deberá valorar nuestra propia alma, estimar la eficiencia de las virtudes y reconocer el lastre de los defectos.

Pero no solo eso: don Jaime tuvo la visión de extender a la ciencia y la cultura la misma función que tiene la educación. Así lo expondría en 1945, cuando fue representante de México en la Conferencia de Londres donde se creó la UNESCO como un organismo internacional de apoyo a la educación, la ciencia y la cultura de los pueblos al terminar la Segunda Guerra Mundial. Como todo mundo sabe, más tarde, en el periodo 1948–1952, sería el único mexicano en ocupar el puesto de director de esta importante institución.

En su libro Ideas sobre la novela, José Ortega y Gasset afirma que “el crítico ha de introducir en su trabajo todos aquellos utensilios sentimentales e ideológicos merced a los cuales puede el lector medio recibir la impresión más intensa y clara de la obra que sea posible y proceder a orientar la crítica en un sentido afirmativo y dirigirla, más que a corregir al autor, a dotar al lector de un órgano visual más perfecto”. Y añade: “Cada día me interesa menos sentenciar; a ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante”. En este sentido, Emmanuel Carballo nos ha demostrado a lo largo de su larga y fructífera carrera literaria que los poderes de la palabra no son distintos a los de la pasión, en especial en su manifestación más viva y tensa como es la palabra hecha literatura.

En el panorama de la literatura mexicana del último medio siglo, Emmanuel Carballo —hombre de letras en el más amplio y mejor sentido de la palabra— no tiene parangón con ningún otro de nuestros críticos, antiguos y actuales. Su libro de ensayos–entrevistas, Protagonistas de la literaturamexicana, con personajes como Vasconcelos, Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Rafael F. Muñoz, Juan Rulfo, Juan José Arreola y Carlos Fuentes, entre otros, ha sido esencial para los estudiosos de nuestra literatura. Su labor de investigador infatigable nos ha dado, entre otras tantas obras, el Diccionario crítico de las letras mexicanasen el siglo XIX. Sus colecciones de reseñas y ensayos críticos, como sus Notas de un francotirador, son de infaltable referencia para entender la evolución de las letras nacionales en las últimas décadas. Es cierto: en ocasiones se puede no estar de acuerdo con sus juicios —aunque es de lo más difícil hacerlo—, pero no se le puede negar esa cualidad de intensidad y de alto sentido de la literatura en todas y cada una de las formas que ha explorado y cultivado.

En la actualidad, la labor del crítico se ha hecho más ardua y complicada. Cada día se vuelve más difícil distinguir en qué consiste exactamente una novela, una crónica, un poema. Las fronteras se diluyen y los géneros se mezclan hasta casi desaparecer. Poco a poco, lo que en la física se denomina principio de indeterminación se ha hecho presenteen los hasta hace poco exactos y perfectos casilleros de las categorías literarias.

En el caso de la poesía, por ejemplo, ha cesado en gran medida de ser una poesía lírica puramente individual. Los poetas, afortunadamente, cantarán siempre sus amores, sus desdichas y sus sentimientos más íntimos; pero es fácil advertir que, en nuestros días, lo hacen cada vez más como una voz que habla en nombre de muchas voces, de muchos amores, de muchas tristezas o anhelos.

Una poesía como la de Jaime Torres Bodet merece ser redescubierta por los nuevos lectores. Una muestra de su brillo y su vigencia se expresó justo en los días en que se preparaba la nueva edición de este libro: durante una manifestación convocada por el poeta Javier Sicilia —quien encabezó un movimiento ciudadano por la paz y la justicia, a raíz de la muerte de su hijo Juanelo— estudiantes anónimos imprimieron y repartieron en el Zócalo de la Ciudad de México volantes mimeografiados con unos versos escritos por Torres Bodet y dedicados por ellos a Sicilia:


Yo soy tu verdadera fosa,

vives en lo que pienso, en lo que digo

y con vida tan honda,

que no hay hora ni lugar

en que no estés conmigo.

 

Quedó demostrado así, una vez más, que el yode nuestros mejores poetas en realidad es un nosotros que es necesario recuperar en estos días aciagos.


*Prólogo al libro de reciente circulación, Un mexicano y su obra: Jaime Torres Bodet,de Emmanuel Carballo. Textos de Difusión Cultural UNAM. Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura. UNAM. México, 2014. 405 pp.