El día que el poeta Artaud encontró a Cristo en Chihuahua

La extremada aventura vital del poeta francés lo llevó a vislumbrar en las ceremonias del peyote en México su desprendimiento de la civilización occidental, lo que dio a su obra una dimensión ...

Ciudad de México

En septiembre de 1936, Antonin Artaud viajaba montado a caballo por los desfiladeros de la Sierra Madre. Un grupo de escritores había hecho gestiones para que el poeta francés, que en los meses anteriores había cosechado en la Ciudad de México un éxito rotundo, participara en la ceremonia del peyote, esa planta cactácea de enorme potencial alucinógeno, que es el punto de partida, y el vehículo, de la cosmogonía del pueblo Tarahumara. Artaud siguió durante varios días al hombre menudo que le servía de guía, pasó jornadas completas montando a caballo, una proeza mayor para ese poeta, enfermizo y frágil, que era también hombre de teatro y actor de cine, una persona poco habituada a la rudeza de la vida a la intemperie. Hago notar esto para resaltar la importancia que ese viaje al país de los Tarahumaras tenía para Artaud, se trataba de un asunto crucial, inevitable, de un viaje que era imperativo hacer. Él mismo escribió años después sobre el momento en que, en medio de aquellos desfiladeros, soltó las amarras que lo ataban al mundo occidental y se dejó conducir al corazón del mundo primigenio, del mundo original, del mundo indígena que, según sus abundantes reflexiones sobre el tema, no había sido contaminado, ni corrompido ni arruinado por la civilización de la que él provenía. “Yendo hacia los indios sabía que no encontraría opio y además quería encontrarme con el peyote, con un cuerpo virgen de toda otra especie de contactos”, escribe Artaud, que entonces echaba mano del opio y otras drogas para paliar sus dolores físicos y mantener a raya a sus demonios. “Arrojé en un torrente mi última dosis de heroína, después monte en mi caballo”, escribe el poeta y a partir de ahí, durante los días que tarda en encontrarse con el peyote, experimenta, montado en su caballo, expuesto al sol inclemente de Chihuahua y a las heladas nocturnas de la Sierra Madre, un síndrome de abstinencia colosal que sería el preámbulo de su nueva existencia. Aquel viaje al país de los Tarahumaras, su convivencia con los indígenas y sus experiencias con el peyote, le cambiaron la vida, regresó a París convertido en otra persona y su obra ganó una dimensión mística, religiosa y escatológica que no tenía. La vida y la obra de Antonin Artaud está dividida por esa línea biográfica que pasa por Chihuahua, después de aquel viaje iniciático, vivió internado en manicomios y ahí, entre medicamentos y electrochoques, siguió alimentando esa escritura única de la que salieron miles de folios, poemas, cartas, manifiestos, piezas teatrales y una buena cantidad de dibujos.

Artaud es un escritor difícil de clasificar, durante un tiempo, en los años veinte, fue identificado, por una situación más bien coyuntural, como miembro del grupo surrealista; había en su literatura un aire onírico, un rumor del subconsciente, una espontaneidad que en esos años pasaba por escritura automática, tres elementos que coincidían con los postulados de André Breton, pero que en realidad no tenían que ver con el Surrealismo, eran producto de la compleja psique de Artaud, de esa psique que estaba profundamente arraigada a su cuerpo, a su carne, a su propia materia. Tan coyuntural fue su paso por el Surrealismo, que muy pronto fue expulsado, con lujo de juicio y deshonores, de ese movimiento al que en rigor nunca había pertenecido. A la desbocada imaginación del poeta, y a su personalidad excéntrica, le iban mal los lineamientos estéticos de un grupo; su batalla era estrictamente solitaria y su motor creativo estaba fundamentado en su propio cuerpo, en la materia que lo constituía, en su carne y en sus órganos, pero también en sus fluidos, en sus excreciones y en sus desechos; Artaud sostenía, porque continuamente reflexionaba sobre el origen de su escritura, que su poesía, su prosa poética y pandémica, y la inteligencia que la ponía en palabras, eran obra de su cuerpo, de su médula, de esa red de nervios que vibran para producir la imaginación: “No creo más que en la evidencia de eso que agita mi médula, no de eso que se dirige a mi razón”. Más que al movimiento Surrealista, Artaud pertenecía a las huestes de Epicuro, a aquella órbita filosófica cuyo reflejo encontró Artaud en la cosmogonía prehispánica de los Tarahumaras, ese mundo primigenio que el poeta buscaba desesperadamente, dentro y fuera de si mismo, para escapar de la Europa platónica y judeocristiana que lo constreñía, y que lo tenía confinado en la habitación de un manicomio; curiosamente Epicuro, que contra el idealismo de Platón, parió el concepto del cuerpo que piensa y de la materia que reflexiona, era tan frágil y enfermizo como el mismo Artaud. Regresando de su viaje a México, que entre el DF y la Sierra Madre duró casi un año, erró durante varios meses por París, dormía en hoteluchos o en casas de amigos e iba del café Le Fleur al Deux Magots, y de ahí al Bar Vert a sentarse solo en una mesa y a soltar discursos excéntricos y estentóreos que ahuyentaban a la mayoría y atraían, por su lucidez y su arcana sabiduría, a aquellos que lograban ver más allá de la violenta estética del loco. En aquel breve periodo parisino, que terminaría con su desastroso viaje a Irlanda, Artaud era un poeta excéntrico de 40 años que había soltado las amarras en México y que comenzaba a obsesionarse con el tarot, la astrología, la magia negra y, sobre todo, con Cristo, al que había visto en su viaje al país de los Tarahumaras y con quién se encontraría en su periplo irlandés; era el principio de esa pulsión crística que tiempo después lo llevaría a concluir que Cristo era él mismo y a escribir, desde esa perspectiva, un trío de poemas poderosos y perturbadores (“L´histoire vraie de Jésus-Christ”, “Je crache sur le Christ inné” y “Être Christ”).

Durante los últimos años de su vida Antonin Artaud se había convertido en un loco iluminado, vivía recluido en un manicomio, era técnicamente un enfermo mental, pero simultáneamente empezaba a ser visto como uno de los grandes poetas de Francia, un poeta que con él tiempo serviría de ejemplo, de faro, a generaciones enteras de poetas como, por ejemplo, los Beatnicks en Estados Unidos; además, sus textos visionarios sobre los manicomios, sobre la incapacidad de los médicos para enfrentar la locura y sobre el engranaje y los resortes del subconsciente, servirían de inspiración a Focault, a Lacan y a otros profesionales del pensamiento.

Antonin Artaud nació el 4 de septiembre de 1896 en Marsella, en el seno de una familia donde se hablaba francés con el padre, italiano con la institutriz y griego con la madre, que era una griega de Esmirna de apellido Nalpas. Aquella mezcla de lenguas reaparecería con fuerza en la última etapa de su poesía, en los años finales, reconvertida en una florida glosolalia:

shiambi crislt / Abo ato ini itié / Itia / Shianbi crislt abiacsk / Ato ini itia

De los ocho hijos que tuvieron los Artaud Nalpas, sobrevivieron nada más tres, Marie-Ange, Fernand y Antoine, el poeta a quién toda la vida llamaron con el diminutivo Antonin. La parte griega de su madre fue creciendo con el tiempo, y ya para la época de los versos glosolálicos, Artaud decía que no había nacido en Marsella, sino en Esmirna, “Turquía de Asia”, y se llamaba, según qué poema o carta firmara, A. Nalpas o Antoneo Arianapulos.

Desde pequeño Artaud tuvo desórdenes nerviosos, un amago de meningitis a los cinco años y después diversas crisis que lo llevaron, periódicamente, durante toda su juventud, a internarse en hospitales, para hacer curas de reposo y, más adelante, de desintoxicación, para intentar liberarse, sin ningún éxito, de su adicción al opio y a la heroína, drogas que usaba para apaciguar su naturaleza nerviosa. En 1924, a los 28 años, ya había escrito una buena cantidad de textos y poemas, y entre ese año y el siguiente publicó sus libros El ombligo de los limbos y El pesanervios, dos libros caprichosos, excéntricos como todos los suyos, donde mezcla poemas, prosas cortas y largas, cartas y pequeños ensayos. Simultáneamente, en esos años, actuaba y escribía teatro, sostenía una tormentosa relación, como serían todas las suyas, con la actriz Gènica Athanasiou, y fue apareciendo como actor en veinte películas de directores tan destacados como Fritz Lang, Carl Dryer, Abel Gance o Claude Autant-Lara.

En septiembre de 1937 Artaud regresó de su desastroso viaje a Irlanda, un viaje que hizo por las mismas razones que lo habían llevado un año antes a México, para sumergirse en el mundo originario de los Celtas y los Druidas, y que terminó con su expulsión de la isla, escoltado por la policía irlandesa y metido en una camisa de fuerza, a bordo de un barco que lo regresó a Francia y a una penosa sucesión de manicomios, cuya institución más emblemática fue el de Rodez. El encierro duró hasta 1946, cuando el poeta tenía 49 años y se encontraba en un periodo explosivo de creación, un periodo de enorme producción literaria, pero también de cartas y de dibujos, que fue gestándose durante sus años de manicomio y lo acompañó hasta el final de sus días, cuando fue dado de alta y regresó a París, otra vez al Flore, al Deux Magots y al Bar Vert, y a recibir homenajes y el reconocimiento, cada vez más unánime, de su genialidad poética. El 4 de marzo de 1948, el jardinero de la Casa de Salud donde vivía y trataba de mitigar los embates de un cáncer, lo encontró muerto, sentado al pie de su cama, con un zapato en la mano. Antes de poner el punto final conviene atender esta recomendación que escribió el poeta: “tenemos menos necesidad de adeptos activos que de adeptos perturbadores”.

Amén.