"Los Plomos y bronces" de Sergio Hernández, en Puebla

La muestra será abierta hoy en la Galería de Arte del Complejo Universitario de la BUAP; en ella se mezclan proyectos de dos décadas y obras recientes.
Sergio Hernández suele llevar sus monstruos y obsesiones a flor de piel.
Sergio Hernández suele llevar sus monstruos y obsesiones a flor de piel. (Héctor Téllez)

México

Sergio Hernández suele llevar sus monstruos y obsesiones a flor de piel: cuando toma un pincel y está frente a un lienzo todo lo que lleva en su imaginación fluye de forma vertiginosa, sin por ello dejar de experimentar nuevas formas, elementos que le impongan retos hacia adelante, como sucede con lo que ha preparado para su más reciente exposición, Plomos y bronces, la cual será inaugurada hoy en la Galería de Arte del Complejo Universitario de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

La capacidad creativa de Hernández (Oaxaca, 1957) no tiene límite: lo mismo presenta obra reciente, que concreta sus proyectos de hace más de dos décadas, lo cual se refleja en esta exposición en Puebla, donde exhibirá 18 cuadros en plomo y 8 esculturas en bronce.

“Es una exposición que se dio por invitación del rector; en el caso de los bronces, se trata de una obra de varios años, mientras los plomos son el resultado del trabajo de un año y medio que realicé en el taller del maestro Manuel Serrano, con su asesoría técnica por la delicadeza del uso del plomo, el cual fue trabajado con una placa de ese material con vinagre y agua, y con hojas de plantas secas”.

Mientras termina en menos de cinco minutos una de sus obras, que formará parte de la exposición, reconoce que al trabajar en el taller Restauro, de Manuel Serrano, empezó a experimentar el blanco de plomo, que debido a su toxicidad usa con mucha precaución. Pero el resultado en sus cuadros de más de 80 kilos de peso, lo vale.

“El blanco de plomo fue muy importante para los pintores flamencos, y en general para todos los pintores. Fue un color tan profundo, tan transparente, que como resultado de él debemos las obras de José María Velasco y de Velázquez en España”.

El blanco de plomo, recuerda Hernández en entrevista con MILENIO, fue muy importante porque no había otro, a lo cual le sumó su propia mirada innovadora al agregarle el vinagre sobre las placas de plomo, con lo cual surgieron blancos muy profundos, “casi transparencias”.

Delicadeza

Su exploración artística se sustenta en la técnica, pero no deja de darse una búsqueda estética, más profunda a través de la exposición, en especial porque la misma surgió de las imágenes realizadas por un francés que vivió en Guanajuato, en el siglo XIX, quien desarrolló una obra delicada, “muy fina, muy transparente, de una delicadez en la finura de las transparencias y en el dibujo.

“Pensé que la única manera de hacerle un homenaje o recrear ese dibujo de 1800 era a través de unas placas de plomo, haciendo impresiones, como negativos, imprimiendo estas plantas, orquídeas o palmeras, hojas, pedazos de madera, que los camiones deshacen de tanto pasar. Imprimí todo y el resultado fue esta exposición”.

En palabras del artista, la temática de esta obra es la melancolía y recuerdos muy viejos, de cómo tendían la ropa en los ríos, en los pueblos de Oaxaca. “Lo que hice fue mezclar diversas ramas en el plomo, sobre las cuales se pueden observar pequeños vestidos colgados y serpientes recorriendo el escenario. Esto es como una impresión en negativos y positivos, porque al separarla queda una parte en blanco de plomo con sus variantes cromáticas”.

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Lenguaje propio

Sergio Hernández se deslinda de la llamada Escuela Oaxaqueña, porque él ha sido capaz de crear su propio lenguaje: “Lo que se percibe en aquella es que los creadores quieren abarcar todo y el resultado es una especie de mole, o un cúmulo de colores, por lo que el resultado
es algo muy folclórico, muy artesanal y muy poco profundo. Pero todos cabemos en esa diversidad”.

Dice que no pretende hablar mal de esa escuela, pero que en su caso, sí lo llegaba a limitar esa multiplicidad de figuras y la utilización de muchos colores: “A mí la sobriedad y el aspecto monocromático me ha permitido explicarme mejor a través de mi pintura”.

Hernández siempre anda en la búsqueda y la experimentación; por eso, ahora le interesa que sea una gota de agua la que dibuje. Al final, lo que quiere es resumir un trazo sin agua, ya no tocar la tela sino escurrirla con un pincel japonés y dibujar: “Podría ser algo que no se explica con palabras, que simplemente se imprime en un espacio”.

Afirma que ahora recurre a elementos naturales como la grana cochinilla, colorante aportado por el México prehispánico, de donde obtiene un rojo profundo, con el que pone su propio sello a sus obras.

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