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Miércoles , 17.10.2018 / 18:32 Hoy

Plimpton

Los paisajes invisibles

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Gay Talese describió a la perfección a esa pandilla de ricachones, egresados de Harvard y Yale, hermosos y malditos como los personajes de la novela de Francis Scott Fitzgerald, que en los años cincuenta intentaron revivir la fiesta parisina que glorificó Gertrude Stein y su otra pandilla, aunque con menos éxito y quizá más frenesí: “Están obsesionados, muchos de ellos, por el deseo de saber cómo vive la otra mitad. Se hacen amigos, por lo tanto, de los más interesantes, los más extraños, evitan a los aburridos ciudadanos de Wall Street y se sumergen en pos de placeres y de literatura, en los mundos del yonqui, del pederasta, del boxeador y del aventurero, influidos tal vez por la gloriosa generación de conductores de ambulancias que los antecedió en París cuando tenían veintiséis años”. Talese se refiere a los “muchachos altos” con los que Irwin Shaw jugaba tenis en una imponente cancha de Saint–Cloud cuya vista a la Ciudad Luz era aún más imponente y, en efecto, con el adjetivo “alto” se refería a la estatura física, la mayoría sobrepasaba la talla promedio, el que con el tiempo se convertiría en el líder, George Plimpton, medía metro noventa y cinco y tenía “miembros largos y enjutos, cabeza pequeña, ojos muy azules y una nariz delicada y puntiaguda”, pinta Talese en la estupenda crónica “En busca de Hemingway” (incluida en Retratos y encuentros) a propósito del mencionado Plimpton, John P. C. Train, Harold L. Humes, Terry Southern, Frank Musinsky, Robert Silvers y el resto de la parvada activa de la legendaria revista Paris Review.

Amigo de Hemingway, de Mailer, Styron, Philip Roth, Lillian Hellman, de Jacqueline Kennedy y su hermana y su cuñado el príncipe Radziwill, del entrenador de Muhammad Ali, de algunas conejitas de Playboy, y de toda, absolutamente toda la crème de la crème culta neoyorquina y de la expatriada temporalmente por algún loco o sublime proyecto, George Plimpton poseía una pluma poderosa, detallista, que lo distinguió en eso que él mismo llamó “periodismo participativo”: vestir la piel del objeto reporteado y no mirarlo desde lejos; sentir en carne propia la rudeza del oficio, incluidos esfuerzo, temple y carácter para luego capturar con plenitud el dulce sabor de la victoria o el regusto amargo del fracaso. Por ejemplo, hizo de sparring con Archie Moore en el Gimnasio Stillman, combate salpicado de sangre en el que uno de los testigos fue Miles Davis, y bateó algunos hits en ciertas canchas, pero lo que no pudo hacer fue meterse a una piscina con traje de buzo para su nota de clavados en la Olimpiada de 1984, porque las autoridades le dijeron que un hombre rana sería un incordio para las saltadoras a la hora de ajustarse el bañador en las profundidades.

Plimpton escribió de beisbol, hockey, futbol americano, box, golf. Cubrió funerales, conciertos, conmemoraciones. Reseñó provincias y escribió retratos de figuras emblemáticas. El aristócrata del Upper East de Nueva York, decíamos, fue amigo de incontables personajes, y quizá una de sus estampas más entrañables sea la del irrealizable encuentro entre Hemingway y Mailer que nunca se concretó por él, George Plimpton, sabiendo que esas almas harían cortocircuito: había hecho una cita con su amiga Joan y con Norman Mailer, pero Hemingway lo invitó a una cena de improviso. El periodista participativo le preguntó si podía invitar a Mailer, y Hemingway dijo que sí. No obstante, los episodios de paranoia del viejo Papa comenzaban a alarmar a todos, y desistió de convidar a Mailer. En la cena, Plimpton le contó a Hemingway los gustos de Mailer: esgrima de mirada con las chicas, topes de cabeza con los hombres. Hemingway dijo “¡Santo Dios!” y luego Plimpton le habló de la lucha de dedos pulgares. Intrigado por la gesta, se tomaron de las manos y Hemingway comenzó a perder los estribos mientras imprimía una fuerza colosal en la mano de Plimpton. El rostro de Hemingway se tornó demencial, casi diabólico, y lo dejaron antes de que Plimpton resultara herido. A la mañana siguiente, mientras Plimpton se acariciaba los moretes en el dorso, Mailer le dijo que pasó la noche esperando su llamada, paladeando los elegantes reclamos que le iba a hacer a Hemingway por “perfumar su vanidad”. El rostro desfigurado de Papa en aquella mesa le afirmó que, en efecto, habría sido una noche memorable.

@IvanRiosGascon

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