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Lunes , 22.10.2018 / 07:53 Hoy

Platón en Palestina

El diálogo y la conversación se empobrecen cada día más y se acrecientan los prejuicios y el odio racial

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El diálogo y la conversación se empobrecen cada día más y se acrecientan los prejuicios y el odio racial. La proximidad que hoy hay entre nosotros gracias a los avances tecnológicos parece ser insuficiente para construir acuerdos favorables para el progreso moral de la humanidad. ¿Desde dónde podría promoverse una alternativa para disminuir la discordia? La filosofía proporciona aptitudes analíticas, argumentativas y dialógicas capaces de contribuir a que las relaciones humanas sean más empáticas y constructivas, a pesar de los disensos que siempre existirán. Las habilidades discursivas que fomenta posibilitan acuerdos y mayor armonía en la diversidad. Así entendida, en sociedades plurales y democráticas la filosofía facilita y eleva el nivel de los debates públicos en tanto que exige claridad conceptual y lingüística, solidez argumentativa y, además, una actitud respetuosa ante el disenso y buena disposición para escuchar razones y proponer soluciones. La filosofía es idónea para generar consensos y mejorar la convivencia entre las distintas culturas, razas y tipos de sociedad. En pocas palabras, es indispensable en cualquier sociedad democrática. No es raro, entonces, que gobiernos corruptos y autoritarios intenten eliminarla: el pensamiento libre, crítico y autónomo siempre es mal visto por tiranos e ignorantes.

En 2015 Carlos Fraenkel, profesor de filosofía en la Universidad de McGill, en Montreal, publicó un libro titulado Teaching Plato in Palestine: Philosophy in a Divided World. El año pasado apareció en la editorial Ariel la traducción al español: Enseñar Platón en Palestina. Filosofía en un mundo dividido. Este libro es particularmente oportuno en un momento histórico en el que rebrotan el racismo, la xenofobia y la división entre los seres humanos. Se trata de una serie de ensayos en donde se insiste en el papel tan crucial de la filosofía en la construcción de acuerdos en sociedades tendientes al conflicto. Estamos ante un ejemplo extraordinario de lo que puede hacer la filosofía cuando se atreve a abandonar los confines de la academia pura, y se arriesga a enfrentar las tensiones que surgen en contextos marcados por la diversidad religiosa, cultural y social.

Fraenkel cuenta su experiencia en cinco talleres filosóficos organizados entre 2006 y 2011 en zonas especialmente adversas: la Universidad Palestina de Jerusalén Este, un sitio marcado por el conflicto palestino–israelí; una universidad islámica en Indonesia, en donde se perciben las tensiones entre islam y Occidente; una comunidad hasídica en Nueva York en la que se enfrentan la ortodoxia religiosa y la modernidad; un instituto en San Salvador de Bahía, en Brasil, en donde las divisiones sociales y raciales son enormes; una comunidad mohawk en Norteamérica en donde choca la identidad indígena con el legado colonialista. Fraenkel lleva la filosofía a cada uno de estos escenarios y, a través del diálogo y la enseñanza de la filosofía, plantea preguntas a sus interlocutores detectando coincidencias y discrepancias entre las distintas formas de pensar y mirar el mundo. Evocando la mayéutica socrática, persuade a personas de distintas religiones, culturas y estratos sociales, de que la filosofía les lleva a adquirir técnicas de debate, herramientas lógicas y semánticas que les permiten aclarar sus puntos de vista y construir mejor sus argumentos, les ayuda a comprender mejor sus creencias y a responder a distintas objeciones. Incitándolas a la reflexión y al autoconocimiento, Fraenkel intenta enriquecer la manera en que cada una de estas personas se entiende a sí misma en su entorno y en el mundo en general. Como él mismo lo afirma, trata de enseñarles, de modo no académico, algo así como el Órganon (los tratados lógicos de Aristóteles), “la caja de herramientas de los filósofos”.

Aunque el objetivo de este proyecto es transformar la manera en que piensa esa gente habituada al conflicto, la idea, sostiene Fraenkel, no es que los filósofos digan qué debe pensarse y hacerse, sino “permitir que el mayor número de personas posible adquiera la práctica filosófica”. En este sentido, la conversación con los estudiantes palestinos es particularmente interesante. Algunos de ellos desconfían de la filosofía, creen que podría usurpar el papel de la religión o simplemente mostrar su falsedad. Fraenkel consigue que los jóvenes se muestren dispuestos a superar las diferencias, a aceptar el disentimiento y a encontrar paralelismos entre la visión secular y la religiosa. Utilizando traducciones poco precisas (elaboradas del inglés al árabe) de los diálogos de Platón, muestra a los estudiantes palestinos cómo la filosofía ofrece un lenguaje con el que las personas pueden comunicarse aun cuando no se compartan las mismas creencias religiosas. Formula entonces cantidad de preguntas con la intención de que los estudiantes piensen y discutan: ¿existe Dios?, ¿vale la pena ser devoto?, ¿se puede justificar la violencia desde la religión?, ¿qué es la justicia social?, ¿quién debe gobernar?, ¿con qué idea de justicia justifican sus acciones los agentes en el conflicto palestino–israelí?, ¿serán compatibles las democracias seculares y los Estados religiosos?, ¿se puede construir una democracia desde el islam?, ¿es la democracia el mejor sistema político para todos? A pesar de las diferencias culturales, Fraenkel tiende puentes a partir de las coincidencias. Parte de una premisa innegable: “Occidente y el mundo musulmán tienen las suficientes tradiciones compartidas para llevar a cabo una discusión abierta en un plano de igualdad. Después de todo, las configuraciones intelectuales de ambos fueron moldeadas en gran medida por la intersección entre las religiones monoteístas y la filosofía y la ciencia griegas”.

En Palestina Fraenkel muestra a los estudiantes el modo en que los filósofos medievales musulmanes y judíos adoptaron la filosofía griega para entender sus tradiciones religiosas y transformarlas en religiones filosóficas. En Indonesia explica el modo en que Averroes equiparó la ley religiosa con la filosofía práctica de Aristóteles, y cómo es posible construir una visión del islam menos prejuiciosa. En Nueva York se acerca a una comunidad ultraortodoxa en donde estudiar libros de filosofía “es peor que tener una aventura extramarital o ir con una prostituta”. De la mano de Maimónides, Spinoza y los talmudistas medievales, discute las ventajas de comprender el judaísmo filosóficamente. Con los estudiantes brasileños discute acerca de la desigualdad social y trata de convencerlos de que, como sostiene Platón, es la sabiduría y no el dinero lo que debería gobernar. Con la comunidad mohawk explora qué es ser un mohawk. Reacios a la invitación a debatir filosóficamente, sin darse cuenta los mohawk comienzan a filosofar.

Fraenkel concluye con un ensayo en donde habla de la necesidad de transformar los desacuerdos surgidos desde la diversidad en una cultura del debate. Sostiene que ésa es la única manera de que el disenso deje de ser una amenaza para la paz social. Este libro nos enseña, como dice Michael Walzer, que “las personas que aprenden a conversar y discutir franqueando fronteras culturales y religiosas tienen más seguridad y se relacionan mejor, de una manera más humana y productiva. Fraenkel ¾afirma¾ aspira a una Atenas donde la gente no mate a Sócrates, sino que lo imite, y responda a las preguntas de los demás”. En este sentido, este libro es también un llamado a valorar los alcances de la filosofía en su sentido clásico. Las aptitudes de los filósofos son particularmente necesarias en un mundo tan cambiante y que exige constantes fuerzas regeneradoras. La filosofía es capaz de ofrecer una enorme gama de alternativas para responder a preguntas tan cruciales como el sentido de la vida, la necesidad de construir un mundo más justo y equitativo, menos violento, mejor dispuesto al diálogo y a la conversación.
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