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Viernes , 22.06.2018 / 11:47 Hoy

Pillidos

Toscanadas


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David Toscana

Diversos informes venidos de distintas instituciones de salud señalan que México es el país número uno en cuanto a obesidad. Y en informes de evaluación educativa, nuestro país ocupa siempre lugares poco dignos; además se sabe que los niveles de lectura están por los suelos. Supongo que eso nos convierte en un país de panzones y mensos, pero dios me libre de decir tal cosa, pues las obtusas hordas twitteras siempre buscan una excusa más para contagiar la malsana epidemia de indignación y organizar lapidaciones virtuales. Viven con la fantasía de emplear ciento cuarenta caracteres mal redactados, peor puntuados y con faltas de ortografía para desacreditar las obras completas, la vida y obra de gente más valiosa, inteligente y comprometida que cualquier loro de medios sociales. Y algo de poder tienen, pues hasta una coz de burro es suficiente para matar. Por eso vemos cada vez a más gente pidiendo disculpas, no por pensar lo que piensan, sino por decir lo que piensan. Y poco a poco escritores e intelectuales han ido cayendo en el juego. Luego de tener a dos patriarcas como Octavio Paz y Carlos Fuentes que se echaban pa’lante, hoy tenemos un inane certamen de míster simpatía. Entre los pocos que no quieren hacerse los simpáticos está Christopher Domínguez Michael, por lo que ya los semper indignati están pidiendo que lo echen del Colegio Nacional. Al día de hoy han reunido 14,594 firmas para acusarlo de machista utilizando como argumento cuatro citas que nada tienen de machismo. Claro que exagero cuando le llamo “argumento” a meros hectogramas sin contexto, de ésos que apenas dan suficientes caracteres para insultar, desinformar y manipular. El alma twittera pediría a la Universidad de Berlín que echara a Schopenhauer, a la Universidad de Basilea que corriera a Nietzsche, a Luis II de Baviera que no financiara a Richard Wagner, al Ministerio de Cultura de España que le retirara el Premio Cervantes a Borges, tal como algunos desorientados pidieron ahora que se lo borraran a Poniatowska, como si por encima del mérito intelectual y artístico estuviese una frívola capacidad de equilibrista para nunca tropezar; o bien, como si no se entendiera que el artista puede, y a veces debe, remar contra la corriente, pensar como no piensan los demás, tener torcido el cerebro. Cero tolerancia, clama esa gente nostálgica por los años de la inquisición. Qué feliz habría sido Torquemada con un aparatito para convocar la ira espontánea de los irreflexivos. En el debate sobre un libro políticamente incorrecto, Vargas Llosa dijo sobre estos jueces con machete que “tienen una idea de la literatura que coincide milimétricamente con la de los regímenes autoritarios… Detrás de esta concepción ingenua y confusa de la manera como las ficciones de la literatura influyen en la vida hay, en verdad, un miedo pánico a la libertad”. Hasta donde sé, al Colegio Nacional le han tenido sin cuidado las casi quince mil firmas. Y así está bien. En el mundo artístico e intelectual ha de tener más valor un testimonio bien argumentado que un pillido que se cacarea miles de veces.

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