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Martes , 14.08.2018 / 15:42 Hoy

Pierre Boulez: la sonrisa de un cascarrabias

El compositor, pedagogo y director de orquesta nacido en Francia en 1905 nunca abandonó su causa ni olvidó su edad. Perteneció a la generación de la posguerra y resolvió con valentía y congruencia los problemas estéticos que enfrentó durante los a

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I

Pierre Boulez aniquiló —por inútil— cualquier referencia explícita al pasado y, a través de maneras radicales de articular sonidos, creó complejas búsquedas musicales que retan a la humanidad entera. Que retan sus creencias. Que retan sus prejuicios. Que retan su esperanza. Que retan su sensibilidad. Que retan sus idiomas. Que retan sus esquemas. Que retan sus decisiones. Que retan su fe. Que retan su inteligencia.

Estamos, por tanto, hablando de un provocador.

II

Boulez abrevó directamente del místico compositor–ornitólogo francés Oliver Messiaen (1908–1992). De él recibió la fascinación por trazar en el piano austeros panoramas sobre las aves y el agua. También enseñanzas menos poéticas, como la obsesión por la cuarta aumentada y el gusto por las series no reversibles.

Fue Messiaen quien azuzó a Boulez y lo llevó hasta la Escuela de Darmstadt, Alemania (1946–1955), con una bomba bajo el piano. Ahí, encubierto en la cándida apariencia de un estudiante de 19 años, enfrentó al intocable erudito Arnold Schöenberg, dios padre de cualquier joven vanguardista. Le dijo tibio y le dijo débil: ¿por qué darle un tratamiento serial únicamente a la altura?, ¿para qué tanta alharaca de radicalidad si te vas a quedar a la mitad?

Entonces Boulez eliminó hasta la voluntad en el proceso de creación y comenzó a escribir obras insólitas (Polifonía X, de 1951, se considera la primera netamente “bouleziana”), en las que cada parámetro del sonido —desde el timbre hasta la duración, pasando por la intensidad y el ritmo— recibe un tratamiento serial (procedimiento denominado serialismo integral), lo que permite sistematizar el control total del espacio sonoro.

III

Escuchemos Le marteau sans maitre (estrenada en 1955 y revisada en 1957), escrita para mezzosoprano y seis instrumentos (flauta en sol, viola, guitarra, xilófono, vibráfono y percusión). La obra, cuyo nombre puede traducirse como “El martillo sin dueño”, utiliza tres poemas de René Char sobre el rencor, el inconsciente y la melancolía (“L’Artisanat furiex”, “Bel édifice et les pressentiments” y “Bourreaux de solitude”).

No hay tonos agudos. Las voces cantan en sus registros medios. El diálogo musical es delicado, comedido, casi etéreo. La presencia del sonido humano (una cantante) afecta a Boulez, quien cede en su obsesión por el control absoluto, y abre ventanas hacia órdenes distintos, no necesariamente seriales; por ejemplo, cierta tendencia armónica de tintes impresionistas, incluso cierta sensación de melodía (incompleta siempre, siempre increada). La idea general parte del serialismo integral, pero la construcción presenta líneas flexibles, abiertas hacia otras técnicas, hacia la ambigüedad. El efecto es asombroso y centellante, de una luminosidad que avasalla por inesperada, como encontrar un jardín en la cárcel o la sonrisa de un cascarrabias.

IV

Boulez nunca abandonó su causa ni olvidó su edad. Pertenece a la generación de la posguerra y los problemas estéticos que enfrentó durante los años cincuenta los resolvió con valentía y congruencia. Su solución fue la radicalización salvaje: el dodecafonismo como sistema que controlara el espacio sonoro de manera absoluta. Ese es el Boulez histórico y ese su legado.

El tiempo se fue demasiado rápido. Surgieron nuevos problemas y otra generación. La reacción de Boulez fue la distancia: “yo no puedo resolver los problemas de una generación que es cuarenta años más joven que la mía”. Los dejó solos, abandonados a su suerte, molestándolos siempre (con un poco de soberbia y un poco de ternura).

V

Escuchemos DériveI I (1984). Boulez la escribió a los 60 años. Una pieza para orquesta de cámara con tintes lúdicos: los instrumentos de percusión (piano y vibráfono) proponen un fondo estático, de densa resonancia, sobre el cual los demás instrumentos (flauta, clarinete, violín y violonchelo) establecen un juego de ágiles gestos melódicos.

Y el último Boulez, el viejo, quiso jugar e invita a la humanidad entera a que juegue con sus creencias. Que juegue con sus prejuicios. Que juegue con su esperanza. Que juegue con su sensibilidad. Que juegue con sus idiomas. Que juegue con sus esquemas. Que juegue con sus decisiones. Que juegue con su fe. Que juegue con su inteligencia.

Estamos, por tanto, hablando de un compositor con un refinado sentido del humor.


@hugorocajoglar

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