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Miércoles , 19.09.2018 / 21:59 Hoy

Piedritas en el zapato

 ¿De qué sirve un inicio espléndido si el desarrollo tiene dos piedritas en el zapato que entorpecen la narración y el suspenso?.

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La película inicia con el conocido noticiario de Televisa visto desde el televisor portátil de Martín, el velador de un edificio de gobierno; está sentado en su escritorio y tiene que levantarse para abrir las puertas de la institución para que la gente entre. La puesta en imagen está lograda, pues vemos entrar a mujeres y hombres sin que la cámara se detenga, atrapando a personajes que entablan conversaciones cotidianas de manera casual, hasta que llega el licenciado Fernando, el típico funcionario prepotente. De repente, entre la plática, empieza el temblor y vemos que literalmente empiezan a caerse pedazos de loza y, en un santiamén, todo se va a negros.

La secuencia es un portento de puesta en imagen, pues se trata de un plano de desarrollo impecable por su sencillez y realismo; después, cuando ya sabemos qué sucedió, el autor descubre cómo lograr que sintamos terror aumentando la claustrofobia y asfixia; muestra el encuadre de la película más pequeño, como si fuera un orificio en medio de las toneladas de escombros para presentarnos a un licenciado aterrado por lo sucedido.

La oscuridad es obvia, y apenas nos permite ver cuando entra una casualidad dramática que se vuelve burda, pues está sacada de la manga —como he mencionado varias veces, es un recurso peligroso porque es fácil, derrumba la estructura dramática y arroja por la borda la verosimilitud—: Fernando se encuentra una lámpara sorda que le permite darse cuenta de su lamentable estado: sus piernas están inmovilizadas bajo una losa de concreto.

A pesar de la absurda coincidencia que se convierte en una piedrita en el zapato narrativo, nos hacemos de la vista gorda y Fernando mira a su alrededor: pedazos de cemento, fierros retorcidos y lamentos; en esa búsqueda, mientras alumbra para todos lados, descubre a Martin en una postura que nos hiela la sangre, lo que es un momento magnífico en la película.

El orden dramático regresa y el autor logra mantener el suspenso aunque está herido; de repente, otra piedrita en el zapato vuelve a desequilibrar la estructura como si el autor se empeñara en echar a perder su trabajo: aparece el discurso panfletario, banal, el de los edificios construidos por la corrupción, lo que no aporta nada al desarrollo dramático.

¿De qué sirven los espléndidos trabajos de fotografía, escenografía, maquillaje y actuación, si al guión le faltaba trabajo? ¿De qué sirve un inicio espléndido si el desarrollo tiene dos piedritas en el zapato que entorpecen la narración y el suspenso?

7:19, la hora del temblor (México, 2016), dirigida por Jorge Michel Grau, con Damián Bichir y Héctor Bonilla.

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