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Miércoles , 14.11.2018 / 12:12 Hoy

Pese al agravio al lugar sagrado en la Iztaccíhuatl, dejan ofrendas

Especial: Ritual en la Iztaccíhuatl

El tiempero, Antonio Analco Sevilla, entregó ofrendas a la volcana Iztaccíhuatl “Mujer blanca” por “el día de su santo".
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El tiempero, el trabajador del tiempo, quien vela porque haya lluvias que propicien buenas cosechas en el altiplano poblano tlaxcalteca y en el de Atlixco, Antonio Analco Sevilla, entregó ofrendas a la volcana Iztaccíhuatl “Mujer blanca” por “el día de su santo", el pasado 30 de agosto, pues le ha dicho a él y a su esposa Andrea Campos, que su nombre es, precisamente, Rosa.

Lo que no dice el tiempero de Santiago Xalixintla es que sin que él esté plenamente consciente de ello, ni lo estuviera su padre, de quien heredó el “don” de poder hablar con la volcana y el volcán Popocatépetl, es que sigue el calendario lunar acorde a la siembra y la cosecha.

Por ello, cuando entrega una ofrenda y regalos a la Iztaccíhuatl es el tiempo cuando, si todo ha ido bien, si ha habido buena lluvia, es hora de agradecerlo, pues de ello dependió que en septiembre y octubre haya una buena cosecha.

Y aunque está consciente de que ha habido poca lluvia este año, de cualquier forma agradece, no se enoja o reclama.

Con aproximadamente media centena de personas que le acompañaron desde la madrugada hasta cerca de las cuatro de la tarde, un lugar sagrado a cuatro mil 300 metros sobre el nivel del mar, el tiempero “floreó” dos cruces que “sembró” en un sitio de la Iztaccíhuatl y a una de ellas la vistió con la ropa que llevó a “Rosita”.

“¡Está contenta de que venimos, le gustaron los regalos que trajimos, aunque no pudimos traer más!”, expresó Andrea Campos al  acompañar a su esposo en el “floreado” de las cruces, que también es una ceremonia.

Los vestidos, revela, fueron un regalo de una extranjera que se los hizo llegar desde Teotihuacán.

Sin embargo, el tiempero, su esposa y sus acompañantes volvieron a encontrar la construcción de cemento en el piso y techo de lámina, con troncos de árboles cortados en la misma zona del lugar sagrado, por los actuales mayordomos de San Mateo Ozolco, de acuerdo con Analco Sevilla.

Los involucrados fueron llamados a la Secretaría de Gobernación, donde no pudieron explicar por qué construyeron en una zona federal, el parque Izta—Popo, ni por qué se han negado a quitar lo construido.

También personal del parque los interrogó y pidió que retiraran lo construido. Pero hasta el jueves 30, lo edificado permanecía ahí.

Y de acuerdo con el trabajador del tiempo Antonio Analco, eso afecta al clima, a la lluvia, al tiempo. Y con ello a la siembra del altiplano poblano tlaxcalteca y al valle de Atlixco lo cual, asegura, afecta a toda la población: “Ya lo verá: este año el maíz va a estar caro” porque no habrá buena cosecha.

Lo que se hace en ese lugar sagrado, asegura Antonio Analco, se replica en la tierra que se extiende al oriente de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl: el techo de lámina calienta el lugar que, al tener piso de cemento y cubrir la tierra, no permite que se refresque el ambiente: “Por eso ha hecho tanto calor en Puebla”, afirma.

Seres vivos

Don Antonio Analco no tiene la menor duda:los volcanes son seres vivos; habla con ellos:el Popocatépetl es “hombre”, es varón, es Gregorio.La Iztaccíhuatl es mujer. Cuando inicia el año agrícola y visita a Gregorio el 12 de marzo es que ya se han bendecido las semillas que se van a sembrar entonces.

Para el 2 de mayo, nueva visita a don Goyo: iniciarán las lluvias que dejarán una buena cosecha. 3 de mayo: vista a la “Mujer blanca” Iztaccíhuatl, a “Rosita”: en ambos casos les lleva ofrendas y regalos en reciprocidad: pide y agradece el agua que llegará:

“Las nubes ya fueron entonces a visitar a La Malinche y después al Citlaltépetl ‘cerro de la estrella’ (mal llamado Pico de Orizaba), y entonces regresan acá”, al Popo y a la Izta “llenas de agua” que regarán en el valle que está frente a ellos, al oriente, y al sur, al norte.

Para cuando las mazorcas están jiloteando, cuando ha pasado la canícula, el calor intenso y se desatan los aguaceros del final del verano, don Antonio Analco, su esposa e invitados regresan a ver a “Rosita” el 30 de agosto con nuevos regalos y ofrendas: es hora de agradecer las lluvias, de esperar la cosecha y disfrutar los frutos hasta el siguiente año.

No importa si la lluvia fue abundante y si la cosecha lo será después o no: lo mismo agradece el tiempero uno u otro resultado. Agradecer, recuerda “es bueno, por eso venimos” dice después de recoger agua en una charola y una jícara bajo una cascada a cuatro mil 300 metros sobre el nivel del mar y la arroja “sobre” el altiplano, y al sur y al norte del mismo.

Mientras tanto, asegura, esa agua llegará a las poblaciones y ciudades. Y sus habitantes lo comprueban ese mismo día.

Don Antonio Analco, trabajador del tiempo, cumple aunque no lo diga con rituales de miles de años de antigüedad, quizá iniciados en el año Ce Acatl, Uno caña, cuando nació Quetzalcóatl, quien enseñó a los seres humanos a sembrar.

Don Antonio no habla de Tlaloc ni de sus ayudantes, los tlaloques, pero él y su esposa “hablan” con las nubes, para que vengan, o se detengan o se vayan. El tiempero “maneja” el rayo y la centella, los cuales describe como flechas anchas de manos o menos un metro de largo que, en caso necesario, sólo muy necesario, arrojará. Detiene el granizo, lo aleja, pero no lo ofende. Sólo le pide que se vaya.

Doña Andrea Campos revela que el “don” de su esposo, el cual le permite trabajar con el tiempo lo heredó de su padre, a quien apenas si conoció, pues murió cuando tenía dos años de edad. Pero no sabe, y tampoco se lo pregunta, de qué antigüedad remota viene, cuantas generaciones de ancestros suyos están detrás de esta conexión con la Naturaleza; y con la vida.

La campesina de 66 años de edad, sólo confiesa que su hija menor se llama Blanca en honor a la Iztaccíhuatl (nombre náhuatl que en español significa Mujer blanca), porque la misma volcana le pidió que la bautizara con ese nombre. Además, heredó el don de su padre. Es y será tiempera.


Día de fiesta

Los cohetones salen disparados hacia el cielo

y retiembla en sus centros la tierra: en el bosque de coníferas donde está el lugar sagrado al que acude el tiempero Antonio Analco a realizar sus ceremonias: el ambiente se llena del poderoso sonido de la pólvora explotando en lo alto.

Don Antonio se encuentra con los mayordomos de San Mateo Ozolco y sus invitados, quienes hace ya más de dos años construyeron el adefesio de piso y postes de cemento y cubierta de lámina. No le gusta que la construcción siga ahí, pero no discute, no pelea. Arregla las cruces con flores y les ponen vestidos a ambas. Una flor en lo alto de una de ellas es el adorno más visible de “Rosita”.

El mayordomo le exige a don Antonio Analco que se lleve los vestidos, chales y otras prendas que había ido dejando según “cambiaba” a las cruces en cada visita, supuestamente porque los funcionarios del parque nacional Izta—Popo “no quieren que se quede nada aquí”.

El tiempero no discute. Recoge la ropa y bajará con ella. Antes entra a una pequeña cueva frente a la cascada del lugar sagrado: “habla” con la volcana, le reza, le ofrece disculpas si la ofrenda es pobre, es poca, y le asegura que la ha llevado con mucho gusto, con mucho cariño y agradecimiento.

Don Antonio, de 71 años, deja ahí un mole en su cazuela con una cuchara de madera, tortillas, pan, fruta, chocolate, dulces, regalos varios, incluso un libro. Con el mismo respeto con el que entró y entregó sus ofrendas, se despide y sale.

Afuera, la cascada de por lo menos 20 metros de altura, parece bailar alegremente: a pesar de que no hay viento, manda su agua hacia los visitantes, como si los bautizara. Don Antonio tiene la mitad de una sandía en una charola de metal. La ofrenda al agua, reza, y jubiloso avienta el agua hacia el valle,

“¡’Ora, beban!” pide a sus acompañantes, y todos beben y comulgan. Más movimiento de la gigantesca caída de agua y todos se preparan para el baile de los listones, el cual inician frente a la cascada y culminarán en un claro del bosque, ya de “salida” hacia Santiago Xalixintla.

Doña Andrea Campos llora conmovida: reza, agradece, recibe el agua sobre su cuerpo sin temor a enfermarse: “Gracias, madre”, repite una y otra vez. Cuando ya haya bajado cerca de mil metros, la volcana se mostrará, pues se ha despejado el cielo: con una ligera cubierta de nieve en lo más alto se despide de su amiga y sus acompañantes.

(Para RABR que sabe de rosas)



ARP

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