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Sábado , 21.07.2018 / 22:43 Hoy

Perversión legal

Lla desigualdad que vivimos no es una consecuencia de la ausencia del Estado de derecho, sino su más fiel reproducción.

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Eduardo Rabasa

“¿Justicia? La justicia se encuentra en el otro mundo. En este lo que hay son leyes”. Con esa demoledora frase comienza William Gaddis la novela Su pasatiempo favorito, una parodia de, entre otras cosas, el sistema judicial y su infinita verborrea. Como buen visionario, Gaddis vislumbró los excesos a los que hoy asistimos, muy a menudo perfectamente cobijados por las propias leyes. No solo eso, sino que es cada vez más frecuente escuchar a magnates ufanarse de que las reglas se encuentran torcidas a su favor. Tenemos a Donald Trump y su célebre declaración de “He usado las leyes de este país para sacar ventaja”, a Warren Buffet pidiéndole de manera abierta a Barack Obama que le cobre más impuestos pues, afirma, su secretaria paga proporcionalmente más que él, uno de los hombres más ricos de todo el planeta. Incluso el CEO de Google —esa empresa cuyo credo buena onda parecería extraído de una secta empeñada en dominar el mundo a partir de conceptos como la felicidad y lo cool—, Eric Schmidt, cuando se le cuestionó la práctica de la empresa de utilizar una creativa ingeniería fiscal para traspasar dinero entre filiales, y con ello pagar unos impuestos irrisorios: “Se llama capitalismo. Y en Google somos orgullosamente capitalistas”.

Y es que como señalan de manera creciente los partidos y los movimientos etiquetados como antisistema, es evidente que en la actualidad las leyes sancionan sin tapujos una realidad social sumamente desigual. En países tan brutalmente inequitativos como México se invoca a menudo la ausencia del Estado de derecho como una de las causas. Y si bien es cierto que la arbitrariedad, ineptitud y corrupción del sistema de justicia es, en efecto, un lastre brutal para todos aquellos que no pueden contratar a un bufete de abogados que cobre por hora y en dólares, buena parte de la realidad tan empobrecida que vivimos no deja de ser perfectamente legal: el salario mínimo sancionado por el Estado se encuentra debajo del umbral de la pobreza; los resultados de las campañas electorales dependen más o menos abiertamente de las preferencias de las televisoras, que son empresas privadas con programas políticos determinados; los legisladores se asignan una y otra vez bonos millonarios a sí mismos; el organigrama de gobierno parece un árbol genealógico compuesto por un puñado de familias y camarillas políticas. La lista de aberraciones legales podría extenderse, pues la desigualdad que vivimos no es una consecuencia de la ausencia del Estado de derecho, sino su más fiel reproducción. Más que invocar de manera incesante la ley y su aplicación, valdría la pena dar un paso más atrás y empezar a hablar de ética, pues un simple vistazo a la impudicia con que se exhiben las elites políticas y empresariales basta para saber que se puede ser una persona infame, sin necesidad de violar ningún precepto de la ley.

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