El perseguido en mi azotea

Imagínate: que no tengas un centavo para enfrentar el día y que del cielo te caigan 500 pesotes, en pura moneda de a varo. Creo que todo se lo debo al Gran Hacedor.
El perseguido en mi azotea.
El perseguido en mi azotea. (Milenio)

México

Sábado de los vecinos: baile y trago. Nadie se queja de eso. La madrugada del domingo solo se escuchaban incoherencias y gritos de los más aferrados: nunca falta. Desperté a eso de las cinco de la mañana, y empezaba a entreabrir los ojales cuando escuché ruidos en mi azotea: es de concreto, y luego sobre el tejabán, de lámina de fibra de vidrio.

—¡En la madre —me estremecí—, otra vez tiembla!

Temblaba como de ida y de regreso, pues las que pensaba que eran sacudidas sísmicas fueron de aquí p’allá y luego de regreso, con sus correspondientes crujidos. Fuera de eso, todo era silencio. La música calló, los aferrados callaron, los gatos también.

En los otros departamentos del vecindario como que nadie se daba por enterado de nada. Medio atolondrado aún comenzaba a ponerme los pantalones cuando escuché voces y de nuevo ruidos que ya identifiqué como pasos y díjeme: ¡ah chingá, no es un temblor, como que alguien anda en mi azotea!

Cuando no son los gatos, son los vecinos de la parte trasera que no dejan dormir, agarran la jarra, luego discuten; los chamacos se espantan, las mujeres gritonean.

—Es que te pasas, puto.

—Puto usté y su parentela, socio.

—Vas y chingas a tu madre si no dejas de molestar a mi carnala María.

—Vas tú primero.

—¿A poco quieres con ella, inchi depravado?

—¡Tas pendejo.

—Lárgate o te rompo su maye!

—Pus nos la rompemos, ese: báilale y va que va, a chingar el parentesco…

Un hombre grita: ustedes qué hacen aquí, métanse o los meto; las mujeres: que ya, si no saben beber pa’ qué empiezan; alguien sube el volumen a la cumbia del Grupo Soñador (“El paso del gigante”):


Soy, soy un gigante de hierro;

soy, soy un gigante en verdad.

Ni un hechizo logrará,

que yo te deje de amar.


A pesar de los pasos del gigante se escuchan más gritos, empujones contra el zaguán, cerrojo que se desliza con estruendo, azotón contra la puerta y gritos de “ábranme culeros, así serán buenos, todos en bola, no le saquen: de uno en uno y a todos los puteo… ¡María, ábreme, que no se manchen esos culeros, Maríaaaa, quiero cogerrr!”

Entre padres, hijos e hijas, nueras y yernos y nietos, los vecinos casi llegan a 50; sus frecuentes escandaleras concluyen a veces ante el Ministerio Público. Luego, como si nada hubiera pasado: el taller de carpintería es sede del conbebio familiar.

Mi azotea colinda con la parte trasera del taller. Agucé el oído; los gallos cantaron y los primeros ya transitaban por la cercana avenida. Gritos: “pinche violador; te vamos a castrar…” Fue claro que los ruidos en mi azotea y las sacudidas del tejabán no eran de gatos calentones ni por sismo alguno.

Salí a ver qué transa y vi una sombra sobre las láminas traslúcidas; “puta, dónde dejé el machete”.Apendejado, intento localizarlo: nada en el perchero, junto al fregadero, tampoco está en la cocina, y las láminas crujen, si ese cabrón cae, qué hago con un caco en mi depto. La sombra wey camina por el pretil y baja a nuestro patio, “inchi machete, ¿on tas ora que te requiero?”

Abro mi ventana, el tipo alza la cabeza, no distingo quién es, desciende la escalera, llega al patio común y entonces chiflo, grito a los demás departamentos de la familia: ¡Harbana, un caco en la azotea! ¡Carnal, ya se bajó al patio! ¡Panzón, échale unos fogonazos: anda en el patio, va rumbo a la puerta de salida!

Por fin, el machete; asomo y advierto que la sombra abre la puerta; apenas intenta cerrarla tras de sí una escandalera de cristales rotos lo hace retroceder; contiene la puerta, pero alguien empuja. Bajo las escaleras, a ver a qué hora tropiezo: blando el machete y creo rugir: “¡Lárgate caco de mierda, ya te vi; lárgate o te parto en dos!” El grito me espanta.

No avanzo, mi cuerpo sí y me tiene en el patio, el machete en alto; varias sombras que entraban por el pasillo vuelven a la calle. Las ventanas de los demás familiares se abren y gritan “¡Panzón, saca la pistola, échale unos fogonazos!”, es mi hermana la Gorda; mi sobrino Cuatrojos dice: “¡Cuidado con mi tío, ya lo tiene, no le vayan a dar a él!” Escucho a la sombra, alza las manos: “¡Un parito, carnal, un paro: me quieren matar!” Hazte lejecitos, digo con una sangre fría que no es la mía: “hazte p’allá o no respondo; ¡te troncho si te acercas!” Corre a la salida, más ruido de cristales rotos; veo a mis tres hermanas detrás, una con la escoba, otra con garrote, aquella con el trapeador, y las cuñadas y sobrinos detrás.

Afuera, alboroto: son Eneida, la esposa del carpintero y su prole siempre revoltosa: alrededor de la sombra que yace en el suelo, y se abren cuando salgo machete en mano: “¡Qué pedo con éste!, ¿lo conocen?” “No”, dice el Chinguas.”Quiso violar a una chavita de cuatro años”, dice el Joles; con sus botas con casquillo de acero es el único que patea a la sombra, que apenas endereza un poco la cabeza recibe otro punterazo y se desvanece.

Como a una rata muerta, mis hermanas le giran la cabeza con un palo. “¡Es el ayudante del herrero!” El Joles le atiza otra patada. La cabeza boquea. Recibe otra patada en el estómago. Cae de lado. Hurgo sus ropas, lleva una cangurera a la cintura. La desabrocho y lanzo pasillo adentro; pienso: ojalá no sea un vendedor de piedra o coca.

Ustedes lo correteaban, digo. Lo conocen, es de su raza, dice mi hermana Gorda. Mi hermana Flaca agrega: es el que anda con María, la hija viuda de Eneida. María, entre la bola, se escurre hacia la esquina donde Eneida y otros vecinos aparecen. El Chútala llega hasta la sombra, la mira y exclama: “¡Pus sí, es el herrero: estaba chupando con ustedes!” Desde lejecitos Eneida escucha y grita a su prole: “Vámonos ya, ¿qué hacen ahí? Ya viene la patrulla…”

—Hay que lincharlo —dice el Uñasmenos—. Quiso violar a una niña de cuatro años.

—Si tu hermana ya tiene 20 o más, y coge con él —abre la bocota mi hermana Flaca—. Esperen a la patrulla, si lo linchan nos comprometen a todos…

Uñasmenos llega hasta Eneida y se abraza a ella. Uno tras otro, los integrantes de la prole se van. La sombra ensangrentada vuelve en sí. Varias manos le ayudan a sentarse en la guarnición de la banqueta.

—Les gané en las cartas y se emputaron —dice el ayudante del herrero.

—Pinche violador —empezó a decirme el Híjoles y quería quitarme los varitos… Quería matarme, aprovechar la ocasión.

—Calmado, ya viene la patrulla.

—¿Sí la llamaste? —pregunto a la Flaca. La Gorda dice: “Ni madres, nadie la llamó”.

Estamos un rato más con él. Tambaleante, intenta caminar. Lo detengo. “Déjalo ir, dice mi hermano”. Se marcha. Entramos al pasillo, ahí está la cangurera: tres latas en su interior.

Aparecen tazas con café. Comentamos lo currido; con unas tijeras corto las latas de Coca Cola: puras monedas de a peso. “Son mías”, dice el sobrino. “Ni madres, ya tengo para la semana”, me defiendo: “yo la aventé al pasillo”. Al amanecer no tenía ni un centavo. Caído del cielo, el perseguido me dejó 500 pesos.

*Escritor. Cronista de “Neza”.