REPORTAJE | POR MIRIAM CANALES/ MILENIO DOMINICAL

Una noche de perros

Wimbledon Greyhound Stadium

La tradición inglesa de las carreras de galgos se mantiene en esta zona londinense a pesar de los consorcios inmobiliarios y financieros, que buscan mayor rentabilidad y presionan para demoler los galgódromos y construir modernos edificios departamentales y centros comerciales.

Londres

Inglaterra es una tierra propicia para los galgos, más allá de su faceta doméstica o de la simple moda hipster de pasear con ellos por la calle, representan una industria y una tradición antiguas: las carreras, donde además se obtienen fuertes sumas de dinero —aunque en la actualidad algunos de los estadios donde se llevan a cabo tienen una vida incierta.

Una liebre mecánica se desliza a toda velocidad y los canes la persiguen como si se tratase de una chuleta en movimiento. Los eufóricos ingleses claman y celebran. El dinero apostado, las esperanzas y sueños, se disuelven muchas veces en alcohol.

En México hubo pocas pistas, entre ellas las de Tijuana y Ciudad Juárez.


Al sur de Londres aún queda uno de los espacios para estas competencias de perros, deporte clásico en Inglaterra e inusual en México, donde solo han existido unos cuantos galgódromos, entre ellos el de Tijuana, perteneciente al consorcio Caliente, propiedad de Jorge Hank Rhon, y otro en Ciudad Juárez.

Estas carreras representan un gran negocio en Gran Bretaña, pero a diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, ya no es uno de sus máximos entretenimientos. Cada año generan una derrama económica de millones de libras esterlinas, según el sitio de internet del Greyhound Board of Great Britain (GBGB), organización encargada de controlarlas y supervisar a los entrenadores, el trato a los animales, aplicarles el antidoping y administrar el dinero en juego. (También existen otras carreras llamadas flappings que se manejan de manera independiente y no están sujetas a lineamientos tan rigurosos; sus cifras son desconocidas, ya que su único organismo regulatorio son los gobiernos locales).

Lo espectacular de estas carreras genera atractivas fotografías, entre ellas la de la célebre portada del disco Parklife, de Blur (1994), que mostraba una competencia en el desaparecido estadio londinense Walthamastow —el más importante de su época, demolido en 2008 y transformado en zona residencial.

Inglaterra cuenta con 25 estadios registrados y nueve llamados independientes para carreras de galgos. A pesar de que estas justas surgieron desde el siglo XVIII, no se popularizaron sino hasta los años veinte en Estados Unidos. En 1926, el empresario estadunidense Charles Munn buscó abrirles espacio comercial en Inglaterra con la construcción del primer estadio en Manchester, llamado Belle Vue, que hasta la fecha se mantiene en actividad. Asociado a otros hombres de negocios, Munn creó la Greyhound Racing Association (GRA), una empresa privada que opera espacios como el Wimbledon Greyhound Stadium.

Los galgos de carreras recorren una distancia de entre 210 y mil 100 metros, en pistas ovaladas o circulares, persiguiendo una liebre mecánica.


Para las carreras, a los perros se les mantiene en vigilancia para evitar que sean drogados y obtengan ventaja desleal sobre sus competidores. Según el último reporte antidoping emitido por la GBGB en marzo de 2010, solo 0.52 por ciento resultó positivo por uso de estimulantes, un porcentaje muy bajo que habla de la severidad de los encargados de supervisar la limpieza de las competiciones.

En Wimbledon, al sureste de Londres, se encuentra uno de los estadios para carreras de galgos más antiguos de esta ciudad. Se ha mantenido activo desde 1928, pero ahora se encuentra en la mira de los especuladores inmobiliarios, quienes pretenden demolerlo para construir un enorme complejo comercial y lujosos departamentos.

Ruinoso, deteriorado por el tiempo y la incuria, este estadio podría terminar como el de Walthamastow, pero algunos ciudadanos han promovido una campaña de rescate y renovación; se ha buscado apoyo por internet y enviado misivas tanto al actual alcalde Boris Johnson, a la House of Commons y la House of Lords, para impedir su destrucción, que de llevarse a cabo podría afectar no solo a la industria local sino a la del resto del Reino Unido.

En Wimbledon, zona fecunda en deportes, se realizan de forma frecuente competencias caninas, aunque es más conocida en el mundo por sus campeonatos de tenis, partidos de futbol y carreras de autos. Poblada por familias británicas e irlandesas conservadoras de clase alta, sus alrededores son cercados por bosques frondosos como Richmond Park, y la humedad propicia un ambiente frío. Los autobuses circulan de manera esporádica y las líneas de tren y underground (Metro) son limitadas debido a que es común el uso del automóvil entre sus residentes. Aquí se encuentra el estadio; su situación es precaria y, por lo mismo, se encuentra en la mira de los inversionistas que buscan espacios para construir edificios modernos y rentables.

El costo de la entrada al Wimbledon Greyhound Stadium es de cinco libras esterlinas. No obstante, al pagar se incrementa a siete, ya que el precio fijo solo se aplica cuando “se reserva con anticipación” por internet. El cobro extra no es impedimento. En sus instalaciones abunda un olor a antigüedad, a lo que no ha sido renovado. El descuido es evidente y la luz escasa. Con la esperanza de atraer clientela en temporada navideña se ofrecen paquetes y combos que incluyen el cover, la comida y otros servicios. Es sábado por la noche y los jóvenes que todavía encuentran interés en acudir al estadio llegan ataviados con ropa de fiesta, las mujeres de tacones altos, prendas de marca y maquillaje esmerado. La moda es evidente en cada rincón. En una de las salas se exhiben los galgos sujetados por sus entrenadores. Briosos y raudos en la pista y dóciles a una corta distancia. Está permitido tocarlos y acariciarlos bajo una cooperación voluntaria.

La carrera está por comenzar. Algunas familias se reúnen tras un ventanal que las separa de la pista, donde pueden ver sus apuestas que van desde 5 libras esterlinas como mínimo hasta cientos o miles, según su consideración y presupuesto. La cocina donde se preparan fritangas expele un olor grasiento. Para los niños se trata de un espectáculo con animales mientras sus padres los exhortan a seguirlos con atención y seriedad. Solo los muchachos salen a las gradas, cerveza en mano durante la fría noche, para apreciar las enormes dimensiones del lugar que antaño lucía abarrotado y hoy ni siquiera se ocupa a la mitad, una estampa semi vacía de ocho mil asientos. Esto alguna vez fue una gran fiesta.

Suena la alarma y una fugaz y vertiginosa competencia levanta pasiones. La velocidad a la que corren los canes es tan intensa que semejan volar y se vuelven manchas oscuras. No hay tiempo de captar una fotografía para redes sociales, los flashes están prohibidos. No ha transcurrido ni un minuto y los galgos con nombres excéntricos como Blue Anna, Neon Lilly, Fine Lopez o Halls of chile corren persiguiendo la liebre mecánica como si en ello les fuera la vida. “Go, go, go!”, gritan los niños tras el ventanal y se contagian de la euforia mientras que para los adultos representa una angustia y la oportunidad de crear una fortuna inmediata… o caer en la bancarrota. Entre el gozo y la decepción, los apostadores celebran o lamentan la llegada a la meta. Los perros siguientes aguardan su turno y son colocados para la nueva carrera. El ciclo se repite con deseos de seguir jugando y bebiendo hasta terminar descapitalizados… o borrachos.

El estadio de Wimbledon conserva su tradición canina y se niega a convertirse en un recuerdo hecho añicos. Las carreras buscan continuar como diversión para las grandes expectativas monetarias y los bolsillos desfalcados hasta que nuevas actividades lleguen y suplanten a las de antaño. Mientras tanto, los galgos no dejarán de perseguir al conejo mecánico.

El galgo más exitoso ha sido la perra Stepaside Glenis, que en el último lustro lleva 20 triunfos en 38 carreras, de acuerdo al sitio greyhound-data.com