[Semáforo] El mejor amigo del perro

Antes, nadie hubiera contado a un perro como "alguien", es decir, un ser con conciencia, a menos que fuera entre burlas.
Semáforo
(Especial)

Ciudad de México

Ulises vuelve a casa, transformado por la diosa en un viejo, para evitar que sus enemigos lo maten. Nadie lo reconoce; solo después de entrar en palacio, Euriclea, su nodriza, lo descubre por una vieja cicatriz, y Ulises le indica que se calle. Hasta hace poco se suponía que Euriclea fue la única que reconoció al forastero. Pero no. Hubo alguien más —y aquí hay un cambio cultural significativo: el viejo y arruinado Argos, el perro de Ulises. Veinte años antes era pastor de ovejas y guardián de vacas, rápido y valiente. Ahora no era sino un pobre animalucho, infestado de pulgas, maltratado y cubierto del tibio estiércol con que se refugiaba del frío, junto a los establos. De aquel cachorro magnífico no restaba sino el cumplimiento final: reconoció a Ulises en el acto y, sin poderse levantar, apenas pudo bajar las orejas y mover la cola. Mientras pasa sin detenerse, Ulises esconde una lágrima y distrae la conversación de Eumeo, el porquero. Argos ha cumplido y muere ahí mismo.

Hasta hace poco, los comentaristas de la Odisea tenían claro que solo Euriclea había reconocido a Ulises. Hoy decimos que el primero fue Argos. ¿Y es que no sabían leer? No: resulta que la noción de "alguien" cambió. Antes, nadie hubiera contado a un perro como "alguien", es decir, un ser con conciencia, a menos que fuera entre burlas y veras, como hace Cervantes, en El coloquio de los perros, o como ejemplo de virtudes (fidelidad, constancia, agradecimiento, valor) y crítica repetida de la condición humana: "Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro", dijeron Diógenes el cínico, Carlomagno, Lord Byron, Hitler, Churchill. Pero no me refiero al perro como emblema o ejemplo. Nuestra actual lectura es distinta: Argos cuenta como ser individual, dotado de alguna forma de conciencia de sí mismo, con virtudes superiores a las equivalentes en humanos... como si los perros fueran mejores personas que las personas. Quizá lo sean. Y a la convocatoria llegan cada vez más animales.

Mientras, la imagen del ser humano se atenúa, se aleja. Por ejemplo: antes de la reflexión, nos salta una ira justa, en las tripas, cuando vemos una crueldad cometida contra los animales, pero no al enterarnos de un bombardeo de un hospital lleno de niños. El análisis moral no funciona bien aquí. Le damos la vuelta a nuestra propia reacción y terminamos por salir con racionalizaciones correctas y anodinas. La verdad es que cuando veo un perrito maltratado, quiero golpear a quien lo golpea; pero cuando veo las ruinas del hospital, me abato y quedo por debajo del silencio. Frente a unas cosas, me hallo listo a reaccionar; ante otras, lento, inútil.

No me salen bien las cuentas. Me intriga y quiero averiguar por qué, cómo y cuándo cambió nuestra reacción moral inmediata: ese impulso, anterior a todo análisis y elucidación de hechos. Una suerte de moralidad antes de la razón. De otro modo: ¿por qué una persona de siglos anteriores no habría reaccionado igual? ¿Por qué a nosotros nos queman la silla cosas que habrían dejado indiferentes a nuestros abuelos? No quiero saber si está bien o mal. Quiero entender qué cambió.