La perra vida*

Ensayo.
Brian Nissen
(Especial)

Ciudad de México

Tengo afecto a los cerdos. Los perros nos aprecian.

Los gatos nos desprecian. Los cerdos nos tratan como iguales.

W. S. Churchill


La relación entre los seres humanos y los animales siempre ha sido tanto cercana como compleja. Desde el respeto que sentían las primeras tribus cazadoras por ellos, y la veneración a sus poderes, hasta la afición sentimental por exhibir perros perfumados, acicalados y premiados por sus atributos estéticos humanos, los animales —sean salvajes, domesticados o mascotas— han sido nuestros compañeros de vida. Las mascotas, como los perros y los gatos, comparten nuestro diario existir, sobre todo en el entorno urbano contemporáneo, el cual nos permite —de alguna manera— mantenernos en contacto con el espíritu animal; aunque dudo mucho que quienes tienen tortugas pequeñitas para hacerles compañía, gocen de esa relación.

Nunca he entendido la indiscutible atracción de las personas por lucir un acuario en su sala, y me pregunto si esto solo se debe a una satisfacción visual. Dicen que en Los Ángeles hay un canal de televisión, llamado Acuario, en donde lo único que se transmite es una pecera con peces que van y vienen en la pantalla. Me parece que tiene muchas ventajas, pues no solo ofrece una buena selección de peces tropicales, sino también la opción de cambiarlos de acuerdo con el estado de ánimo de cada persona, únicamente con apretar un botón. Además, no es necesario darles de comer, ni siquiera limpiar el tanque y, por supuesto, el acuario se puede apagar cuando se salga de casa.

A finales de los años sesenta, mi mujer y yo acompañamos a Montse Pecanins a visitar el rancho de sus tíos, ubicado en un remoto lugar del estado de Veracruz, no muy lejos de la frontera con Oaxaca. Aun cuando tenían un terreno inmenso, la mayor parte era impenetrable, debido a que la vegetación espesa y exuberante solo permitía que unos pocos campos fueran talados para la siembra y el pastoreo de ganado. Incluso, si no se les conservaba limpios, quemándolos cada año con fuego controlado, la vegetación inmediatamente los invadía.

Plácido y Lola llevaban en ese lugar un buen número de años, habían dejado su tierra natal en Cataluña para instalarse allí, mientras el resto de la familia se fue a vivir a la Ciudad de México. Su casa y un arroyo que era usado para bañarse se localizaban en el borde de la propiedad. Vivían en una casa sencilla, típica de esos trópicos húmedos, con el techo de hojas de palma y el piso elevado un metro sobre el suelo para la ventilación. Habían excavado un pozo para obtener agua, pero carecían de electricidad y de los servicios básicos. Tampoco contaban con una carretera que comunicara con Isla, el pueblo más cercano, que estaba a dos horas a caballo, y muchas más si se viajaba en la carreta de bueyes, que era utilizada para transportar cosas pesadas. Originalmente, Isla solo fue una parada de tren donde se cargaba la cosecha de piña, pero creció tanto que llegó a ser un pueblo en el que suministraban herramientas, equipos agrícolas, víveres, abarrotes y granos a las zonas circundantes. Dado la ausencia total de la ley, la gente hacía justicia por su cuenta, lo que resultaba en venganzas interminables entre las familias agraviadas. El único crimen que se tomaba en serio era el abigeato, en cuyo caso llegaba el ejército a buscar a los ladrones de ganado.

En el rancho había cuatro o cinco caballos, bastantes cebúes —una raza de ganado tropical—, cabras, pollos, cerdos, patos, gansos, gatos y una gran cantidad de perros. Éstos no eran mascotas sino perros de guardia, mestizos feroces y bravísimos. Si alguna persona, con la cual no estaban familiarizados, pasaba cerca de la entrada del rancho —a unos cien metros de la casa—, los perros se lanzaban contra ella ladrando con furia aterradora para asustarla. Servían como una alarma muy eficaz y un sistema de seguridad inmejorable. Por la noche, uno podía sentirse seguro sabiendo que los perros estaban cuidándonos abajo de la casa. Realicé numerosos dibujos de lo que me parecía, como habitante de ciudad, un paraíso; pero era un paraíso oneroso, pues para los que vivían tan a merced de la naturaleza la vida no era nada fácil. Pero para mí, la experiencia de estar dentro de esa selva y sentir el desenfreno y la exuberancia de la vegetación, además de la presencia habitual de los animales que siempre nos seguían a todas partes, era de lo más cautivador.

En ocasiones, cuando se percataban de la presencia de serpientes peligrosas cerca de la casa llamaban al culebrero, quien tenía un talento extraordinario —más bien, un sexto sentido sobrenatural— para rastrear y encontrar en dónde se escondían. Atrapaba las serpientes con un palo de dos puntas, fijándolas a la tierra, y luego agarradas por la cola, las giraba velozmente en el aire, hasta darles un latigazo y decapitarlas. Yo dibujaba este incidente que para alguien acostumbrado a la vida urbana resultaba bastante perturbador, pero para los que vivían allí era parte de la rutina cotidiana.

Cuando los nuevos lechones machos cumplían unas pocas semanas de nacidos, llegaba el veterinario para castrarlos; los perros estaban listos para el evento y se formaban alrededor en un círculo, mientras el veterinario se ponía a trabajar. Éste, usando el índice y el pulgar como resortera, lanzaba las pequeñas criadillas extirpadas hacia los perros, que las atrapaban hábilmente en el aire y las tragaban. ¡Guácala!

Recién llegado a México, en 1964, me fui a vivir un par de años a San Miguel de Allende, en el Bajío. En ese entonces, San Miguel era un pueblo pequeño muy distinto al de ahora, que se ha convertido en un lugar de moda. De hecho, era tan pequeño que recuerdo que cuando asistía al cine, al estar viendo la película, de repente se iba la luz, lo cual sucedía con cierta frecuencia. El público sabía que restaurar la corriente tomaría bastante tiempo, por lo que se iba a sus casas a esperar a que llegara; luego, regresaba para ver el resto de la película.

Yo tenía la costumbre de caminar a diario en la planicie cuesta abajo del pueblo. En ocasiones, me encontraba a unos amenazantes perros salvajes que me rodeaban y gruñían e intentaban mordisquear mis talones. Me habían avisado que solo a gritos y fingiendo la acción de tirar piedras se les mantenía a distancia y, afortunadamente, así fue. Sin embargo, confrontarlos cara a cara resultó una experiencia algo inquietante.

Con frecuencia he tenido un gato o un perro en casa y su compañía ha sido muy grata y enriquecedora. Por más que uno esté familiarizado con ellos, siempre hay algo misterioso en esta relación que es a la vez entrañable e impenetrable. Me pregunto constantemente cómo se sentirá el animal al estar vinculado con nosotros, y además intento interpretar sus señales y lenguaje corporal: observo su manera de comportarse y la forma en que sus instintos lo dirigen; asimismo, me maravillo de la manera en que su sentido del olfato, tan agudo, capta y lee su entorno y lo guía en todo. La gracia con que los felinos se mueven con garbo, con cautela y alerta, señala cómo conservan su astucia e instinto cazador. No nos hacen mucho caso, siguen su vida independiente sin ser dependientes.

La simbiosis entre perros y humanos es verdaderamente notable, y comparten múltiples actividades entre ellos. Por ejemplo, los collies ayudan al pastor; los terrier son acróbatas del circo; los sabuesos persiguen delincuentes; los punteros apuntan; los perdigueros recuperan la presa; los perros esquimales jalan trineos; el Gran Danés guarda la casa; los poodles son pizpiretos; los galgos corren carreras. Es indudable que los perros son los animales más fieles y emocionalmente compatibles con nosotros; por esta razón, disfrutamos mutuamente la compañía cotidiana que nos brinda esa suerte de relación íntima.

Sin embargo, algunas personas caen en la tentación de atribuir valores antropomórficos a sus mascotas y hablarles como si fueron bebés, manoseándolas, adulándolas y tratándolas como estúpidas. Es probable que esta situación sea recíproca, pues pienso que en estos casos las mascotas cuestionan el juicio y la cordura de su amo, así como su comportamiento infantil.

Al regresar a su hogar después de una estancia en México, un amigo inglés comentó que a pesar de que disfrutó enormemente el país, encontró en él algo que le pareció terrible, quejándose de que la gente allá “trata a sus perros como si fueran animales”.


*Del catálogo Farándula. Dibujos 1966–1974 (RM/ Conaculta, México, 2014), que se presentará el 10 de febrero a las 19:00 hrs. en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica.