No permiten que la memoria olvide a "Lichi"

Hace casi 5 años murió el escritor cubano, quien fue recordado por su hija, Ricardo Cayuela, Julio Patán, Maruan Soto Antaki y Julio Trujillo.
Maruan Soto Antaki, Julio Trujillo, Julio Patán y María José Diego.
Maruan Soto Antaki, Julio Trujillo, Julio Patán y María José Diego. (Jorge Carballo)

México

Falta un par de semanas para llegar al quinto aniversario de la partida de Eliseo Alberto —31 de

julio de 2011—, y su memoria aún despierta emociones en

sus cercanos y en sus lectores, en quienes lo acompañaron en su casa mientras les cocinaba y les contaba historias, muchas de las cuales no llegaron a un libro, pero se quedaron entre sus recuerdos.

“Y aquí estamos papá… Estamos tus lectores, quienes no le permitimos a la memoria olvidarte y seguimos leyendo una y otra vez tus letras, como quien acomete una guerra contra el olvido y nos aferramos a ese ‘piano que alguien toca detrás del horizonte’. Están, estamos, tus colegas, quienes parecemos haber confabulado contra el tiempo para que no pase en vano”.

Las palabras son de su hija, María José Diego, quien tomó la palabra para recordar a su padre en el homenaje que se rindió anoche en el Palacio de Bellas Artes al escritor cubano, uno de los personajes más entrañables de la vida cultural mexicana, en palabras de Ricardo Cayuela Gally, director editorial de Penguin Random House México.

“Es uno de los escritores que llevó a la congruencia más alta la relación entre la palabra oral y la palabra escrita. Lichi era un genio oral: si le contaba a alguien una historia, inmediatamente lo podía llevar de la risa al llanto con una suerte de magia, como un demiurgo de la palabra, y esto, en algunos personajes de la cultura, no lleva a los libros; en cambio, en Eliseo Alberto esto también llevaba a sus novelas, a sus ensayos, a su pensamiento”.

Una noche de homenaje y de memoria, en la que salió a relucir la pasión del escritor por el cine, pero también sus orígenes en la poesía, su gusto por la cocina y, en especial, por la conversación, a través de los recuerdos de Julio Patán, Maruan Soto Antaki, María José Diego y Julio Trujillo, director editorial de Alfaguara, quien aseguró que la relación que Eliseo Alberto tenía con la palabra no era caprichosa, un golpe de inspiración, sino una disciplina diaria.

“La gracia era una de sus características, en el sentido de ser una prosa grácil, de ser una escritura muy amable para ser leída. Era un escritor con un ritmo y una gracia que se notaba de inmediato y eso también en el poeta de los orígenes, en el novelista, en el cuentista, en el columnista”.

Para Patán, su manera de llevar la prosa resultaba embrujante, más allá de las historias que estaba contando: “Sí tenía algo como adictivo y creo que esa es su mayor virtud como novelista: uno de esos novelistas cuya primera virtud es la de haber sido poeta”.

Maruan Soto Antaki recordó a Eliseo Alberto como una verdadera colección de anécdotas, que sabía cómo cautivar a quienes le escuchaban, y meterlos en ellas y querer preguntarle más, porque dentro de este juego de la lírica, el escritor de entregas periódicas y el novelista, encontraba las frases correctas para poder seducir.

Evocar a quien pareciera no haberse ido, como cuando Soto Antaki trae una petición que viene desde lejos, de Jorge F. Hernández, quien pide que se lean unos fragmentos de todo aquello que escribió en “Agua de azar” cuando se fue el literato cubano.

De entre todas las palabras, otra vez las de María José Diego, quien le volvía a escribir a Lichi más con nostalgia que con dolor, recordando “lo feliz que nos hiciste”: “Duérmase. Qué cosa. Mejor le canto una canción de cuna. Es broma. Ah, y si despierta no se ría al ver que en su sepulcro hay una rosa. Lo extraño. Es tarde ya. Salió la luna. Quería besarlo, ¿no?... Será otro día”.