Ser periodista, la mejor bendición para ser escritor: David Martín del Campo

El literato mexicano presenta su más reciente novela, ¡Corre Vito!, en la que brinda homenaje a la literatura picaresca.
“No puedes ser toda la vida reportero y escritor de literatura”, afirma.
“No puedes ser toda la vida reportero y escritor de literatura”, afirma. (Especial)

México

En ¡Corre Vito! (Lectorum, 2013), su nueva novela, David Martín del Campo narra la vida de Vito Beristáin, “un pícaro, un héroe de la sobrevivencia”, que por azares del destino encuentra un “tesoro verde”. Esta obra, según el propio escritor, es una “pequeña tragedia mexicana”, la cual rinde homenaje al cinismo y a la literatura picaresca, que en México tiene una larga historia.

Martín del Campo (Ciudad de México, 1952) es un escritor prolífico y precoz, quien comenzó su camino en la literatura cuando tenía 21 años, cuando compuso su primera obra, Las rojas son las carreteras (Joaquín Mortiz, 1976). Tiene 26 libros publicados y ha ganado los premios Internacional Diana de Novela (1990), Nacional de Literatura, de Monterrey (1999) y el Mazatlán de Literatura (2012).

En esta conversación con MILENIO nos habla de su más reciente novela y de su trayectoria.

 

¿Cómo nació ¡Corre Vito!?

Hubo una versión del libro con 250 páginas más; pero hay un fenómeno que se llama “refundición en el arte”, y que es volver a hacer la obra. Le quité las historias de otros personajes. En ese sentido, me quedé con la historia protagónica de Vito y la reescribí.

Un día vi en el periódico una nota sobre un hombre que acababa de realizar un asalto y se subió a una combi. El asaltante murió ahí; los pasajeros entregaron la bolsa con el dinero y fueron los héroes del día.

Entonces dije: “Aquí hay una historia que se puede novelar!”. Ocurre más o menos lo mismo, salvo dos detalles: uno, que Vito se queda a administrar el dinero, y dos, el asaltante sobrevive.

 

¿Cómo surgió el personaje principal, Vito Beristáin?

Es un pícaro; finalmente es un homenaje a la literatura picaresca, porque obedece a muchas novelas de mi juventud. Derrama humor y cinismo.

Entonces es un homenaje al cinismo y también a las lecturas de mi juventud: disfruté el Lazarillo de Tormes y El periquillo sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, que es la novela fundacional de la literatura mexicana.

Homenajeé también otras lecturas, como Pito Pérez, de José Rubén Romero, y también a J. D. Salinger, a Tom Sawyer, un tipo de personajes que me interesan mucho. En mis novelas hay un pícaro, a veces secundario, pero aquí a Vito le tocó ser el protagónico.

En la literatura están prohibidos los finales felices, domina mucho el aspecto trágico. La vida de Beristáin es una pequeña tragedia mexicana.

 

¿Qué características le gustan de su personaje?

Es un pícaro, es un héroe de la sobrevivencia pero, paradójicamente, es un hombre muy honesto. Es de la clase más media; nunca tiene pretensiones aristocráticas, pero tampoco es parte del lumpen, y siempre está sobreviviendo medianamente. Aunque Vito es muy niño en algunos aspectos, lo cual lo hace muy fresco.

 

Vito es un pícaro culto…

Él siempre lee las revistas de Sanborn´s, trabaja en un gimnasio y lee muchos periódicos, y así se entera de muchas cosas. Claro, en la escuela medio leyó los libros, pero nunca los ha terminado, y en la novela se habla de cuando lee su primer libro, Platero y yo.

 

¿Cuánto tiempo tardó en escribir el libro?

Tardé en un año porque hice investigaciones. Tuve que ir a la zona de los huicholes, e iba mucho a zona de la plaza Washington, en la colonia Juárez, a sus cafés. Yo andaba allí mirando y recopilando.

 

¿Cómo inició su camino hacia la lectura?

Somos cuatro hermanos, y el mayor de nosotros era un gran lector; yo era un poco más vago. Pero de pronto leía, y creo que me hice lector con cierta seriedad a los 12 o 14 años.

Mi primera lectura de azoro fue Huckleberry Finn, y fue cuando entendí que la literatura no es más que el reflejo de la vida; la que no la posee, que no se nutre de ella, que no la asimila, es una literatura perdida.

Como que ahora hay una renuncia hipócrita a contar historias contemporáneas, y eso me parece muy triste.

 

¿Cuándo comenzó a escribir?

Yo iba a ser arquitecto, y cuando don Joaquín Díez Canedo me conoció me dijo: “Usted parece arquitecto; ya no escriba, estudie arquitectura”.

Yo tenía 22 años, y finalmente no fui arquitecto. Luego quise hacer cine documental: estudié durante casi dos años en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, y sobre la marcha me di cuenta de que me iba a frustrar porque las historias que yo quería se iban a tardar, porque el cine es muy lento. Yo ya tenía una novela y me la aceptaron.

Yo tengo una imaginación narrativa estrambótica: todos los días se me ocurre una historia y los proyectos los voy apuntando.

 

Entonces comenzó a escribir en su juventud

Teníamos un profesor en la universidad, y sobre la marcha me di cuenta de que mi escritura era muy premiada: en los trabajos me iba muy bien, me felicitaban los maestros, me ponían como favorito, como un ejemplo. Me odiaban mis compañeros, pero hubo un grupo muy lindo en nuestra generación, al que arropó Gustavo Sainz, quien nos daba las materias de Crónica y Entrevista, pero que en realidad nos obligaba a escribir literatura. Nos pedía que escribiéramos un cuento, una crónica; él era director de una revista que se llamaba Siete, y cuando publicaba tu crónica te daba 400 pesos y te ponía MB de calificación. En nuestro grupo estábamos Ángeles Mastretta y tu servidor.

 

¿Le fue difícil empezar a publicar?

Viví cuatro meses cerca de Pasadena, en Los Ángeles, cuando tenía 21 años. Estudiaba inglés en una escuela comunitaria, iba a la biblioteca de la Universidad de California en Los Ángeles, y me encerraba en la biblioteca Campbell desde las 11 de la mañana hasta las cuatro de la tarde a escribir mi novela.

Entonces regresé a México y le dije a Gustavo Sainz: “Tengo esta novela”; la leyó un fin de semana y me dijo: “David, está muy bien tu novela; llévasela a don Joaquín Díez Canedo”, director de Joaquín Mortiz. La llevé, y a las cuatro o cinco semanas me hablaron para decirme que la novela había sido aprobada y que el director quería hablar conmigo.

 

Entonces sí le fue sencillo publicar…

Sí, no me tuve que plegar demasiado. He pisado todas las editoriales; digamos que soy muy facilón: donde me enseñan un contrato, voy. Porque yo, desde hace unos 12 años, escribo una novela por año.
Y normalmente en invierno escribo un libro juvenil e infantil. En realidad yo cada año estoy publicando dos libros y no hay editorial que me aguante el ritmo. Tengo que estar buscando en todas partes para sacar mi obra; ahora en el cajón tengo tres inéditas.

 

¿En qué momento supo que era escritor?

Cuando me empezaron a buscar. Un día me invitó Ricardo Garibay a su programa del Canal Once, y de pronto me di cuenta de que esa parte del ser escritor es una que no se piensa; uno considera que ser escritor es estar con tu cuadernito, tus hojas, tu máquina de escribir, y no, ser escritor implica unas relaciones públicas, y opinar y pensar sobre la iniciativa petrolera, por ejemplo, como si fuéramos ayatolas.

Después aprendí que esa segunda parte es muy divertida, porque es una profesión que, si bien no te da demasiados ingresos como uno quisiera, te posibilita conocer a gente muy interesante y viajar a sitios insospechados.

Además, no sé hacer otra cosa; digamos que la escritura es lo que menos mal me sale.

 

Usted también es periodista.

La mejor bendición para ser un escritor es ser periodista, porque estás en contacto con la vida y con la gente real, y estás aprendiendo. Son distintos los que no han estado en este ejercicio.

Pero al periodismo hay que abandonarlo a tiempo si se quiere ser escritor; como que a los cinco o siete años de ser reportero lo tienes que abandonar porque, si no, te contaminas.

No puedes ser toda la vida reportero y escritor de literatura. La escritura literaria es un trabajo con el lenguaje, y hay que querer a las palabras, y adivinar y descubrir que el idioma puede ser hermoso.