Mankell, el sueco que destruyó la imagen idílica del norte de Europa

La saga de Kurt Wallander lo situó entre los escritores favoritos a nivel internacional en el género de la novela negra; esta obra se tradujo a casi 40 idiomas.
Henning Mankell murió de cáncer a los 67 años de edad.
Henning Mankell murió de cáncer a los 67 años de edad. (AFP)

Henning Mankell no fue el pionero de la novela negra nórdica pero sí el primero que supo conectar con un público mayoritario con las historias protagonizadas por un policía que mostraba sus debilidades e imperfecciones en una Suecia no tan perfecta como hasta entonces se imaginaba.

Aunque su primera pasión fue el teatro y empezó a escribir obras a los 17 años, fue la saga de Kurt Wallander la que situó a Mankell entre los autores favoritos a nivel internacional en un género, el de novela negra, que empezaba a experimentar un "boom" que aún hoy continúa.

Su estilo bebía de los verdaderos pioneros de la novela negra nórdica, el matrimonio Maj Sjowall y Per Wahloo, creadores del detective Martin Beck, clara inspiración de la personalidad de Wallander, como el propio Mankell reconoció en muchas ocasiones.

Pero Mankell supo llegar mucho más lejos con una saga que dejaba al descubierto el lado más oscuro de la aparente perfecta sociedad sueca, con casos que demostraban que la bajeza del ser humano se puede dar en cualquier época, lugar o situación.

"Usando el espejo del crimen, este tipo de literatura nos dice muchas cosas sobre la vida, y sobre cómo somos los seres humanos", dijo al recoger en Barcelona en 2007 el Premio Pepe Carvalho.

También supo dotar a Wallander de una enorme humanidad centrada en sus múltiples defectos y debilidades. Desde su dificultad para sociabilizar a la poca atención prestada a su hija Linda -que posteriormente protagonizaría una novela-, su excesivo consumo de alcohol y su tendencia a consumir comida basura.

Una personalidad compleja perfectamente definida por Mankell a lo largo de once obras que se publicaron entre 1991 y 2011, año en el que apareció El hombre inquieto, que supuso la jubilación del personaje a los 60 años, tras casi 40 millones de libros vendidos en todo el mundo, con traducciones a casi cuarenta idiomas.

Pero el estilo conciso, frío, poco dado a las florituras de Mankell aunque lleno de belleza y de detalles, se dejó ver en otras novelas policíacas que no fueron protagonizadas por este personaje.

Es el caso de El chino, que parte del supuesto de que China se enfrenta a la falta de materias primas y al exceso de población campesina y para solucionarlo pretende colonizar parte de África.

Un continente con el que Mankell tenía fuertes vínculos desde que en 1972 lo visitara por primera vez y, especialmente, desde que descubrió Mozambique en 1986 y decidió dividir su tiempo entre Gotemburgo (Suecia) y Maputo.

En la capital mozambiqueña dirigió el Teatro Avenida, además de desarrollar el proyecto "Memory Books" (Libros de la Memoria), que ayuda a los padres con Sida a dejar algo de sí mismos en un texto que podrán leer sus hijos cuando mueran.

"Una vez estuve en una pequeña aldea en las afueras de Kampala, Uganda, hace ya años. Sólo había allí gente muy joven o muy vieja. Los de en medio habían fallecido. Una niñita me enseñó un trozo de papel doblado en cuyo interior guardaba una mariposa azul muerta. Me dijo que a su madre les encantaban las mariposas azules", recordó en una entrevista con Efe.

Y en 2001 lanzó junto a su amigo Dan Israel la editorial Leopard, que desde entonces publicaba sus libros, aunque su labor principal era apoyar a jóvenes talentos de África y Suecia.

Porque además de escritor, Mankell fue un comprometido intelectual que consideraba que su posición no solo le permitía, sino que le obligaba a denunciar lo que no estaba bien.

Un compromiso que demostró no solo con palabras en 2010, cuando se enroló en la Flotilla de la Libertad que trataba de llevar ayuda humanitaria a Gaza.

En relación con esta experiencia, explicó que finalmente le entristeció darse cuenta de que era el único escritor que formó parte de la flotilla.

"Pero este es el principal papel que creo que tengo como intelectual", dijo.

Aunque su principal arma eran sus obras porque "a pesar de que un libro no cambia el mundo, no podemos cambiar el mundo sin cultura".