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Perderse en el viaje: Basho

Escolios.

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El vagabundo Basho es acaso la figura más popular y legendaria de la poesía japonesa. Su relación con el paisaje, su elegante ascetismo, su humorística sapiencia, lo hacen cercano y perdurable. Basho (Matsuo Kinsaku) nace cerca de Kioto en 1644, su padre muere cuando el aun es un niño y el poeta comienza una vida en la que alterna el vagabundeo con asentamientos para estudios y trabajos esporádicos en algunas ciudades. En 1689 realiza el viaje que inspiró su diario más famoso sobre el camino a Oku y muere poco después en 1694. El camino a Oku y otros diarios de viaje (versión de Jesús Aguado, DVD ediciones, Barcelona, 2011) ofrece una nueva versión del viaje a Oku y agrega otros diarios de viaje y escritos sueltos del gran poeta.

Al iniciar su primer diario, Basho consigna un suceso: encuentra a un niño menor de dos años abandonado por sus padres y condenado a morir de hambre y frío; el poeta se compadece, le da su escasa comida, acepta el destino del infortunado infante y prosigue su camino.

“Los que se compadecen de los monos,/ qué dirían de este niño que llora/ azotado por el viento otoñal”.

En su camino, Basho visita amigos, entra a templos, admira paisajes, escribe versos para muchachas que se lo piden, regresa a casa de sus padres, encuentra a sus hermanos macilentos y arrugados y saluda “las heladas canas” de su madre. Sigue la peregrinación, escribe poemas graves y ligeros y se asombra de su propia capacidad y resistencia al caminar.

“Una emoción que me hizo llorar, que me ayudó a olvidarme de los trabajos del viaje y, sobre todo, que hizo que me sintiera vivo, uno de los principales efectos que tiene ser un peregrino”.

El viaje es revelador en todos los sentidos: Basho sabe abandonar su cuerpo y fundirse con la naturaleza, explorar ese vacío que habla el lenguaje de todas las religiones, pero también es un excelente sociólogo, observador de las costumbres y lo pintoresco, y un autor que a la vez que escribe poesía reflexiona sobre la poesía.

“Desde que empecé a dedicarme a la poesía cada verso que he escrito ha surgido en medio de un mar de dudas de distinta naturaleza”.

La escritura de Basho, la prosa con la que consigna sus diarios y la poesía con la que los ilustra, es profunda y, al mismo tiempo, jocosa y bromista.

“Ni la nostalgia/ ya no me queda nada/ un pastelillo”.

Basho se compadece y se burla de sí mismo, es un vagabundo austero que ama la soledad pero sabe apreciar la vida mundana, cultiva la amistad, se deja agasajar por sus numerosos amigos y conocidos y consuela las inclemencias del viaje con abundante vino. El viaje a Oku lo emprende cuando ya rebasa la madurez y la vida itinerante lo ha debilitado. El camino es difícil y prolongado y se alternan las penalidades y dudas con la dicha y la revelación. El poeta y antropólogo que es Basho se convierte cada vez más en un místico que se descubre a sí mismo en el paisaje.

“Hermoso nombre/ El viento junto a ti./ Mueve los tréboles”.

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