• Regístrate
Estás leyendo: Pensar en pocas palabras
Comparte esta noticia
Miércoles , 19.09.2018 / 03:22 Hoy

Pensar en pocas palabras

Escolios.

Publicidad
Publicidad

Eran los años del mozalbete, de los proyectos megalómanos, de los morrales llenos de libros, de las trasnochadas de pedantería filosófica y de las cervezas sin medida. Uno de esos años me encontré con dos obras antagónicas que absorbieron mi atención al mismo tiempo: el oráculo aforístico de Así hablaba Zaratustra de Friedrich Nietzsche y el clásico moderno sobre equidad social, La teoría de la justicia de John Rawls. Como es de suponerse, leí a Nietzsche por cuenta propia y a Rawls por un encargo escolar, que pronto se convirtió en fascinación. El Zaratustra, con su elocuente hermetismo, su misantropía y su ambición, despertaba en mí un ser exultante e insumiso que me simpatizaba. Del otro lado, La teoría de la justicia era una exposición extremadamente sistemática, con un lenguaje neutro, claridad y manejo minucioso de cada detalle argumentativo, que deslumbraba por su rigor y exactitud. Con uno descansaba del otro. Cuando el discurso inflamado y egocéntrico de Zaratustra se convertía en verborrea y mi mente se cansaba de arengas, retornaba el implacable razonamiento lógico de Rawls; cuando la argumentación de La teoría de la justica se volvía lenta, repetitiva, casi rumiante, con qué gusto regresaba a los relámpagos de Nietzsche.

Se supone que hay dos vías antagónicas para abordar el pensamiento, la inspiración y la elaboración sistemática: por un lado, el flujo intelectual–emocional encauzado en un lenguaje propio, a veces casi un idiolecto, que llega a una conclusión sin un procedimiento explícito y, por otro lado, el pensamiento formal elaborado de acuerdo a procesos consensuados y expuesto en un lenguaje técnico. Sin embargo, si bien conviene distinguir estas vías de indagación intelectual, no pueden dividirse tajantemente, pues no son tan diferentes como parecen. Por ejemplo, la impresionante arquitectura conceptual de Rawls parte, paradójicamente, de una licencia poética: suponer la elección racional de un individuo, desprovisto de memoria, que desconoce su origen, sus cualidades físicas e intelectuales y su fortuna y, en este estado de ignorancia original, escoge las formas de justicia que maximicen su bienestar. Si, como dicen algunos psicólogos, el pensamiento intuitivo se asocia mayormente a la etapa de la pubertad y el sistemático a la madurez, su conjugación suele ser fecunda y ambas pueden ser formas complementarias de engendrar sentido. Existe una larga tradición de autores (desde Pascal hasta Bachelard y Wittgenstein) que transitan de lo sistemático a lo intuitivo, de lo científico a lo poético, del tratado al aforismo. Por supuesto, el ejercicio de la intuición y el pensamiento sintético se vuelven más sólidos cuando también se domina el pensamiento sistemático y la reflexión de largo aliento. El fragmento, la sentencia o el aforismo surgen entonces como un recurso natural, como una condensación espontánea que permite pensar en pocas palabras y acuñar pequeños misiles de significado.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.