Tres rostros cinematográficos de Sigmund Freud

Este 6 de mayo se conmemora el aniversario 160 del nacimiento del padre del psicoanálisis. Su figura ha influido en manera tal, que el cine lo ha recuperado en numerosas ocasiones.  
Sigmund Freud

Elemental, Doctor Freud. (The Seven-Per-Cent-Solution, 1976)

Una de las innumerables encarnaciones de Sherlock Holmes ocurrió en 1976. Aquel año, el actor escocés, Nicol Williamson, interpretó a un detective que delira a causa de su adicción a la cocaína. Preocupado, y con la predecible renuencia de Holmes,  Watson arregla un viaje a Viena para encontrarse con el doctor Sigmund Freud, en quien ha depositado su esperanza para curar la adicción del detective

La película —basada en la novela de Nicholas Meyer, director de dos películas de Star Trek— muestra a un Freud detectivesco que sería un objeto digno de análisis para el verdadero Sigmund Freud. Se trata de un personaje más bien melodramático, que poco tiene que ver con las facciones conservadoras del doctor que montó su propia clínica para curar la histeria con hipnosis. 


 De amor también se enferma (Lovesick, 1983)

Quizá, el material más citado de las teorías freudianas —además del sexo, por supuesto— es la interpretación de los sueños. Con un irritante título en español, Lovesick cuenta la historia de Saul Benjamin (Dudley Moore), un hombre casado, psicólogo de profesión, que se obsesiona con su hermosa paciente, Chloe Allen (Elizabeth McGovern).

Como recurso desesperado para redimir una trama frágil, Alec Guinnes interpreta a un Sigmund Freud que aparecía eventualmente en forma de fantasma para auxiliar la mente atormentada de Benjamin. Guinnes —quien ya tenía experiencia haciendo apariciones espectrales como Obi-Wan Kenobi— entrega una versión del padre del psicoanálisis más lamentable que humorística.  


Un método peligroso (A dangerous method, 2011)

David Cronenberg filmó una de las versiones más recientes de Freud en la pantalla grande.  A pesar de que muchos de quienes vieron Un método peligroso lamentaron que no fuera suficientemente cronenbergiana, la cinta acertó en recrear a dos titanes de la psicología —Carl Jung y Sigmund Freud— sin rozar las tentaciones del thriller intelectual. Más allá de ser una historia sobre las virtudes científicas de Freud, Cronenberg apuesta por mostrar la relación entre los dos psicólogos en el tiempo previo a la Primera Guerra Mundial. Como si quisiera hacer un homenaje a la talking therapy de Freud, el director canadiense exprimió el guión de Christopher Hampton y entregó una película en la que se habla mucho, con un trasfondo teatral dominante. El Freud de Cronenberg —más cercano a ese rostro grave y malencarado que todos identificamos— tiene un inventario de gestos y sonidos que, paradójicamente, lo muestran como un hombre profundamente inseguro.