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Sábado , 15.12.2018 / 18:28 Hoy

Paulina Rivero Weber: “La mujer le ha dado una segunda vida a la filosofía”

[Entrevista]

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¿Por qué estudiar filosofía?

Originalmente pensaba estudiar psicología, porque me interesaba la mente humana, los procesos mentales por los que llegamos a conclusiones tan absurdas muchas veces. De niña me llamaba la atención el que viviéramos en un mundo raro. Por ejemplo: nunca entendía por qué el dinero tenía valor, o por qué algunas piedras, que no se pueden comer, tenían tanto valor. Los nombres, las palabras, me interesaban. Con el tiempo pensé que si quería estudiar psicología debía empezar desde los orígenes y, cuando comencé a estudiar, me fasciné con la filosofía. Hoy me doy cuenta de que estudiar filosofía fue un afán por entender el mundo. Me dotó de armas para responder de manera diferente a las preguntas que me perseguían de niña. La filosofía es algo maravilloso porque te permite tener una mirada propia; te da las armas para ver el mundo con tus propios ojos. En ese sentido, no sé si decidí estudiar filosofía o si no pude evitar estudiar filosofía. No sé qué tan libre fui en el acto de elegir o si ya estaba destinada porque me hacía preguntas sobre el sentido de la vida, el bien y el mal, las interrogantes límite que son las más interesantes de la filosofía.

¿Qué corrientes o autores influyeron en su formación?

Tuve buena suerte al sentirme atraída por los griegos. No me considero una persona platónica en el sentido filosófico; sin embargo, Platón te enseña a plantear preguntas. Dejé la filosofía por una temporada cuando tuve hijos. Me pareció que la vida estaba en otra parte, no en los libros, sino en las pequeñas manitas de esos niños preciosos. Cuando regresé, tenía la intención de seguir estudiando a Platón y a los griegos y me di cuenta que encontraba a la Paulina de entonces y no a la Paulina que en ese momento quería regresar a la filosofía. Por azar llegó a mis manos El nacimiento de la tragedia de Nietzsche, un libro muy griego (y si no conoces la cultura griega no puedes entenderlo) y me sumergí en él de manera obsesiva. Creo que Nietzsche fue el gran amor, el gran filósofo que me tocó y que comprendí a fondo, el pensador que cambió mi vida como mujer pensante y mi vida como persona, porque tiene una coherencia diferente al resto de la filosofía: cuestiona lo que entendemos por verdad, lo que entendemos por el bien y por el mal, lo que entendemos por religión. No en balde se dice que es un crítico de la cultura. De alguna manera, la filosofía griega siguió presente en mi vida, con una nueva oleada en el pensamiento de Nietzsche.

De manera paralela a los griegos y a Nietzsche, hubo un texto que leía mucho pero de manera un tanto vergonzante: el Tao Te King. Hasta que me di cuenta de que en el fondo decía cosas muy cercanas a Nietzsche. Y dije: “¿Cómo puede ser que un filósofo chino, anterior a nuestra era, diga cosas similares a las de un filósofo alemán del siglo XIX?”. Conocí entonces a un filósofo hindú en Aguascalientes y me comentó: “Eso que haces y eso que dices, lo trabaja muy en serio y muy académicamente la Society for Asian and Comparative Philosophy”. Y agregó: “voy a pedir que te incluyan”. El año siguiente me invitaron a un congreso y, para mi sorpresa, la gente que estaba ahí estudiaba las corrientes de Asia de una forma completamente nueva para mí: con toda seriedad, analizando concepto por concepto, en el idioma original. Cuando hablé con el padre de todos ellos, Roger Ames, me dijo: “Primero que nada tienes que empezar a estudiar chino”. Empecé, pero es muy difícil aprender chino a mi edad. Ames dijo: “No importa, lo poco o mucho que aprendas te servirá”. Le enseñé la forma en que estaba traduciendo por mi cuenta el Tao Te King y le llamó mucho la atención. Uno de los colegas me sugirió conocer a Hans–Georg Moeller, que hacía taoísmo y conocía a Nietzsche. Entonces entré en contacto con él y de inmediato me respondió. Luego vino a México y me ayudó a dar un curso; aprendí mucho de él. Él creó la palabra sinonietzscheanismo. Yo le he dicho que es errónea, que debería ser taonietzscheanismo, porque los estudios de filosofía comparada con respecto a Nietzsche se hacen no tanto desde el budismo o desde el hinduismo, sino desde el taoísmo. Es curioso cómo todos los caminos terminan llevándote a ti: estudié a los griegos y luego a Nietzsche y el taoísmo. Finalmente, todo confluye. Hay por ahí un filósofo que dice: “Los que estudiamos filosofía lo hacemos porque tenemos una espina que no nos deja dormir”. El chiste es no dejar esa espina, no olvidarla nunca. Esa espina es lo que nos duele. A Spinoza le dolía Dios, y toda su filosofía tiene que ver con su idea de Dios. Cuando yo leí eso dije: “¡Claro! Yo también tengo una espina: es la idea del bien y del mal”.

¿Y cuál fue la “espina” de Nietzsche?

Nietzsche dijo alguna vez: “Pensé que estaba solo, pero acabo de encontrar a mi precursor: es Spinoza”. Creo que también le dolía Dios, pero su dolor estaba directamente relacionado con qué entendemos por el bien y por el mal, porque hemos construido nuestra existencia alrededor de una idea que heredamos y que no estamos muy seguros de que sea adecuada, sana, correcta, que tenga un fundamento lógico. Su preocupación era la muerte de Dios y qué hacemos cuando el Dios que nos han enseñado a tener ya no funciona, ya no nos hace vitales, sino más bien se contrapone a lo que es la vida misma. Nietzsche da una respuesta muy interesante: independientemente de que Dios exista o no, estamos aquí; nosotros tenemos que darle un sentido a la vida.

¿Cómo fue su transición de Nietzsche y el taoísmo a la bioética?

En mi vida como filósofa ha habido momentos de inflexión y de cambio, pero tal vez uno de los más fuertes ocurrió cuando vi un cartel de un cerdito pegado en algún lugar y decía: “Un momento de placer en tu boca implica una vida de sufrimiento para mí”. Hoy los etólogos se esfuerzan mucho en demostrarnos que los animales tienen procesos mentales. A mí me queda claro que piensan, pero no interesa: un ser con capacidad para sentir dolor no debería de ser sometido a sentirlo. La capacidad de sentir nos hermana. Tuve una época de mucho activismo y actualmente lo encauzo más a través de la academia. Creo que si el siglo XXI sigue siendo antropocéntrico, conservando al ser humano como el valor fundamental de la Tierra, terminaremos destruyendo el planeta.

Nietzsche, el taoísmo y la bioética surgen de una preocupación por la vida. Nietzsche tiene una frase maravillosa: “Algún día todo tendrá que ser juzgado por el único dios: Dionisio”. Y agrega: “Todo: la civilización, la moral, la cultura, deberían de ser vistas desde el único valor que realmente podemos tener, que es la vida”. Ahora, ¿qué queremos decir con vida? En la novela Beloved, de Toni Morrison, una mujer mata a su hija para que no se la lleven los hombres blancos y la conviertan en esclava; cuando le preguntan cómo pudo hacerlo, dice: “Es que más importante que la vida, es la vida en libertad”. En ese sentido, el aborto, la eutanasia, merecen ser tratados de manera laica y con todo el cuidado del mundo, porque no cualquier vida merece ser vivida. Hay vidas que son un tormento y la persona tiene todo el derecho a decidir.

¿Se considera una filósofa del feminismo?

Durante un tiempo tuve la sensación de que estudiar feminismo era no hincarle el diente en serio a la filosofía, no meterse con los problemas fuertes de la filosofía. Y por otro lado insistía que cualquier mujer puede llegar a ser lo que quiera, en la misma medida que un hombre, hasta que tuve frente a mis ojos la constatación ineludible de que no era así. En un periodo vacacional, leí exclusivamente literatura sobre mujeres escrita por hombres y para mí fue un shock. Tengo una hija que es muy buena lectora; le di a leer esos libros y me dijo algo que nunca olvidaré: “Mamá, a mí me parece que, en la literatura, los hombres que verdaderamente son héroes, conquistan el mundo. Y las mujeres que son heroínas, conquistan hombres. Y la verdad, me dan flojera”. Son obras magistrales en su aspecto literario, pero que retratan a la mujer que se suicida por un hombre porque no puede vivir sin él. Entonces empecé a escribir el libro Se busca heroína, pero lo hice como un divertimento; nunca pensé publicarlo. Sorpresivamente encontró eco y ya va en la tercera edición.

Es un gran logro poder decir “Sola soy plena”. Me acuerdo mucho de Graciela Hierro, a quien alguna vez le dije: “Profesora, usted que tuvo cinco hijos y aparte es doctora en filosofía y ha hecho tantas cosas, ¿cómo le hizo?”. Me respondió: “Tienes que ser independiente”. Ahora lo entiendo muy bien: no se trata de estar sola físicamente sino de poder estar contigo misma, ser una persona autónoma y satisfecha de sí misma.

¿Hay un pensamiento femenino?

Más que un pensamiento femenino, creo que hay una forma femenina de decir las cosas, y esto lo descubrí cuando preparé el libro de las heroínas. Me gusta cómo escriben las mujeres. No es que no me gusten Tolstói, Dostoyevski o Shakespeare, pero cuando leo a una mujer, me siento en casa. Esto me regresa a Nietzsche, que pensaba que la filosofía ha pecado de racionalista y que debía convertirse en algo más femenino: más intuitiva, más artística, con menos pretensiones de cientificidad racionalista. Y en ese sentido, Nietzsche le abre las puertas de la filosofía a la mujer. Hay quienes opinan que decir esto es peligroso porque entonces la intuición queda del lado de la mujer, y la razón del lado del hombre, pero no es cuestión de lados. El mundo de la mujer se ha masculinizado; falta que el mundo del hombre logre feminizarse: que ponerse un delantal, quitar un pañal, quedarse en casa una temporada atendiendo a los hijos mientras la mujer va a trabajar, no implique un conflicto.

Cuando era joven conocí a Aniceto Aramoni, un frommiano que decía: “Los hombres ya destruimos el mundo, les toca a ustedes salvarlo”. Creo que le damos un empuje muy fuerte a la filosofía. Estoy pensando en Carmen Rovira, que con sus años sigue yendo a dar clases, y sube y baja, maneja, asesora a una enorme cantidad de alumnos, con una dedicación que me deja sorprendida. Es una mujer premiada, con una sencillez impresionante. Desde ese ámbito del ejemplo, Juliana González ha escrito una gran obra preguntándose por cuestiones existenciales trascendentes. La mujer le ha dado una segunda vida, un gran impulso a la filosofía en México.

¿Hay filosofía mexicana?

Me sorprende llegar a universidades estadunidenses o europeas que tienen, dentro de su Departamento de Filosofía, un pequeño Departamento de Filosofía de México. Creo que en México hemos pecado de un eurocentrismo radical que clama por romperse. Estamos centrados en Europa, y en lo que Europa ha dado hacia Estados Unidos, pero desconocemos el ámbito de Asia y desconocemos nuestras propias raíces. Es una pena que en departamentos de Filosofía de otros países exista una línea de Filosofía de México que va de Nezahualcóyotl hasta Edmundo O’Gorman o Juliana González, pasando por pensadores como sor Juana y Eduardo Nicol, y que nosotros no lo tengamos. Es una carencia brutal. ¿A qué se debe? Es una especie de ser provinciano: desde el pueblo veo a los vecinos como algo muy grande y muy interesante y los admiro, y no veo lo que tengo en casa.

¿Por cuál de sus escritos le gustaría ser recordada?

Me gustaría que mi libro más reciente sea leído, Ética, un curso universitario (UNAM, México 2015), porque veinte años dando clases se reflejan en ese texto. Por otro lado, hay una cuestión más amorosa con Nietzsche: su música (UNAM/ Quindecim Recordings, México, 2002). Y claro, está Se busca heroína (Ítaca, México 2009), muy entrañable, porque es un punto de inflexión en mi vida. Fue como quitar un velo y decir, “¡Despierta! Porque eso que has dicho siempre, que ya hoy en día la mujer no sufre la desigualdad, es falso”.

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