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Paul Auster: la escritura como salvación

Gracias a la colaboración de Grupo Planeta y la FIL, el autor estadunidense visitará Guadalajara para recibir la Medalla Carlos Fuentes y presentar 4 3 2 1, su novela más reciente.

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Aunque escribió su primer libro en 1976, la novela negra Juego de presión, la carrera literaria de Paul Auster no comenzaría sino seis años después, en 1982, cuando publicó el título referido bajo el seudónimo de Paul Benjamin (en homenaje al escritor suizo Benjamin Constant, su mentor literario y del que admiraba la obra autobiográfica El cuaderno rojo).

Juego de presión fue un fracaso editorial. Ignorado por la crítica y con ventas escasas, el relato policial que emulaba las fórmulas narrativas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler no auguraba para su autor un futuro promisorio. Sin embargo, Paul Auster no se dejó vencer. En 1985 volvió al ataque con Ciudad de cristal (relato detectivesco cuyo héroe, el escritor Daniel Quinn, se ve involucrado en una intriga en que la confusión gira en torno de la identidad de todos los personajes), y un año después publicaría Fantasmas (relato que gira en torno de una encarnizada persecución de extremo a extremo de Manhattan) y La habitación cerrada (en la que el protagonista evoca a su mejor amigo tras recibir una carta de la esposa de éste, en la que le comunica que ha desaparecido misteriosamente).

Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada conforman La trilogía de Nueva York, obra emblemática del autor nacido el 3 de febrero de 1947 en Newark, New Jersey, que recibirá la Medalla Carlos Fuentes en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, galardón que se suma a sus otros premios: el Morton Dauwen Zaben, otorgado por la Academia Estadunidense de las Artes y las Letras (1990); el Premio Médicis de Francia (1993), que obtuvo por la novela Leviatán; el Premio Literario Arzobispo Juan de San Clemente por el libro Tombuctú (2000); el Premio del Gremio de Libreros de Madrid por El libro de las ilusiones como mejor título del año (2003) o el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (2006), aunque en su otra faceta, la de guionista, en 1995 Paul Auster se hizo acreedor del Independent Spirit Award al mejor guión original por Smoke (película dirigida por Wayne Wang).

Obsesionado por los insólitos giros de la realidad, por la biografía como narrativa existencial, por los sueños y las extrañas turbulencias de la fantasía, Paul Auster ha creado un universo en el que la escritura no solo es una forma de supervivencia, sino de salvación: “Había escrito muchísimos artículos, era verdad, pero no creía que eso fuera motivo de celebración, ni estaba especialmente orgulloso de ellos. En mi opinión, era poco más que un trabajo puramente alimenticio. Había empezado con grandes esperanzas, pensando que llegaría a ser novelista, pensando que sería capaz de escribir algo que conmoviera a la gente y cambiara en algo sus vidas. Pero pasó el tiempo y poco a poco me di cuenta de que eso no iba a ocurrir. No llevaba dentro de mí ese libro, y en un momento dado me dije que debía renunciar a mis sueños. En cualquier caso, era más sencillo continuar escribiendo artículos. Trabajando mucho, pasando continuamente de un texto al siguiente, podía más o menos ganarme la vida, y aunque no fuese gran cosa, tenía el placer de ver mi nombre en letra impresa constantemente. Comprendí que las cosas podían haber sido mucho más deprimentes de lo que eran. Aún no había cumplido los treinta y ya tenía cierta reputación. Había empezado con reseñas de poesía y novelas y ahora podía escribir casi sobre cualquier cosa y hacer un trabajo decente. Cine, teatro, artes plásticas, conciertos, libros, incluso partidos de beisbol, bastaba con que me le pidieran y yo lo hacía. El mundo me veía como un joven brillante, un nuevo crítico en ascenso, pero dentro de mí yo me sentía viejo, ya agotado. Lo que había hecho hasta entonces era una simple fracción de nada. Era solo polvo, y el más ligero viento se lo llevaría”.

Estas líneas podrían formar parte de A salto de mata, especie de autobiografía novelada que Auster publicó en 1997, un año después del entrañable La invención de la soledad, sobre la muerte de su padre, pero no, ocupan un espacio de las reflexiones del protagonista de La habitación cerrada, voz que se parece tanto a la del propio Paul Auster, quizá porque como afirma en la misma obra, “en última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito”.

Y así sucede en El país de las últimas cosas (1987), en la que una improbable Anna Blume, a través de una misiva, cuenta cómo es la vida en una ciudad también improbable donde todo muere, todo se extingue; en El palacio de la luna (1989), donde Marco Stanley Fogg se lanza a una búsqueda frenética de su identidad; en La música del azar (1990), en la que Jim Nashe juega a la lotería y al póquer compulsivamente hasta quedar en la miseria; en Leviatán (1992), relato en que los destinos se entrecruzan, y en Mr. Vértigo (1994), en Tombuctú (1999), en El libro de las ilusiones (2002), en La noche del oráculo (2003), Brooklyn Follies (2005), Viajes por el Scriptorium (2006), Un hombre en la oscuridad (2008), Invisible (2009), Sunset Park (2010) o en la majestuosa 4 3 2 1, su novela más reciente, en la que Ferguson, un curioso doble psíquico de Paul Auster, vive cuatro vidas, o mejor dicho, percibe de cuatro modos distintos el siglo XX norteamericano, porque sí, efectivamente, una existencia solo es una suma de hechos contingentes.

APERTURA DEL SALÓN LITERARIO

Domingo 26 de noviembre, 12:30 horas

Auditorio Juan Rulfo

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