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Miércoles , 16.01.2019 / 06:30 Hoy

Paul Auster: '4 3 2 1'

Si bien la nueva novela del estadunidense no evade los altibajos narrativos, es indudable que alcanza la cúspide de una prosa lúcida, exacta, una escritura perfecta.

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Acostumbramos imaginar las muchas vidas, nuestras vidas que pudieron ser y que seguiríamos viviendo con sus alegrías y sinsabores tal cual como sucede en la que estamos, esta vida que elegimos o quizá no es que escogiéramos sino que en el momento exacto, ese instante que algunos llaman el destino, la dejamos transcurrir para convertirnos en lo que ahora somos, felices o desventurados, monótonos, pasmados, tal vez laboriosos o indolentes sin remedio, la costumbre suele hacernos reflexionar y cuestionarnos, nos hace volver al pasado y fantasear sobre esas existencias con posibilidades y caudales infinitos, con los exiguos logros o los fracasos permanentes porque cada vida es igual y diferente a la vez, igual en su monótono e impredecible ritmo o tal vez demasiado predecible, a tal grado que terminamos aburridos por completo, hastiados de la vida misma, se suele pensar, pero lo cierto es que el fastidio no se halla en el tiempo que transcurre y tampoco en lo que hacemos o no hicimos sino en nosotros mismos, esa creatura que nos mira desde el espejo, tan familiar, tan importuna, ese ser con el que llevamos una relación inconstante, bipolar, al fin y al cabo, si hay un responsable por lo bueno que logramos o un culpable del desastre o la decadencia a la que nos entregamos casi con afán masturbatorio, esa caída libre hacia la sima porque hasta en la autodestrucción hay narcisismo, ése es, el responsable o el culpable, ni más ni menos que uno mismo. Acostumbramos imaginar las muchas vidas que pudieron acoger a nuestro cuerpo, nuestro nombre, esas vidas que, como en la literatura, conforman un relato, biografía se le llama para evitar lo poético o glorioso, y por lo regular aquellas fantasías son más intensas que el simple o ramplón espectáculo de esta vida que vivimos.

Tal vez Paul Auster pensaba en eso cuando comenzó a escribir su imponente novela 4 3 2 1, “agotado mentalmente”, dijo en entrevistas, tras poner punto final a Sunset Park. Quizá meditó la compleja aventura metafísica en la que todos nos hemos embarcado, francamente no creo que nunca nadie haya conjeturado cómo serían las cosas de haber elegido otro camino, ese hubiera que los burdos dicen que no existe pero que es más real de lo que puede suponerse, si recordamos que la imaginación, en la literatura, en el cine, es más veraz que lo palpable: lo que imaginamos siempre termina como queremos (o esperamos) que así sea.

4 3 2 1 o la tetralogía de un espíritu habitando ciclos diferentes pero en un mismo cuerpo y una cara, un mismo nombre: Archie Ferguson, descendiente de judíos centroeuropeos, originario de Newark, Nueva Jersey, nacido en 1947, fanático del beisbol, lector insumiso, escritor por vocación, aventurero, aspirante a la conquista de otros continentes (de preferencia si están hechos de palabras), en resumen, un Archie Ferguson demasiado parecido al propio Auster, un personaje que traza cuatro rutas radicalmente distintas aunque semejantes a la que Paul optó para ser ahora el autor de obras imprescindibles de la literatura estadunidense contemporánea, digamos La trilogía Nueva York (Ciudad de cristal, Fantasmas, La habitación cerrada), La invención de la soledad, Leviatán o La música del azar, novelas que circunscriben el universo de la narrativa austeriana.

4 3 2 1 o la tetralogía de la muerte como acecho, presencia ineluctable. En una de sus vidas, el padre de Archie Ferguson muere de un ataque al corazón, algo parecido a la partida de Sam Auster, progenitor de Paul, un golpe anímico y moral que suele ser asunto recurrente en sus novelas: está presente Leviatán, es el centro de La invención de la soledad porque “un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un día y otro, ocupándose solo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte. El hombre deja escapar un pequeño suspiro, se desploma en un sillón y muere. Sucede de una forma tan repentina que no hay lugar para la reflexión; la mente no tiene tiempo de encontrar una palabra de consuelo. No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad. Podemos aceptar con resignación la muerte que sobreviene después de una larga enfermedad, e incluso la accidental podemos achacarla al destino; pero cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte que no sabemos de qué lado nos encontramos. La vida se convierte en muerte, y es como si la muerte hubiese sido dueña de la vida durante toda su existencia. Muerte sin previo aviso, o sea, la vida que se detiene. Y puede detenerse en cualquier momento”.

Sí. Todo se detiene. En 4 3 2 1 el planeta deja de girar para Archie Ferguson más de una vez, incluso la parálisis se debe a él mismo porque en una de sus vidas, mejor dicho, en todas sus vidas muere repentinamente: electrocutado por un rayo (como el chico aquél que murió frente a un joven Paul Auster en circunstancias similares), en un incendio al igual que uno de sus padres, el Stanley Ferguson que termina incinerado en el almacén de 3 Brothers Home World, negocio que manejaba con sus hermanos Lew y Arnold, el último un canalla, apostador, holgazán y traicionero, ese Stanley que en otra vida se marcha de este mundo sin despedirse, cómo iba hacerlo si le da un fulminante ataque al corazón jugando tenis. Stanley Ferguson también es Sam Auster y Archie también es Paul, con su zozobra ante la penumbra que se extiende y lo amenaza con exhalar el último suspiro sin poder decir la única palabra que en verdad importa al que se va: adiós.

4 3 2 1 o el ajuste de cuentas de Archie Ferguson/ Paul Auster a través del efecto mariposa: una vez huérfano, otra un brillante universitario, una más un intelectual en ciernes, otra la promesa de escritor al que el destino le guiña un ojo en forma de riqueza inesperada, la herencia de su rencoroso pero noble padre, quien con ese gesto le abre una brecha para leer y escribir tranquilamente porque “el dinero solo sirve para no pensar en el dinero”, otro tema recurrente de Auster (La música del azar, A salto de mata).

4 3 2 1 o los primeros veinte años en la vida de Archi Auster/ Paul Ferguson, así de evidente es la inversión psíquica de autor y personaje, años de formación que cruzan la educación sentimental, la pedagogía erótica y la formación ideológica, política e intelectual APERTURA DEL SALÓN LITERARIO 12:30 horas Auditorio Juan Rulfo de un joven judío de Nueva York que pierde la batalla con el destino, que queda a mano con el juego de la vida, que navega en relaciones tempestuosas y que al final termina su primer libro mientras el ánimo colectivo bulle por Vietnam, las revueltas universitarias de los movimientos Weather Underground y de la Students for a Democratic Society de la Universidad de Columbia, la desastrosa presidencia de Nixon, la faz liberal (pero siniestra y engañosa) del Partido Republicano encarnada por Nelson Rockefeller.

Y como en la vida real, Archie Ferguson es fanático de Stan Laurel y Oliver Hardy, como el Auster niño de A salto de mata; Archie Ferguson evade ir a la guerra en un aula del Brooklyn College igual que Paul Auster lo logró con su matrícula en Columbia; Archie Ferguson libra batallas contra el racismo y la intolerancia como Auster y sus amigos outsiders de finales de los años 1960. Todo eso es parte de 4 3 2 1, la fábula/ sincretismo de la vida de un escritor que, lo ha dicho sin ambages, suele robar cosas de la realidad. Y si bien Auster no consigue evadir del todo los altibajos narrativos en las 957 páginas de la corta vida de Archie Ferguson, es indudable que con ésta alcanza la cúspide de una prosa lúcida, exacta, una escritura perfecta.


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