Fernando Soto: del inminente final al sax

“Yo te he dado dones, te he dado talentos, úsalos”, escuchó en su cabeza en uno de sus momentos de mayor desesperación, sintió que era Dios. Para entonces tenía cerca de 8 años de no tocar". 
Fernando Soto, saxofonista lagunero.
Fernando Soto, saxofonista lagunero. (Manuel Guadarrama)

Torreón, Coahuila

El final se presentó frente a él en un contexto atroz. Fernando salió por la noche al Oxxo a comprar un par de cosas que hacían falta en el refrigerador de su casa, no era muy tarde pero Torreón ya había encendido arbotantes y las casas se cobijaron con los amarillentos focos de entrada.

Pagó la leche, el huevo y a su salida, los faros de un carro que se acercaba a él amenazadoramente lo aturdieron.

De golpe este se detuvo frente a Fernando y sus puertas se abrieron con prisa, tres sujetos armados aparecieron apuntándole y vociferando cosas que más bien no entendía. Se acercaron a él, le metieron sus cachazos y lo subieron al automóvil. Corría diciembre del 2012.

Después de varios kilómetros de haber avanzado le preguntó "y qué, ¿no tienes miedo?", "no", le respondió, "mi vida está en las manos de Dios y él sabe lo que va a hacer".

"Se acabó", pensó Fernando mientras el carro aceleraba hacia una ruta en la que se perdió. "Dios, guárdame y guarda a mi familia", repetía en su cabeza una vez tras otra, sin dar espacio a tratar de entender lo que ocurría alrededor, aunque en realidad no había nada que entender, el final ahí estaba y nada más.

Sin embargo, pese a todo, sentía paz, "bueno, señor, si hoy es mi último día de vida, estoy tranquilo, estoy en paz".

No tenía miedo, eso era evidente y quien le iba apuntando con el arma en la parte trasera del automóvil lo notó.

Después de varios kilómetros de haber avanzado le preguntó "y qué, ¿no tienes miedo?", "no", le respondió, "mi vida está en las manos de Dios y él sabe lo que va a hacer".

Llegaron a la casa de seguridad. Lo bajaron y le dieron una calentada. Le sopearon todos sus datos, su nombre, su domicilio, su trabajo, todo.

"Donde tú me mientas te vamos a matar", amenazó el patrón de los sicarios. Fernando seguía tranquilo y el sujeto que lo encañonaba sorprendido.

"Ya bájale a tus choros de Dios, porque a mí me mandó para matarte", exclamó con rabia, "si tú crees que realmente Dios te envió a matarme, entonces eso va a suceder", contestó Fernando sin alterarse ni un poquito.

Todo se trataba de un ajuste de cuentas mal concertado. Lo sicarios descubrieron que Fernando no era a quien buscaban y los soltaron no sin antes golpearlo y amenazarlo.

Todo esto pasó en el lapso de 2 horas desde que salió del Oxxo hasta que volvió a conocer la libertad.

Fernando y su familia se fueron de la ciudad, aunque la huída no fue de inmediato. Fue en junio del 2014 cuando tomaron la decisión de vivir en Querétaro, esa experiencia y otras tantas que azotaron a Torreón en esas fechas, les causaron miedo y desazón, ya nada más había que hacer en la ciudad y mejor empezar de nuevo en otro lugar que no representara un peligro para sus hijos.

El trabajo que consiguió en Querétaro fue de maestro de inglés, aunque a los tres meses un problema interno de la escuela en la que lo habían contratado lo dejaron en la calle.

Su experiencia en el campo le hizo confiarse de que encontraría trabajo en el acto, pero no fue así. Con el paso de los meses, el dinero de a poco escaseaba y nomás no encontraba nada.

En su juventud ,Fernando había aprendido a tocar varios instrumentos, entre ellos el saxofón. De hecho sus intenciones antes de estudiar la universidad eran las de entrar en un conservatorio para llegar a la profesionalización del arte, pero diversas circunstancias lo hicieron tuncar sus deseos y estudiar administración de empresas. Ni cerca de lo que buscaba.

De tal manera que el instrumento lo dejó como hobby y lo tocaba de cuando en cuando, en los espacios libres que permitían la familia y el trabajo.

También, cuando era adolescente, Fernando desarrolló una conexión con Dios que pocos han logrado a entender, que en su experiencia del 2012 lo llevaron de nuevo a la libertad, una conexión que, luego de dos años, lo llevaron a encontrar el camino para no terminar con su familia en la calle.

"Yo te he dado dones, te he dado talentos, úsalos", escuchó Fernando en su cabeza en uno de sus momentos de mayor desesperación, sintió que era Dios.

Para entonces tenía cerca de 8 años de no tocar el saxofón. Cuando él sintió y escuchó esa voz, lo primero que vio en uno de los cuartos de su casa en Querétaro fue su saxofón, aguardando en un rincón el momento para salir de nuevo del estuche y el polvo, esperando otra vez el aire tibio correr desde el tudel hasta la campana.

Así pues, como no queriendo, Fernando sacó el saxofón y salió a la calle, a tocar lo que recordaba a cambio de unas monedas, inmerso en la desesperación y la angustia pues no sabía que comería al día siguiente.

A las personas les agradaba lo que tocaba y a tropel empezaron a caer las monedas y billetes dentro del estuche.

Eso lo sacó de la necesidad del alimento, para tener cuando menos pan, frijoles y leche en el refrigerador.

A la par que hacía esto seguía dejando currículums en diferentes empresas pero no pegaba nada.

"No voy a pasar toda mi vida aquí en la calle, pidiendo", se dijo a sí mismo y a partir de eso, poco a poco, empezó a explorar nuevos horizontes.

Primero brincó a tocar en los autobuses, para lo cual se compró una bocina en la que reproducía pistas que previamente grababa y así tener cómo acompañarse.

De los camiones el siguiente paso fueron los restaurantes, se acercaba a estos y pedía permiso para tocar, no en todos se se lo permitían, pero al menos sí en casi todos.

Fue ahí cuando la gente le empezó a preguntar se tocaba en eventos: bodas, fiestas, reuniones, lo que fuera y ese fue el paso siguiente.

Fernando Soto se hizo de su fama con los boleros, el jazz, música latina a lo que daba vida con su saxofón soprano.

Cada vez eran más recurrentes los contratos en cualquier tipo de evento, cada vez su agenda estaba más apretada.

Un día, mientras tocaba en un café del centro de Querétaro, se le acercó un italiano, "¿tocas en alguna banda o algo?", le preguntó a Fernando, "no", contestó así nomás.

"Fíjate que soy un productor y estoy formando una compañía de arte circense contemporáneo, tipo circo Du Solei y tengo algunos números en los que me gustaría que hubiera un saxofonista en vivo te escuché tocar y me gustó mucho, ¿te gustaría entrarle?".

El trabajo que consiguió en Querétaro fue de maestro de inglés, aunque a los tres meses un problema interno de la escuela en la que lo habían contratado lo dejaron en la calle.

Los primeros shows en el circo fueron pequeños, en algunos pocos lugares de Querétaro, pero fueron creciendo y de golpe se encontró viajando por la república, de ciudad en ciudad presentando su número.

De esto ya hace un año, recientemente el lagunero Fernando Soto y la compañía circense en la que trabaja, Cavalian's Cirque, acaban de firmar un contrato para una gira en España, en Madrid y Barcelona, para presentar su espectáculo, y se está gestionando otro tour en Francia y Portugal.

"La vida del justo es como la luz de la aurora que va de aumento en aumento, hasta que el día es perfecto", expresó Fernando Soto mientras platicaba su historia, retomando un versículo de la Biblia, "y literalmente he visto eso en mi vida".

Luego de sentir el final en cada hebra de su cuerpo, en la punta de sus dedos, de perder mucho sin tiempo para asimilar, de levantar y quitar el polvo del instrumento que durante mucho tiempo amó, pero dejó resignado, luego de todo eso, hoy está en un circo, tocando, viajando, soplando el soprano y entretejiendo notas con los dedos.

JFR