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Viernes , 14.12.2018 / 06:35 Hoy

Pasternak: 60 años del Nobel que no fue

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En 1958, el autor de Doctor Zhivago renunció al máximo honor literario por presiones del régimen soviético, para el que la novela resultaba contraria a la ideología comunista y en favor de la propaganda estadunidense
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En un mundo volátil como el nuestro, el ritual que cada año celebra a la literatura en un foro internacional se ha mantenido sorprendentemente imperturbable. Son contadas y justificadas las ocasiones en que no ha habido Premio Nobel de Literatura; este año, la disolución del comité seleccionador completa la decena de veces sin galardón desde que fuera instaurado en 1901. Tras las acusaciones de abuso sexual contra el fotógrafo Jean–Claude Arnault, hombre fundamental en las bambalinas de la Academia, un número importante de sus miembros renunció, dejándola sin el quórum necesario para tomar una decisión.

El Premio solo se canceló durante los años de las guerras mundiales y en 1949, cuatro años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, faltó el talento que lo mereciera. Sartre lo rechazó en 1964 alegando que los escritores “no pueden convertirse en instituciones” y porque sus simpatías con el socialismo lo obligaban a desconfiar del reconocimiento. “Es un premio que, objetivamente, se mantiene como una distinción reservada para los escritores de Occidente o los rebeldes del Este”. Ejemplificó la sentencia recordando el caso de Borís Pasternak, obligado a renunciar al Nobel en 1958 después de que la Unión Soviética lo amenazara con expulsarlo para siempre de su patria. Para Sartre —como para Jrushchev, por cierto—, el auténtico merecedor del Premio habría sido Mikhail Sholokhov, hombre de partido comprometido con el realismo socialista.

Un año después de este discurso se anunció que el autor de Don Apacible había ganado el Nobel y Sholokhov asistió a la ceremonia con toda tranquilidad. Pasternak, en cambio, murió dos años después de rechazar el Premio explicando con pesar el “significado que le dio la sociedad a la que pertenezco”. Evgeny Pasternak recuerda haber visto en esos días a su padre, irreconocible, pálido, con el rostro agotado y repitiéndose que nada importaba ya.

En la novela que le mereció el estrellato internacional a Pasternak, el hombre vital que es el doctor Zhivago se refiere al régimen soviético como una construcción de mundos constante: “los periodos de transición son para ellos un fin en sí mismo. El hombre nace para vivir, no para prepararse para la vida”. Algo así debió sentir el poeta.

Los detalles de la relación entre Pasternak y el gobierno soviético se nos escapan. Nunca se opuso abiertamente al régimen, a diferencia de muchos de sus colegas, pero tampoco escatimó en decisiones subversivas: varias veces rechazó que su nombre apareciera en desplegados para castigar a los perseguidos por los Procesos de Moscú, aunque al final era agregado arbitrariamente; también salvó del gulag a Osip Mandelstam después de que éste compusiera un poema describiendo a Stalin como un “montañés” de “dedos grasientos”. Pasternak pudo dedicarse a escribir con libertad, entre otras cosas porque Stalin parecía tenerle afecto a sus traducciones de poetas georgianos. Según la historiadora Frances Stonor Saunders, el sanguinario gobernante lo tenía como un “habitante de las nubes”. Su poesía había cambiado la literatura rusa para siempre. Variada en temas y ritmos, en un principio futurista, a veces simbolista, acumula imágenes que, entre tantas cosas, describen la brevedad del otoño ruso.

Pero Doctor Zhivago, su única novela, se leyó como una crítica irreconciliable a la Revolución de Octubre y al régimen que instauró. Le tomó más de una década escribirla y se siente exactamente así. Pasan las estaciones, recorremos lo que suponemos que es el este de Rusia y la guerra civil no cesa, tampoco la lucha de clases que “se ha metido entre nuestros pies como un gato negro”, a decir de un campesino en los primeros capítulos. Las imágenes que el régimen consideró injustas se alternan entre descripciones cruentas de la escasez, el hambre y la desesperación que llevan al abandono de pueblos enteros —los trenes parados a la mitad de su recorrido y ahogados en nieve son lugares de refugio para quienes merodean la estepa huyendo de las consecuencias de la Revolución—, las escenas del absurdo cruel que es la guerra y las reflexiones con halo dostoievskiano de los personajes.

Zhivago condena por igual la crueldad de los ejércitos Rojo y Blanco. En el fondo, para el personaje y su creador, el problema son los medios para conseguir la victoria, que partisanos y zaristas estén dispuestos a acoger a jóvenes alrededor de una causa que en la década de 1930 ya parecía una locomotora sin conductor. Jóvenes como Vasia, que vuelve del frente y descubre que su aldea ha sido quemada, su madre ahogada, sus hermanas recluidas en un orfanatorio. Cuando Zhivago reta al polémico Samdeviátov, el mejor representante de las incomodidades y contradicciones de la Revolución: “Usted es bolchevique y reconoce que esto no es vida”; el otro afirma la “necesidad histórica” del sacrificio. Para el doctor, el bien no tiene más camino que el bien.

Este reclamo ingenuo quizá fuera el responsable de que los estadunidenses consideraran que la novela era útil en la batalla ideológica contra el Kremlin. Doctor Zhivago no fue impresa en Rusia sino hasta 1989, condenada a leerse como una crítica contra la URSS y no como una exploración sobre lo que provoca la obsesión por los tipos ideales, sin importar cuáles sean. A muchos críticos les pareció increíblemente vulgar el affaire que Zhivago sostiene con la enfermera Lara, aprovechando las condiciones de aislamiento y viviendo como squatters en hogares abandonados por las víctimas de la guerra. No ven un amorío que sobrevive con permiso de la naturaleza —la de la nieve y de los lobos—. A pesar de ser médico y enfermera, los protagonistas tenían en común no sentirse “atraídos por la moda de mimar al hombre, ensalzarlo por encima del resto de la naturaleza y rendirle culto”. El mensaje y la estética de Pasternak eran inútiles para un régimen que empezaba a sospechar del suprematismo en las artes plásticas. Un lúcido Maiakovsky advertía la disonancia de Pasternak con los tiempos en una conversación que retoma el segundo en Yo recuerdo: “A usted le gusta ver el relámpago en el cielo, pero a mí en los cables eléctricos”.

Esta jerarquización está detrás de la molestia de Pasternak–Zhivago con la era de las “frases altisonantes” pero vacías, a favor del perfeccionamiento colectivo. Sabe que no son los andamios ni el concreto de ninguna nueva sociedad y odia la fantasía que ignora el evidente paso del tiempo en los Urales. 

Pero la CIA vio en la novela un auténtico panfleto anticomunista. Así, según archivos desclasificados en 2014, la agencia tomó la primera edición del libro en italiano y dos posteriores en inglés y francés para hacer una versión en ruso que fue repartida en la Exposición Universal de Bruselas, en septiembre de 1958. Más que poner en entredicho la merecida popularidad de la novela, o incluso la importancia del Premio Nobel anunciado un mes después de la feria, la anécdota provoca cierta nostalgia por los tiempos en los que un libro extenso, lento, y a veces auténticamente aburrido, aún podía ser un arma. El jefe de la división soviética de la CIA, John Maury, vio su potencia en el “mensaje humanista —toda persona tiene derecho a una vida privada y merece respeto como ser humano, sin importar la medida de su lealtad política o su contribución al Estado— [que] pone en un predicamento a la ética soviética del sacrificio del individuo por el sistema comunista”. Una reseña hipócrita y resultado de una mala lectura, pero que logró repartir más de 15 mil copias a través de una pequeña librería del stand que tenía el Vaticano en la feria.

Aunque en su vida corriente Pasternak se recluyera en el pretexto de su quehacer tolstoiano para no tomar posturas políticas, su protagonista resume explícitamente algunas opiniones. Dice del marxismo, por ejemplo, que es una corriente “replegada en sí misma”, “alejada de los hechos”. Corrupta porque, “quienes tienen el poder, en virtud de la leyenda sobre su propia infalibilidad, dan la espalda a la verdad con todas sus fuerzas”. Era música para los oídos estadunidenses. Pero sería injusto (y lo fue) hacer un juicio sumario sobre el anticomunismo reflejado en Zhivago cuando el personaje admite no identificar las diferencias entre los bolcheviques y otros socialistas.

Sea como sea, y a pesar de la tolerancia de la que gozaba como vecino de la colonia de escritores de Peredélkino, Pasternak padeció la sombra de la autoridad no solo a través de lo que le sucedía a sus pares poetas, tantas veces muertos por mano propia y ajena, sino sobre todo con Olga Ivinskaya, su asistente editorial, su amante y quien supuestamente inspiró al personaje de Lara. Olga fue detenida por primera vez en 1939 y en sus memorias cuenta las presiones que resistió pese al abuso psicológico de la NKVD para que revelara información sobre las andanzas del escritor. Sin embargo, hace veinte años salieron a la luz una serie de cartas del Comité Central del Partido Comunista entre las que está una petición de liberación de Ivinskaya a Jrushchev, en la que ella le recuerda su labor para evitar que Pasternak publicara. En un principio, esta desesperación fue vista por los círculos literarios como la peor de las traiciones, pero eventualmente quedó como testimonio del lado terrorífico de la URSS.

Cuando tienen que partir camino, Zhivago relata que al llorar por Lara lloraba “también por el lejano verano en Meliuzéyev, cuando la revolución era un dios descendido del cielo a la tierra”. Pronto se pierde en las imágenes de la inmensidad rusa, del amor exagerado, de la noche que absorbe a una asamblea que discute acaloradamente la participación de los combatientes de la Revolución de Octubre, porque 1905 había probado que la contrarrevolución siempre llega a manos del ejército.

Las razones por las que le fue otorgado el Nobel a Pasternak hace 60 años hablan de su poesía y de su contribución a la tradición de la épica rusa, pero el régimen hizo oídos sordos. A la distancia, el moscovita nos parece un hombre desfasado de su circunstancia, de su tierra. Condenado para siempre a las nubes. Pero si en realidad hizo lo que Marina Tsvetáyeva le escribió a Rilke en el verano que ambos compartieron con Pasternak en 1926 —“la razón por la cual uno se vuelve poeta es para evitar ser francés o ruso”—, entonces el trueque del creador de Zhivago siempre fue por “serlo todo”.


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