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Martes , 11.12.2018 / 16:38 Hoy

Pasos que se quedan

Jorge Souza columnista de MILENIO JALISCO y director de la Cátedra de Poesía y Periodismo Cultural Hugo Gutiérrez Vega de la Universidad de Guadalajara dedicó este texto a Carmen Villoro y Alejandro del Paso.
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El frío de la mañana, prematura ola invernal, descendió ayer sobre Guadalajara y se llevó con él a Fernando del Paso, nuestro amigo, nuestro paisano por voluntad propia, y nuestro gran referente literario. 

Apenas salíamos de la casa, con la chamarra puesta, cuando la noticia cayó como un puñado de cal sobre nuestros corazones. Carmen Villoro, Gabriel Martín, Paty Rosas, Alfredo Ortega, Arturo Verduzco, consternados. Del Paso tenía muchos amigos en la ciudad. 

Hace apenas unas semanas, había aparecido en público, con impecable atuendo y al lado de su amiga de siempre Elena Poniatowska; con ellos, varios cientos de jóvenes celebraban, en el auditorio Salvador Allende del CUCSH, la estructura escritural de Palinuro de México, una de sus novelas magistrales. 

Días después, al recordar el tercer aniversario del fallecimiento de su amigo Hugo Gutiérrez Vega, dirigió un mensaje a través de un video, a quienes lo recordaban en el paraninfo Enrique Díaz de León. Lúcido e inteligente, como siempre. 

Esas y otras imágenes permanecen ante la ausencia del amigo. El tono de su voz recuperado tras una enfermedad, el trato afectuoso, la certeza de sus convicciones y su calidez se quedan con nosotros para siempre. 

Ahí, en la sala de su casa, al lado de los retratos de sus hijos y su esposa, entre muebles hermosos y brillantes, lo vimos la última vez. Él, vestido impecable, como siempre, frágil y luminoso, en su silla de ruedas; nosotros, con el gusto de verlo, de escucharlo. 

Es inútil referirnos a su brillante trayectoria literaria. Su historia quedó inscrita en la historia de las letras hispánicas, en las enciclopedias, en la Internet. Sus premios, sus logros, la perfección de sus novelas, la profundidad de sus ensayos y la sintaxis juguetona de su poesía son de sobra conocidas y elogiadas. Obras como José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio han quedado como legado para nosotros. 

Más bien habría que recordar al hombre. Su elegancia proverbial, su distinción, su decidida amistad, su disposición a leer el libro de la vida con sobriedad y valentía. Y admirar, además de su obra, la dignidad con que trazó su discurso ante el poder público; su valor para denunciar; su convicción para señalar abusos y arrogancias. 

Habría que recordar sus manos multicreativas: la derecha, con la que escribía, y la izquierda que, decía él, pintaba para vengarse de la diestra. 

Tenemos que construir un lugar en la memoria para preservar su voz y sus palabras. Su voz, que supo establecer nuevos espacios para retomar pasajes y personajes fundamentales de la historia. Sus palabras, para disfrutar y revivir las texturas de sus obras. 

La colonia La Calma, en el sur de Guadalajara, donde vivió más de veinte años, no encontrará la calma pronto. Los amigos del narrador, poeta y ensayista, tampoco. Del Paso es más que una voz, una presencia. Una presencia que se queda para siempre, como los pasos dados con acierto, como el recuerdo del aroma de aquellas flores que se aspiraron en los lejanos campos de la infancia.

SRN

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