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Miércoles , 19.09.2018 / 15:52 Hoy

Paraísos

Lo que contemplas

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Como albergue al huir de la peste bubónica en Londres no está nada mal la hermosa casita de techos bajos en Chalfont St Giles, Buckinghamshire, con su idílico jardín. Es aquí donde el poeta John Milton encontró refugio con su esposa e hijas en 1665. Solo que no podía verla: para entonces ya estaba ciego, aislado tras la caída en desgracia a que lo llevaron sus textos políticos. Las diversas caras de la desgracia lo habían hecho volver al primer refugio de todos, la poesía, y en esta casa protegida tanto de la epidemia como de la turbulencia de los tiempos en que le tocó vivir terminó su gran poema El paraíso perdido, que iniciara en un entorno muy distinto, preso en la Torre de Londres.

El poema le devolvió no solo la estima de sus compatriotas, sino algo más importante: no la vista, pero sí la visión, y en su épica explora hasta el último intersticio humano y divino de la caída.

Pasan los siglos. Entre sus renovadas revueltas y desgracias, la poesía sigue siendo amparo. Así lo entienden dos jóvenes poetas, Giovanna Coppola y Clover Peake, que en 2015 dan luz a la iniciativa de poesía Parole Parole. Digo “iniciativa” a falta de mejor palabra para definir esta voluntad vital de llevar a la poesía a tomar por asalto no los grandes foros, no la institucionalización de la cultura como mercancía que agobia al siglo XXI, sino lugares íntimos, a veces insospechados, donde la lectura de poesía es experiencia hermanada a la conversación y al gozo fundamental, y fundamentalmente inútil, sin el que dicha experiencia es mentida.

El domingo pasado Parole Parole organizó una de estas lecturas en el estudio en que Milton puso punto final a su Paraíso perdido. Además de Coppola, Peake y la que esto escribe, leyeron Roberto Minardi y Fabian Peake. Nuestros poemas eran diálogo con su paraíso y con la pérdida: un hombre y una mujer desnudos aboliendo la idea misma de la tentación en una calle urbana cualquiera, su cierta humanidad como coartada; un jardín donde la tentación es ambigua, deslumbrante cascada de imágenes en que el diablo y la belleza se confunden, sospecha de que la caída es también ascensión, el truco magnífico del arte; un infierno que es frío, ausencia cincelada un día de San Valentín, el Támesis transfigurado en Estigia, la oración de la pérdida desgranando las bendiciones del amor; una desorientación y su pregunta a medio camino entre el pueblo natal que se abandona por un futuro, una esperanza, y su llamado: ¿cuál es el cielo y cuál el infierno?; entre tradición y modernidad que se desgarran, ¿fue ascenso o caída dejar Nápoles?, y otra pregunta a Milton sobre su ceguera y su visión, abierta desde la muerte de otros hombres, la tragedia de otros hombres, otros ciegos, múltiples formas de desgracia y de locura.

Pasamos el resto de la tarde conversando en el jardín, sembrado con las flores que Milton invoca de memoria en su paraíso. Jardín y poesía refugio aún, en un mundo no menos turbulento.

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