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Sábado , 26.05.2018 / 16:52 Hoy

Para conocer a Donald

Café Madrid


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Víctor Núñez Jaime

Cuando Donald Mr. President traslade por completo su show a la Casa Blanca, tal vez se convierta en lo que siempre ha querido ser: Madonna. Esa fue la conclusión a la que llegó en 1996 Mark Singer, periodista de The New Yorker, después de haber sido durante unos meses la sombra del magnate. Aquel año Trump no tenía aspiraciones políticas o, por lo menos, las disimulaba alardeando constantemente sobre su fortuna, su manera de hacer negocios y sus mujeres. De manera que el objetivo del reportero era “discernir a la persona del personaje” situado en una esfera “poco seria”. Para ello, como es lógico, contó con el permiso de escuchar, mirar y hacer preguntas, una labor incómoda pero “conveniente” para alguien a quien le encanta la popularidad.

Poco antes de las elecciones del pasado 8 de noviembre, Mark Singer recuperó y actualizó aquel perfil en El show de Trump. El perfil de un vendedor de humo (Debate), un libro breve pero contundente, cuyas páginas taladran hasta el fondo de un hombre que, como dice David Remnick en el prólogo, es “un producto local de Nueva York, como el olor de la plataforma del metro en la estación Times Square a mediados de agosto”. Remnick, por cierto, tiene una teoría acerca de por qué y en qué momento Trump decidió que quería ser presidente de Estados Unidos. Dice que en la cena para corresponsales de 2011, ofrecida anualmente por la Casa Blanca a los periodistas, Barack Obama mostró (como una broma más del evento) “el video de su nacimiento” para disipar las dudas que días antes había sembrado Donald Trump (“Obama nació en África”): un fragmento de la película El rey León. “Trump frunció el ceño, tensó la mandíbula y apretó los labios. Estaba profundamente disgustado”, dice Remnick, y “los celos y el resentimiento” de esa noche pudieron haberse transformado en “planeación decidida.”

A Trump no le gustan los periodistas, pero sabe que le pueden ser útiles. Y que polemizar con ellos o con los medios donde trabajan aumenta su popularidad. Por eso no ha dudado en exhibir sus “acuerdos prematrimoniales”, sus divorcios, sus enormes y “lujosas” casas y edificios, a pesar de que solo una parte de las construcciones que llevan su nombre son, en realidad, de su propiedad. Pocos como él han sabido cultivar su imagen, sintiéndose orgullosos de no haberse declarado nunca en bancarrota y de salir de las crisis más rico que antes.

Pero, ¿por qué este hijo (y alumno ejemplar) de un empresario inmobiliario que durante su campaña no paró de vociferar insultos y amenazas (contra los latinos, contra los negros, contra los musulmanes, contra las mujeres) es hoy el presidente electo de Estados Unidos? Quizá la explicación se encuentre en lo que Mark Singer vio durante los últimos meses y ahora relata en este perfil actualizado que se lee en una sentada: “Hay miles de votantes reales, con miedos reales y agravios largamente reprimidos que se apiñan en sus mítines. Se trata de ciudadanos cuyo resentimiento y enojo se había impregnado con la crónica mala fe de sus representantes. […] Gracias a su genio para poner en escena la falsa fraternidad, Trump sabe muy bien qué cuerdas tocar y cuándo”.

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