El papel de las notas

El papel de las notas
El papel de las notas (Especial )

México

1) No sé hasta qué punto pueda decirse que una música es triste. Si escuchamos, por ejemplo, el adagio del Cuarteto op. 11 de Samuel Barber, o el andante de la Tercera sinfonía de Brahms, o el notturno del Cuarteto en re de Borodin, o el larguetho del Concierto en re para violín de Beethoven, por mencionar unos cuantos títulos, nos entristecemos en el acto. Como si una oleada de trágica melancolía se apropiara de nosotros.

2) ¿Pero esto se debe a que nuestra sensibilidad es la mejor parcela para sembrar estructuras sonoras de acuciante dolor?, o, dicho en otras palabras, ¿por qué dotamos de sentimientos a efectos sonoros carentes de ellos?

3) Si pensamos en términos reales, digamos literarios, no hay la menor posibilidad de confusión: la tristeza está descrita porque se habla de ella en forma abierta y descarnada, o porque la situación narrada nos lleva hasta sus brazos de manera progresiva. Piénsese si no. Se cuenta la historia de una madre que pierde a su pequeño hijo por una venganza, y la tristeza sobreviene de inmediato.

4) Sufrir no es ficticio. Sufrir es más real que quemarse con un comal al rojo vivo. Pero cómo es posible que una música instrumental —sin letra, como correspondería a un lied, una ópera, o una plegaria— contenga sentimientos de pesar. Sufrimientos. Desconsuelo. Desdicha. Si de lo que se está hablando es de la pureza de la música. De la música pura. Sonidos incorruptos. Insisto en que hay que pensar en música instrumental, sin letra, como una sinfonía, una obertura, un poema sinfónico, una sonata, o cualquier dotación de música de cámara.

5) Quizás adolezcamos de un romanticismo exacerbado. Y adjetivemos a rajatabla, más apegados a nuestro estado de ánimo estrictamente personal que a una realidad indiscutible.

6) Quizá también sea que la tristeza atrae. Que busca pretextos para manifestarse. Es decir, que un hombre está en el mundo a la búsqueda de motivos que le provoquen tristeza. Entonces llega a sus oídos alguna música que transcurre con extrema lentitud, donde hay momentos de apacible quietud, justo en ese trayecto, dicho individuo dirá: qué música tan triste.

7) El siguiente paso es exprimir la música y olvidarnos de nombrarla. Que ya en sí misma contiene las alas de la turbación. Reflexionemos en una película. Al punto de que cuando acompaña una escena colmada de tristeza, esa música nos suena a la más triste de todos los tiempos. La tristeza narrativa la trasladamos al enjambre sonoro.

8) Aunque resulte un enigma el origen de la tristeza en la música, si es triste o no, lo que cabalmente importa es que aquella fuente de sonidos emocione. Que provoque una reacción espiritual. Lo cual no siempre se logra. Al contrario. Hay compositores que evitan a toda costa conmover. Que advierten en la conmoción una debilidad. Como si por el solo hecho de estremecer se tornaran cursis. Y que evaden cualquier frase que suene previsible. Está bien. Cada artista moldea la materia prima de su música como mejor le parezca. Pero de ahí a evitar la oleada de tristeza equivale a sacrificar la propia voz.

9) Acaso lo verdaderamente trascendental es que la música nos transporte a campos minados de sobreexcitaciones. De sensaciones que nos permitan un crecimiento interior. Donde estemos a expensas del sentimiento. Que si se denomina tristeza o alegría es lo de menos.