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Miércoles , 12.12.2018 / 14:01 Hoy

Palabras como armas

Café Madrid


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La vieja (y ahora) rota Europa atraviesa una ola de terror que mantiene a los ciudadanos pendientes de alertas informativas que tienen que ver con bombas o un camión o una pistola. Como Francia, Bruselas y Alemania ya han sido atacadas (lo que no las libra de más atentados), los países del entorno toman sus precauciones. Por las calles (y el metro y las estaciones de tren y los aeropuertos y los lugares donde se llevan a cabo eventos masivos) de Madrid o Barcelona, por citar dos grandes ciudades, es común ver un despliegue policial que, a veces, intimida. La “alerta terrorista” en España se encuentra en el nivel cuatro, de una escala de cinco, y la incertidumbre (“¿seremos los próximos?”) deambula con descaro en el día a día. Pero también la ignorancia y la inexactitud.

Ni los periodistas ni los opinadores ni el grueso de la población comprendemos cabalmente qué, cómo y, sobre todo, por qué se cometen este tipo de actos. Para ayudarnos, Philippe–Joseph Salazar escribió en Francia el año pasado Palabras armadas. Entender y combatir la propaganda terrorista, que ahora la editorial Anagrama publica en español. Salazar es un filósofo francés que fue alumno de Derrida y de Barthes y autor de varios libros sobre análisis retórico. Cuando en enero de 2015 la revista satírica Charlie Hebdo sufrió un ataque que conmovió a la comunidad internacional, este profesor universitario vio necesario ocuparse del discurso que acompaña a la violencia del Califato. “A las armas les gustan las palabras. Las convierten en nuevas armas”, sostiene y, a partir de esta premisa, nos anima a dejar de preocuparnos tan solo de si Daesh se escribe con s o con c, o de si deberíamos escribirlo como EI o IS, porque en el ínterin se siguen reclutando a miles de jóvenes (cultivados y algo extraviados) para “darles los valores que Occidente no ha sabido darles y que nuestro lenguaje no alcanza a explicar”.

Dice Philippe–Joseph Salazar en su libro que, comparado con el estilo retórico, poético y grandilocuente del islam, “nuestro lenguaje político es estéril, retóricamente banal y poéticamente deficitario”. Por eso sugiere resolver la falta de entendimiento no solo con diplomáticos que hablen árabe, sino con diplomáticos que hablen árabe y además comprendan el trasfondo de este movimiento calificado como “terrorista” (“para ellos, un atentado es un acto de fe”). Desentrañar lo que sucede no solo es responsabilidad de los políticos, sino también de los medios de información. Por ello es necesario aprender a referirnos a los acontecimientos en forma adecuada.

Por ejemplo: solemos leer y escuchar la palabra mártir de manera negligente pues un mártir, nos explica este filósofo, “en el islam perece al cometer una acción violenta, mientras que un mártir cristiano, y éste es el sentido correcto de la palabra en nuestro idioma, no comete violencia sino que la padece”. De igual modo, al decir kamikazes se difunde el mensaje de que se trata de locos dispuestos a todo. “Pero no: son soldados muy bien entrenados”, subraya Salazar en un libro en el que abunda la documentación, un gran esfuerzo por contribuir al entendimiento de la ideología y la fe en que se sustentan las acciones violentas del islam y, también, una advertencia: “en la lucha que se nos dice que libramos contra la radicalización islámica o islamista, mientras no hayamos comprendido que los valores republicanos ya no tienen la fuerza declarativa y categórica de las formulaciones de la fe mahometana, tendremos un déficit de armamento discursivo”.

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