La palabra en el teatro hoy / Y II

Las escrituras o textualidades para el teatro han pasado de la negación de la palabra dramática hasta su empleo esporádico, fragmentario o ilustrativo en convivencia, en franco mestizaje, con ella.
Jaime Chabaud y Mauricio Kartun.
Jaime Chabaud y Mauricio Kartun. (Jaime Chabaud)

México

Decía en la primera parte de este texto que el lugar de la palabra en el teatro se ha desplazado. ¿Podemos hoy referirnos a toda textualidad para la escena, aun habiendo un escribiente, como dramaturgia? ¿Por qué seguimos nombrando diálogo a cierto reparto de palabras entre presentantes o representantes cuando la calidad de lo dramático se ausenta, cuando incluso no hay personajes y los actores no encarnan precisamente algo o nada?, ¿cuando la situación ha sido abolida?, ¿cuando no hay conflictividad ficcional alguna? O todavía más lejos: ¿cuando la ficción, la mímesis, el contar una historia no habita las intencionalidades del escritor y equipo de creación escénica?

¿Sería correcto hablar de que en la actualidad existen textualidades para el teatro? Desde Heiner Müller y Peter Handke, pasando por Lagarce, Vinaver, Kane, Shimmelpfennig y tantos otros autores hasta las nuevas generaciones, las escrituras o textualidades para el teatro han pasado de la negación de la palabra dramática hasta su empleo esporádico, fragmentario o ilustrativo en convivencia, en franco mestizaje, con ella.

Es decir, la palabra en el teatro contemporáneo cumple funciones complejas y diversas. La ruptura con la palabra dramática es absoluta y clara dependiendo del grado en el que se rehúse cualquier proceso mimético. De la narraturgia al documento o a la estadística o al poema o a la instalación o a la entrevista, la desdramatización ha instaurado nuevas reglas de escritura y, por tanto, de escenificación. También de relación con el espectador porque evidentemente las estrategias de creación de expectativas tradicionales se han tornado inoperantes. Podemos ver que la puesta en relación de distintos tipos de materiales textuales crean relaciones que por sí mismas se vuelven atractivas y que ponen a trabajar la cabeza del espectador desde otro lugar: justamente desde la puesta en relación de los distintos elementos.

Ahora bien: si he insistido en hablar aquí de la palabra dramática y de su carácter de palabra inconclusa, es porque, lejos de ser un utensilio que se ha de desechar muy pronto, me parece que tiene un futuro promisorio, tanto sola, en sí, dentro de ficciones mil que están por crearse en un estricto proceso mimético, como en hibridaciones también mil en donde, aunque sea en forma de fragmento, se incorporará a otros materiales para esas nuevas creaciones.

Agradezco al Seminario La Palabra en la Escena, que ocurrió en Buenos Aires, Argentina, y a los colegas con los que compartí escena, por provocar estas reflexiones.