Las virtudes del pájaro solitario

Ambos mundos.
Juan Goytisolo
Juan Goytisolo (Especial)

Ciudad de México

Supe de Juan Goytisolo cuando fui a estudiar a Madrid, a mediados de los años ochenta, y desde entonces fue siempre una referencia en lo literario e intelectual y, casi diría, en lo humano. Su compromiso con la libertad en todas las regiones del planeta, su diatriba contra los nacionalismos empezando por el de España y de cara al mundo árabe, o su crítica a la arrogancia europea ante el Tercer Mundo me acostumbraron a consultar sus libros cada vez que iba a escribir sobre algo, cualquier cosa, y por eso mis artículos y ensayos están llenos de citas suyas. Y claro, también sus referencias literarias, con autores como Clarín, José María Blanco White, Francisco Delicado e incluso Joaquín Belda, un célebre pornógrafo español de principios del siglo XX, o su mirada lúcida sobre autores latinoamericanos, Severo Sarduy, Carlos Fuentes, Borges o Lezama Lima. Su libro de ensayos Disidencias es prueba de ello.

De otro lado están sus inagotables estudios sobre el Islam y el mundo árabe (De la ceca a la meca, Crónicas sarracinas, Estambul otomano, Alquibla), un territorio por el que he viajado sin cesar desde hace más de veinte años, siempre con sus libros debajo del brazo. Los tengo subrayados y descuadernados. Pero además su acercamiento al mundo árabe no es solo el de un erudito que mira desde las nubes, sino el de un intelectual comprometido con sus avatares y luchas presentes. De ahí su militancia al lado de los palestinos o contra los estereotipos con los que se juzga en París o Madrid al inmigrante árabe por ser “el otro”, el envés de su cara, la otra orilla de ese espejo mediterráneo en el que Europa se contempla, coqueta, y peina sus rubios cabellos.

Su obra literaria, sobre todo a partir de Señas de identidad, es extraordinaria. En ella está su relectura de los clásicos, su amor por el lenguaje y su deseo de desmontar en España un sistema cultural cómplice del poder nacionalista, de ese nacional–catolicismo que tanto denunció. Leyéndolo durante más de tres décadas, Goytisolo me enseñó además que hay escritores de buena conducta y escritores desobedientes. Los primeros obtienen todas las distinciones, pues su talento, que puede ser inmenso (como el de un Vargas Llosa o un Philip Roth), es plenamente consensual: con él reordenan y hacen comprensible el mundo, pero sin oponerse a él. El escritor desobediente, en cambio, es desdeñado y rara vez sube al estrado a recibir un premio, pues su talento pone al mundo contra las cuerdas; él está ahí para insultarlo, escupirle en la cara y dinamitarlo; autores como Henry Miller o Céline o Fernando Vallejo o Charles Bukowski, que nunca serán coronados por el gremio literario, están en esta lista. De ahí la increíble sorpresa que supuso para mí saber que la oficialidad española daba a Juan Goytisolo, el eterno disidente, el Premio Cervantes de las letras. Qué buena noticia para el premio.