[Los paisajes invisibles] La virgen de Malaparte

En el centro de la habitación había una cama en la que una chica fumaba un cigarrillo y veía con displicencia al grupo de soldados que traspasaban la cortina grasienta por un dólar. 
Gascon
(Cortesía)

Ciudad de México

Primero fue la peste. Odiaba pensar que los aliados llevaron el mal a esa ciudad hundida en la abyección, le asqueaba comprobar que la tarifa por un rato de carne humana iba a la baja, la carne de las infantas y los muchachos, más barata todavía era la de las jóvenes cuya veintena de años las habían despojado de misterio, se cotizaban mejor entre la plebe los soldados negros, era un comercio peculiar ese de adquirir y revender “esclavos” que en una rara ecuación se transformaban en mansos proveedores de cualquier cosa negociable, fueran latas de conserva, sal o azúcar, fueran los harapos que arrancaban a los soldados muertos, fueran vehículos militares que solo duraban un par de horas aparcados en la calle pues la rapacidad de los civiles era monstruosa, era indigna, inmoral, escandalosa. Nápoles era la urbe de los vencidos aquel año de 1943, y también la región de los hambrientos, los miserables, las putas, los embaucadores, los cínicos y los hipócritas.

Jimmy le preguntó si le apetecía ver a una virgen. Salían de la panadería del Pendino di Santa Barbara mordisqueando los taralli calientes, unos roscones de pasta dulce que vendían las enanas en esa calle mugrienta y decadente, enanas, sí, féminas liliputienses que se arrimaban a los hornos para recoger los panecillos que expendían a la puerta de sus casas para gigantes, las puertas, las ventanas, todo el mobiliario les quedaba demasiado grande a esas criaturillas de rostro arrugado y voz siniestra como el chillido de una rata pero que, de cualquier modo, por las noches conseguían acoplarse con los soldados de talla natural, las enanas del Pendino di Santa Barbara le repugnaban más que la miseria de los antros donde el alboroto y la bacanal agravaban los horribles episodios costumbristas de la metrópoli carcomida por la desvergüenza, el deshonor de los caídos.

Jimmy y Malaparte llegaron a un tugurio en el fondo de un callejón cercano a la Piazza Olivella. Pagaron la admisión a un aposento decorado con espejos, un lavabo y oleografías populares con escenas de Tosca y la Caballería Rusticana. En el centro de la habitación había una cama en la que una chica fumaba un cigarrillo y veía con displicencia al grupo de soldados que traspasaban la cortina grasienta por un dólar. La chica, peinada a la manera de las capere de los barrios populares, como una Madonna napolitana del siglo XVII, no decía palabra. Sin embargo, a la orden del tipo que cobraba las entradas, comenzó a subir el borde de su falda, mostró las piernas embellecidas por medias de seda, luego los muslos y al final el pubis.

El gerente instó al público a comprobar la integridad de la chica de ojos cansados y mirada antigua que dócil, parsimoniosamente, se tendió de espaldas y abrió las piernas. Luego de un rato, un soldado negro estiró la mano y palpó su triste abertura con un dedo. “Sí, es como una niña”, dijo el oficial, y el show culminó con el desfile fatigoso de los concurrentes.

Curzio Malaparte repudiaba esta escena de La piel, una de sus mayores obras, porque le parecía el epítome oprobioso de la ciudad derruida por los nazis y el desdoro de un pueblo rescatado. Odiaba la satisfacción que provocaba en los aliados esa muestra de ignominia aunque me parece que en lo esperpéntico de esa imagen hay algo sutil: en aquel lejano epicentro del caos y la barbarie, al menos en un cuerpo aún era posible la pureza.