El obstinado

Los paisajes invisibles.
Paisajes invisibles.
(Especial)

Ciudad de México

Virgilio Piñera refirió en su texto “Gombrowicz por él mismo” la notable pero atosigada y a ratos patética obstinación del escritor polaco por rescatar del limbo su novela Ferdydurke. Gombrowicz la había publicado en 1937, luego estalló la Segunda Guerra y durante un providencial viaje a Argentina que hizo con una comitiva de artistas eslavos, Alemania invade Polonia y Gombrowicz aprovecha para escapar del yugo fascista. Años después, por casualidad (y por fortuna), el director de la sala de ajedrez del café Rex de Buenos Aires llevó un ejemplar de aquella edición polaca a las tertulias, lo que animó a Gombrowicz a reivindicar su primer libro en castellano, lengua que siempre le representó un esfuerzo sobrehumano. Con el tiempo, la empeñosa idea, más de Witold que de sus colegas, se cristalizó en un Comité de Traducción que a la postre presidiría Piñera, y que contó con apoyos de todo tipo y de mucha gente, lecturas, revisiones, sugerencias, pues los miembros oficiales, aparte del cubano, solo eran tres: el pintor y poeta Luis Centurión, el escritor Adolfo Obieta y otro cubano: Humberto Rodríguez Tomeu. A todos ellos, el polaco les dedicó un sentido reconocimiento en el prólogo de la edición de Argos, publicada en 1947, exactamente diez años después de su primera aparición.

En aquel entonces, muchos creían a Gombrowicz un mistificador o un mitómano (Ernesto Sábato recuerda esa pintoresca estampa en el prefacio de la edición de 1964 de Ferdydurke por Sudamericana), porque ese individuo flaco que chupaba codiciosamente el eterno cigarrillo y se ganaba la vida como empleado de un banco parecía más un insecto de cafetín que un verdadero esteta. Pero decíamos que Piñera describió la terquedad de su amigo Witoldo, a partir de las misivas, genuinos monumentos a la ansiedad y la desesperación, que solía enviarle con tres puntuales objetivos: primero, la urgencia por que Piñera le remitiera unos pesillos para aliviar sus apuros financieros; segundo, el apremio por terminar cuanto antes la versión en castellano del treintañero que a través de una extraña involución vuelve a la adolescencia, y tercero, por seguir al pie de la letra la estrategia publicitaria, diseñada por el propio Gombrowicz, para que Ferdydurke resultara un éxito total.

Esto último fue de lo más alucinante, ya que al tiempo en que instaba a Piñera para que actuara con firmeza ante los enemigos de la traducción (el polaco aludía a las opiniones de un tal Ernesto y un tal Lida, el primero era Sábato y el segundo Raimundo, secretario de la revista Sur), redactó varios prospectos de reseñas que no eran más que propaganda descarada de un libro y un autor del que nadie sabía nada en absoluto.

Sus panegíricos eran de antología: no escatimaba adjetivos, auguraba el colosal impacto que Ferdydurke iba a asestarle a los lectores argentinos, citaba la opinión de miembros conspicuos de la crítica. Y claro, Gombrowicz no pensaba firmar esos prospectos, exigía que lo hiciera Piñera.

Carta por carta, “reseña” por “reseña” sirven para entender el ánimo de un autor obcecado no por el éxito y la fama sino por hacerle justicia a un primer libro que pudo permanecer en el hipogeo de una lengua remota, la difuminación que el tiempo impone a ciertas obras que nacen con un sino, sea una mala edición o una distribución precaria, sea el ninguneo de la crítica o la indiferencia que oculta todo o, como fue el caso de Ferdydurke, el anatema de la guerra y sus infames consecuencias. Pero aunque Virgilio Piñera se apresuró a decir que aquella testarudez no reflejaba el espíritu de un necio, un megalómano o un paranoico sino que fue una muestra de la afición de Gombrowicz por el humor y la paradoja, la verdad es que en el polaco solo veo un romántico impulso de heroísmo.

La versión argentina de Ferdydurke se publicó y no pasó nada excepcional. En 1958, Julliard imprimió una traducción francesa y hasta entonces el mundo comenzó a hablar de aquel flaco fumador que rondaba los cafés de Buenos Aires y que hostigaba a los voluntarios de su homérica aventura por salvarse en otra lengua. Habían pasado 21 años de su debut en Occidente.

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