Los paisajes invisibles

De los nombres.

Ciudad de México

thewhitesubway@yahoo.com

El nombre puede dar fama, reputación o crédito, también puede generar la opinión que se tiene de uno, hay nombres inseparables de sus dueños, que cuelgan de una cara, real o imaginaria, que se adhieren a un cuerpo conocido o inventado por completo. El nombre es concluyente, dicen unos, para detectar el origen y sospechar el porvenir de quien lo lleva, otros piensan que cada nombre trae consigo un karma y que debemos aceptarlo cueste lo que cueste, lo que es irrefutable es que nadie en este mundo es responsable de su nombre.

El nombre proviene de afectos o tradiciones familiares, creencias religiosas o aspiraciones vanas e inclusive evoca las ficciones preferidas de quien ejerció el derecho de bautizar a otro, asunto restrictivo al ámbito del Registro Civil, ese monstruo burocrático que José Saramago exploró en su novela Todos los nombres y cuyos archivos guardan inmensas listas de felonías y disparates, mucho más descabelladas que los bautismos literarios. Preguntarnos por qué Flaubert le puso Bouvard y Pécuchet a sus modestos empleados de oficina, por qué Capote llamó Holly a la glamorosa neoyorquina que anhela desayunar en un espacio que le acaricie el ego del mismo modo en que lo hace el aparador de Tiffany’s o cuáles fueron la razones de Barry Gifford para llamar a algunos de sus antihéroes con apelativos tipo Perdita Durango, Bobby Perú, Jorge Muleta o Eusebio Refrito es una intención absurda, un personaje a veces surge ya acabado, se presenta ante su autor con todo encima: sexo, edad, estatura y apariencia, virtudes, perversiones, complejos, mañas y adicciones. Epíteto incluido.

Hace unas semanas, en una insólita inspiración de oráculo, el Registro Civil de Sonora prohibió 54 nombres que en el futuro iban a ser el festín de un bully. El inventario es delirante: Batman, Rocky, Rambo, Robocop, Escroto, Circuncisión, Pubis, Pene, Hitler y Cheyenne. Con solo estos diez nombres, podemos preguntarnos qué hay en la cabeza de quienes ponen a sus hijos semejantes monumentos a la ignominia, pero la cosa no termina ahí.

Yahoo, Burger King, Lady Di, Pocahontas, Harry Potter, Rolling Stone y Terminator, por sus obvias referencias, son mucho menos ridículos que Aguinaldo, Caralampio, Aceituno, Cacerolo, Gordonia, Culebro o Espinaca. Aunque también hay quienes deciden que sus vástagos deben llevar honrosamente el nombre de Pomponio, Verulo, Indio, Procopio, Calzón, Piritipío, Privado o Tremebundo. Vaya, que hasta Twitter y Facebook figuran en la lista, así que los nonatos pueden respirar tranquilos en el vientre, la piadosa administración de la entidad norteña les ha descargado del terrible peso de llamarse Masiosare o Delgadina, Email, Usnavy o Michelin.

Con el tiempo, el nombre intenta ceñirse como un traje a la medida. Algunas veces su corte nos fastidia, se hace chico y se desgarra. Hay quienes reniegan de él y eligen otro, no importa que carezca de estatus oficial (volviendo a Saramago, la nómina del Registro Civil es una suerte de historia fidedigna, el auto de fe de los seres verdaderos), el seudónimo no solo surgió para ocultarse, también se usa para remediar una tragedia.

Pienso esto al recordar ciertas novelas mexicanas donde los autores, como padres desalmados, bautizaron a sus personajes con saña, por el simple hecho de humillarlos o por el insensato afán de parecer graciosos. Criaturas con nombres de mascota o de estrellas literarias, de titanes épicos o seres divinos y, no sé por qué, pero sospecho que esas figuras vagan párrafo por párrafo implorando un poco de dignidad ante una trama menesterosa.