[Los paisajes invisibles] Cowboys

En una carta a su adorada amante y luego amiga Patti Smith, John Schlesinger le dijo que esa peli era una definitiva obra de arte y a partir de entonces, cuenta ella, introdujo el concepto ...
Cowboys
(Cortesía)

Ciudad de México

En 1969 vio el filme Midnight Cowboy, de John Schlesinger, y quedó aturdido. Las patéticas andanzas del vaquero Joe Buck, interpretado por John Voight, y su no menos estúpido camarada Rico “Ratzo” Rizzo, caracterizado por Dustin Hoffman, cimbraron sus castillos en el aire, la figura de aquel texano palurdo y buscavidas proyectó un desdoblamiento en su incipiente vocación por cruzar kilómetros de fango para  ensuciarse todo el plumaje.

En una carta a su adorada amante y luego amiga Patti Smith, le dijo que esa peli era una definitiva obra de arte y a partir de entonces, cuenta ella, introdujo el concepto de puto en su trabajo. Tiempo después iba a convertirse en uno de los artistas neoyorquinos más polémicos, más admirados.

Patricia Morrisroe relata en la biografía que hizo de él, que Joe Buck fue uno de sus alter egos. El héroe de Midnight Cowboy (por cierto, cinta ganadora del Oscar a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Adaptado en ese lejano 1969, hace 45 años ya), lo poseyó del todo, y durante un tiempo se vistió de vaquero, se enroló en una compañía de servicio a domicilio y consiguió cinco encuentros con hombres casados, de los que quedó muy mal físicamente. Morrisroe cita una frase de Joe Buck, aquella que pronuncia después de su fallida incursión como gigoló con mujeres de Park Avenue para terminar haciendo favores casi gratuitos a algunos homosexuales en cines y sórdidos cuartos de hotel: “Me merezco todo lo que me pasa… Yo mismo me lo he buscado”. La referencia viene a cuento porque de su odiosa y permanente sensación de oprobio, él también solía decir que “se la había buscado”.

Veinte años después de la deslumbrante experiencia de Midnight Cowboy, en febrero de 1989, el fotógrafo se fue a la tumba. Vivió como siempre había querido: en la orgía perpetua.

De la asombrosa y provocadora iconografía de Robert Mapplethorpe queda todo. De Midnight Cowboy el reconocimiento de la crítica, algunos fervientes fans, las sombras proverbiales de Joe Buck y de Rico “Ratzo” Rizzo y, sobre todo, la canción “Everybody’s Talkin’”, de Harry Nilsson, quien falleció de un paro cardíaco veinte años atrás, en 1994.

Dicen que Harry Nilsson era el dueño del apartamento en el que murieron Cass Elliot de The Mamas and the Papas en 1974 y Keith Moon de The Who en 1978, inmueble que el músico de Brooklyn terminó vendiendo con todo y su pésimo karma a Pete Townshend. Nilsson fue amigo de John Lennon durante la crisis matrimonial del ex líder de The Beatles con Yoko Ono en los 70 (y, de hecho, Lennon le produjo el álbum Pussy Cats) y actuó al lado de Ringo Starr en la cinta Son of Dracula. No obstante, su herencia más perdurable fue “Everybody’s Talkin’”, una rola que todos han oído, muchos cantan e identifican con el turbulento humor del año del 69, ése que Serge Gainsbourg definió como annee erotique en una de sus chansons.

Obsesionado por la muerte, como en un momento de Midnight Cowboy lo hace la harapienta pareja de Buck y “Ratzo” a bordo de un autobús hacia Florida y como también lo hacía Mapplethorpe a mediados de los 80, Harry Nilsson presionó a la RCA para lanzar una antología personal y sucumbió el mismo día en que acabó de grabar las voces de aquel último álbum. Palabras ininteligibles, ecos mentales, piedras que ruedan, saltan en la quebradiza ondulación del mar, forman el cuadro melancólico de “Everybody’s Talkin’” y se me ocurre que, tal vez, cuando Robert Mapplethorpe se disfrazaba de vaquero, solía escuchar el disco de Nilsson para caminar, solo caminar.