[Los paisajes invisibles] Bandini y la resurrección

En 1933, con 450 dólares en el bolsillo, Fante comenzó a redactar Camino…, imponiéndose un límite de siete meses para culminar el libro. Había firmado un contrato con Knopf y recibido un adelanto ...
Cultura
(Cortesía)

Ciudad de México

Como suele suceder con los primeros libros de los escritores excepcionales o de aquéllos cuya obra está destinada a la posteridad, la entrega inaugural de las aventuras de Arturo Bandini, Camino de Los Ángeles, de John Fante, debió esperar casi cincuenta años para su publicación, aunque aquello no fue una tragedia porque con el tiempo, Fante obtuvo lo que su mítico alter ego ambicionaba, lectores, muchos lectores, quizá demasiado tarde, sí, pero al menos pudo conjurar el anatema del esfuerzo inútil.

Y es que el Bandini de Camino de Los Ángeles, un ser salvaje, torvo, irritante, desfachatado, misógino y matricida, en resumen, un auténtico resentido social, no tiene nada que ver con el héroe romántico, modelo del quijotismo, de la perseverancia y la dignidad intelectual que caracterizan al resto de sus clones en Espera a la primavera, Bandini (1938), Pregúntale al polvo (1939) y Sueños de Bunker Hill (1982), criaturas distintas al misántropo de la novela inicial.

La historia del precoz e infortunado debut literario es muy conocida. En 1933, con 450 dólares en el bolsillo, Fante comenzó a redactar Camino…, imponiéndose un límite de siete meses para culminar el libro. Había firmado un contrato con Knopf y recibido un adelanto pero la novela se atascó. Tres años después, en 1936, volvió a trabajar en ella, haciendo correcciones y reduciendo el argumento. Al final, el editor la rechazó. Luego de su muerte, en mayo de 1983, su esposa Joyce recuperó el manuscrito, y por fin vio la luz ese mismo año. Para entonces, la leyenda de John Fante estaba por forjarse, gracias a que su amigo y discípulo devoto Charles Bukowski, decidió recuperar la voz de un héroe literario presionando al comité de Black Sparrow para reimprimir su obra, el legado de un artista incomprendido, con escasos lectores y menospreciado por el mainstream, a pesar de su larga trayectoria en el batallón de los guionistas de Hollywood, la Babilonia que lo absorbió implacablemente.

El entorno narrativo de John Fante se sustentaba en una mirada audaz a los bajos fondos, una lente que registraba hasta los más ínfimos detalles de la vida al otro lado de la reja del american dream, la de los losers y los outsiders (que en rigor no son lo mismo), la del trabajo en vano, sin recompensa por parte de ese mundo que en nada se parece al cerúleo edén que recreaba en los scripts que le dieron de comer.

Pregúntale al polvo registra estos asuntos. Novela capital para ciertos autores de diversos intereses y generaciones, el reinicio de las aventuras del Bandini remozado solo conservan, en mayor medida, el ríspido ambiente de Los Ángeles, esa región en combate perpetuo con sus ambiciosos moradores. Una tierra que te traga, te mastica y te descarga pues, al fin y al cabo, la gente es un detrito, y Fante lo entendió muy bien: suavizó el temple del gran Arturo, disminuyó notablemente su xenofobia, el machismo y el deseo desaforado de pelear. La pregunta es: ¿vale la pena rehabilitar a un personaje, desbastar sus defectos primigenios solo por abrirle paso en las imprentas?

En una carta de 1936, también historia conocida, Fante comentó que parte del contenido de Camino… era tan escandaloso que “pondría de punta los pelos del culo de un lobo” y que no le importaba en absoluto pero aquel primer rechazo editorial demostró que no. Al matar al primer Bandini y crear a otro, prefirió dejar cardado el culo del lobo.