¡Yo sí pago mis impuestos!

Una señora vestida de "pants", maquillada con abundancia, y con una permanente que busca tapar los claros de su cabellera, discute airadamente con el encargado del puesto.
Oficinas de Hacienda en el DF.
Oficinas de Hacienda en el DF. (Archivo)

México

Salgo de correr de un parque cercano a mi casa y me acerco al puesto de jugos y frutas que lleva ahí desde siempre. Una señora vestida de pants, maquillada con abundancia, y con una permanente que busca tapar los claros de su cabellera, discute airadamente con el encargado del puesto. Alcanzo a escuchar que hasta ese momento ella ha sido “muy condescendiente” (sic), pero que ya ha sido suficiente, su paciencia se ha agotado: es inadmisible que estacione a diario —en una calle donde hay decenas de coches estacionados en perfecta legalidad durante todo el día— el camión que utiliza para llevar las frutas y verduras con las que atiende su puesto. Finalmente remata con una frase para los anales de la prepotencia, la ignorancia y la estupidez: “Yo sé que solo se está ganando la vida con su puesto, pero yo sí pago impuestos y usted no. No quiero volver a ver ese camión ahí”, y se marcha refunfuñando y negando al aire con la cabeza ante lo que considera un gran ultraje.

Volteo a ver con incredulidad al encargado del puesto y se muere de la risa. Se encoge de hombros y se pone a acomodar un cable pelón, que saca chispas en el proceso, para restablecer la corriente eléctrica que alimenta su extractor de jugos.

El tema de la economía informal —en un país donde un estudio de esta semana del economista del Colmex, Gerardo Esquivel, corroboró que casi la mitad de la población vive bajo condiciones de pobreza— es una de las principales armas que el gobierno, la casta empresarial, los líderes de opinión y los ciudadanos afluentes utilizan para mostrar su desprecio hacia los estratos desfavorecidos. ¿Qué piensan señoras como la de este incidente, que desde niño el encargado del puesto de jugos creció soñando con algún día poder levantarse antes de las 5 de la mañana para estar atendiendo su puesto desde las 6? ¿Debería de caerle Hacienda para cobrarle un impuesto sobre la renta, siendo que él del Estado mexicano no obtiene acceso a la salud, ni derecho a una pensión, por no hablar de lo irrisorio que resultaría pensar que la policía o el sistema de justicia siquiera se dignaran atender cualquier agravio que él o los suyos sufrieran? Valdría la pena proponerle una solución muy sencilla a la señora vejada: ¿por qué no intercambian sitios y se va ella a vender jugos durante horas, comenzando desde la madrugada? Pero, eso sí, sin poder estacionar el camión en la calle y pagando impuestos por todo lo que venda. A cambio, que el vendedor de jugos se vaya a vivir una existencia cómoda como la de ella, que además con toda probabilidad es vuelta aún más cómoda por una o más empleadas domésticas, sobre cuyos sueldos seguramente la señora no paga impuestos, pues es casi seguro que no las haya dado de alta en la seguridad social.