[Semáforo] Los osos de Shakespeare

Cabe la posibilidad de que Shakespeare haya utilizado un oso de verdad, en vez de un actor disfrazado.
Teatro isabelino El Globo.
Teatro isabelino El Globo. (Especial)

Ciudad de México

El 15 de mayo de 1611, en el teatro El Globo, propiedad de William Shakespeare y su compañía teatral se estrenó El cuento de invierno, una de las obras polémicas de Shakespeare (los tres primeros actos difieren notablemente en tono de los siguientes dos). La obra es enormemente disfrutable —y es que eso tiene Shakespeare: cuando mete la pata parece que baila— pese a los muchísimos defectos que la vuelven difícil, enredada, chueca.

Pero la crítica se ha encendido de nuevo —porque no es la primera vez— respecto de una anotación teatral simple, casi al final del acto III, cuando un personaje, Antígono, cruza el escenario huyendo de un oso que lo persigue. Y es que cabe la posibilidad de que Shakespeare haya utilizado un oso de verdad, en vez de un actor disfrazado.

La polémica no es baladí. Unos niegan que Shakespeare requiriera trucos circenses para atraer público. Y dicen bien. Otros creen que se trata de un oso real (por ejemplo, G. Pafford, el editor de Shakespeare para la editorial Penguin, o la crítica Teresa Grant) y cuentan con datos suficientes para sus aseveraciones. Era común tener chiqueros para animales feroces que servían en espectáculos públicos. Los de toros son los más comunes, y existían por toda Europa; en Inglaterra, sin embargo, se dio la variedad de los chiqueros de osos. Así como los toros se exhibían en peleas con perros bull-dog, los osos luchaban contra los mastines, entre otros espectáculos, y queda aún la crónica crudísima de un señor Laneham sobre el espectáculo de unos osos que persiguen y desgarran a un pony montado por un chango: “es un deporte de lo más agradable (pleasant)”, en su opinión.

En 1609, una compañía naviera de Moscú le regaló a Jacobo I de Inglaterra un par de oseznos polares, para sus famosos ruedos públicos que, cada jueves, recibían riadas de público en el Jardín de París, cerca del Támesis, y eran tan populares que los teatros cerraban ese día. El rey Jacobo I incluso nombró a Phillip Henslowe y a Edward Alleyn como cuidadores de sus osos. Y no se trata de cualquier palafrenero: Henslowe era el más notable empresario teatral de su época y Alleyn, ni más ni menos que el actor más famoso, junto con Burbage, de los escenarios isabelinos, al grado de que Christopher Marlowe se negaba a estrenar una obra si el reparto no lo encabezaba la súper estrella Alleyn.

Teresa Grant descubrió que la pareja de osos fue el mayor atractivo en el estreno de la mascarada Oberon The Faerie Prince, de Ben Jonson, cuando entra el príncipe mágico en un carruaje jalado “por dos osos blancos” y un corro de silenos. En 1611, los osos famosos tenían, pues, dos años. De pequeños son animalitos muy sociables, juguetones y dormilones, pero a esa edad, aunque aún dóciles, pesan cerca de 150 kilos y tienen mucha más fuerza de la que se pudiera controlar en un escenario. Gran riesgo para la escena pero, de seguro, un gancho de taquilla para tener lleno tras lleno. Y, al fin, quizá Shakespeare no escribió las obras de Shakespeare. Quizá los osos son reales y su autor ficticio.