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Lunes , 18.06.2018 / 07:05 Hoy

A la orilla del viento cumple 25 años de desarrollar el músculo de la imaginación

Ofrecemos aquí un memorioso testimonio del arranque y desarrollo de esta colección, una obra viva y significativa para ya varias generaciones de lectores juveniles


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Rebeca Cerda

Hace 25 años, el público que asistió a la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ) 1991 pudo conocer los primeros 21 libros para niños y jóvenes de la colección A la orilla del viento, editada por el Fondo de Cultura Económica (FCE). Carteles, periódicos, revistas y programas de radio difundían: "En el fondo… ¡nos interesa desarrollar el músculo de la imaginación!". "En el mundo que día a día deja menos oportunidades para pensar e imaginar, A la orilla del viento busca constituirse en un espacio donde los niños y jóvenes encuentren en la lectura una forma lúdica, libre y placentera de conocer a otros hombres y otras culturas, a ellos mismos y participar en el mundo que nos rodea". "Una colección sin límites".

Sin embargo, la concepción y el nacimiento de la colección data de varios años atrás y, hoy día, como diría la Alicia de Lewis Carrol: "¡Parece que el cristal del espejo se está empañando, que se disuelve en una especie de niebla!".

Para no contribuir aún más a la personalización sin sentido de los logros y a la burda fetichización de los esfuerzos —detrás de caudillos, figuras de viejas y nuevas alianzas, en exceso protagonistas—, es necesario viajar con Alicia a través de la Casa del Espejo y llegar una mañana de 1986 a la oficina de IBBYMéxico (Asociación Mexicana para el Fomento del Libro Infantil y Juvenil A.C.), en la Colonia Condesa.

Desde el Parque España, a través del gran ventanal podía verse a un grupo de personas alrededor de una mesa. Los ocupaba un encargo especial del Fondo. Después de varios acercamientos previos con sus titulares y editores, ahora, mediante un enviado ex profeso, el FCE solicitaba a la asociación planear, darle forma y hacer circular una colección de literatura para niños y jóvenes.

La editorial, creada para hacer confluir múltiples intereses culturales y reivindicar los valores de la gran comunidad hispanoparlante, tomaría parte dentro del fenómeno cultural y social de la lectura para los niños. Era un reto. Podía sentirse un aliento fresco para la literatura infantil y juvenil (LIJ).

En esos años, IBBYMéxico fue el lugar idóneo para dicha tarea: un grupo de trabajo voluntario en cuyos viveros se habían cultivado las primeras ferias infantiles y juveniles, las bibliotecas infantiles de la SEP, la introducción de la colección Barco de Vapor enMéxico, varias experiencias incipientes de profesionalización, los catálogos de libros recomendados, la revista puntos y letras, el Premio Antoniorrobles y la promoción de libros, autores e ilustradores en ferias y premios internacionales, además de innumerables semillas y brotes que más tarde darían extraordinarios frutos.

En ese espacio se reunían conocimiento, experiencia, pasión, praxis y trabajo de investigación, una red de intercambio abierto con 45 países y varias organizaciones internacionales dedicadas a la lectura y a la LIJ, incluyendo asociaciones, editoriales y bibliotecas especializadas.

La solicitud del FCE llegaba cuando el problema de la lectoescritura en el país comenzaba a ser analizado desde otros ángulos. Acerca de aquel momento, la investigadora Josefina Zoraida Vázquez escribiría: “La escasez de recursos obligó a racionalizar el gasto, buscar nuevos caminos para elevar la calidad educativa (…) La convicción de que la simple alfabetización no mejoraba la vida de los individuos llevó a articular enseñanzas en otros aspectos”.

Era necesario dar un salto, no solo pensar en cantidades de libros, campañas y programas, sino demostrar a los chicos y a sus padres para qué servía la lectura. De otra forma, la circulación y apropiación del libro serían imposibles. El verdadero giro era formar lectores críticos para quienes el libro y la lectura adquirieran sentido en su vida, además de capacitar a quienes desarrollaran LIJ de calidad o promovieran el gusto por la misma. En una frase: la revaloración social de la lectoescritura.

En la reforma educativa del sexenio de Miguel de la Madrid, el Programa Integral de Fomento a la Industria y el Comercio del Libro subrayaba: "garantizar el acceso de la población al libro como factor fundamental para transmitir conocimiento, difundir la cultura propia y la universal; el arraigo del hábito de la lectura es un aspecto prioritario del Programa Nacional de Educación, Cultura, Recreación y Deporte; en el art. 1º… se declaran de interés público la promoción a la lectura; art. 2º …en la ejecución del programa participarán en forma coordinada y concentrada los sectores público, social y privado (…)".

Con una industria editorial de capa caída, estos programas generaron un "reacomodo" en la forma de trabajar entre las empresas privadas y los programas públicos de promoción del libro y la lectura. Fue así que nacieron subsidios, ajustes presupuestales y distintos programas. Sexenios después se instrumentarían “rincones”, "aulas", premios y becas, mejores bibliotecas y "salas de lectura".

Los libros infantiles y juveniles del Fondo comenzaron en los tiempos que Víctor Díaz Arciniegas describe en su Historia de la casa: "Sin embargo, y no obstante las estrecheces generalizadas, en el FCE la crisis repercutió en sentido contrario debido a que el gobierno federal lo refrendó en un lugar central dentro de las tareas educativas y culturales para México, en cuanto a quehaceres editoriales se refiere, lo refrendó porque sabía que contaba con un apoyo de eficacia probada, cuya maquinaria podía resistir el «sobrecalentamiento»". De ahí que "comenzaron actividades inéditas…".

Así pues, crear una colección dirigida a sectores urbanos con perfiles de ingreso y cultural medios, resultaba coherente y congruente. El proyecto fue resultado de la situación, de capacidades y competencias puestas en juego, no de ideas personales, mucho menos de ocurrencias traídas de París o de figuraciones a conveniencia construidas ex post.

IBBYMéxico representó la opción más clara para proponer los medios de lograr éxito en la tarea. Pilar Gómez y quien esto escribe se hicieron cargo de formular los lineamientos de la colección en una forma ordenada: una estrategia literaria y lectora consciente del carácter humanístico y ecuménico de las obras del FCE y del afán por llegar a un mayor número de hispanoparlantes.

Una estrategia editorial de tal envergadura no era, ni es, posible forjarla ni dirigirla en solitario. El proyecto requirió intervenciones de entrada por salida, además de un equipo que creció y avanzó en forma paulatina. Como asesores voluntarios se sumaron importantes personajes de la LIJ, entre ellos: Mario González Simancas, Elaine Moss, Eliseo Diego, Leena Maissen, Montserrat Sarto, Margaret K. McElderry, Julia McRae, y claro, Carmen García Moreno. A todos los reunía un punto central: reconocer en el niño una persona inteligente, lúdica, dinámica y voraz por el aprendizaje de los lenguajes escrito y visual.

Al inicio solo existió la convicción de lograr que las obras se insertaran en la vida de los lectores para permitirles acceder a diversas formas de pensar y a diferentes modos de ver, así como a conectar y retomar ideas para transformar su bagaje mental, cultural y estético.

El perfil de IBBY aseguraba su familiaridad con géneros, disciplinas, autores, ilustradores, traductores, revisores, títulos y editores nacionales e internacionales. Fueron revisadas las colecciones más importantes distribuidas en México —un reducido mercado con obras y ediciones bien conocidas por no muchos niños y padres. Esto permitió conocer exhaustivamente los libros que circulaban en el mercado, tomar lo mejor de las diferentes experiencias editoriales y conjugar varios elementos para perfilar el resultado deseado.

La colección se dividió en dos grandes bloques: los libros de bolsillo y los álbumes. Estos últimos resultarían fundamentales, porque al poner énfasis en las ilustraciones con la intención de motivar una relación afectiva a la par que estética, llamarían la atención de los niños de una forma sorpresiva y les generarían grandes expectativas.

La experiencia previa de la Asociación, con un concepto de J. A. Appleyard, sirvió de base para organizar los libros de bolsillo: se clasificarían por la capacidad de comprensión lectora que tuviera el joven o el niño, independientemente de su edad. El hecho de clasificar los títulos obtenía un valor más puntual: pensar siempre en quienes lo leerían, partir de sus gustos e intereses y, poco a poco, establecer criterios para evaluar y medir sus capacidades y preferencias.

La lista de temas y la selección de títulos fue muy importante para la estrategia. La experiencia colectiva de lectura y análisis de innumerables libros a lo largo de muchos años daba las bases a IBBY para delimitar criterios, manejar temas y, en cada título, perfilar, o en su caso valorar, la forma en que los distintos temas eran tratados.

Se buscaba hacer reflexionar y cautivar al lector a través de la fantasía y el realismo crítico, con tónica ligera y grandes dosis de humor. La intención era acercarse a las distintas formas de la LIJ, además de mostrar la capacidad del arte literario para manejar todo tipo de emociones y vivencias de la infancia y adolescencia, a fin de que el lector pudiera hacerlas conscientes y asimilarlas al verlas reflejadas en las narraciones.

La riqueza lingüística del español fue otra de las variantes incluidas. Se promoverían autores latinoamericanos y se cuidarían las traducciones de otros idiomas para que fueran tan ricas, lingüísticamente hablando, como las obras originales.

Resultó primordial rescatar el tipo de libros considerados "piedras de toque" en la LIJ mundial, no solo por su temática y capacidad de ser comprendidos por el lector independientemente de su bagaje cultural, sino por provocar emociones y ser capaces de transmitir fuerza expresiva con independencia del lugar, tiempo e idioma en que cada uno había sido escrito.

Al respecto, don Daniel Cosío Villegas decía: "siempre tendrá sentido poner en castellano las obras indispensables para insertar al lector en la discusión de las ideas que defienden y ponen al día la vida civil entre las traducciones que conforman nuestra genealogía cultural".

Con el documento de estrategia elaborado, el paso siguiente fue elegir el nombre de la colección; después de hacer listas enormes de posibilidades, se seleccionaron siete posibles nombres: A todo galope, Sin fin, Mil hojas, A la orilla del viento, El tambor de ojalá, Viento en popa y Bosque de papel. La decisión final, como se acostumbraba en el Premio Antoniorrobles, sería tomada por grupos de entre 15 y 20 chicos y preadolescentes reunidos en las oficinas de Parque España. El vencedor fue A la orilla del viento. El jurado consideró que encerraba una amplia riqueza de significados, tanto a partir de la evocación que generaban sus componentes (orilla, viento), como —principalmente— en su conjunto.

Hacía falta canalizar el trabajo hacia la visión gráfica y estética para generar pautas que ayudaran a acercar, inquietar la visión de los lectores. Se consideró el primer contacto visual como el más importante. Se buscaron opciones gráficas en donde la combinación entre palabras e imágenes, formas y significados, produjeran un mensaje a la vez lúdico y profundo, acceso y gozo, cultura abierta.

A la orilla del viento tenía que facilitar, no simplificar, la mecánica de la lectura y el interés por descubrir cuál era la narración que guardaban aquellas páginas. Juan Arroyo fue seleccionado en un concurso para materializar la imagen de la colección. Los elementos gráficos y los diseños editoriales llevarían una misma organización estética y funcional, aunque cada título tendría una parte distintiva en su diseño. Como dijeron los chicos en el jurado: se requerían "libros frescos". Cada uno presentaría juegos diferentes en composiciones de dobles páginas, entradas de capítulo, portadillas. Niños y jóvenes aprenderían a ver cómo el diseño de un libro puede ser distinto aunque pertenezca al mismo conjunto. De igual manera la diversidad y creatividad de los ilustradores participantes marcó la identidad de cada título; la dirección artística puso especial atención en ello.

La libertad de pensamiento gráfico influyó y aterrizó en la campaña de lanzamiento de la colección. Una campaña notable y divertida destinada a generar conciencia en los padres sobre la riqueza de la lectura. Esto originó que, al inicio, no se promocionaron títulos, autores o ilustradores, sino que se generaran expectativas de placer y significación.

Aún queda algo indispensable por subrayar: la convicción de tener éxito en el gusto del lector y en las ventas se asentaba en el conocimiento del mercado del libro infantil internacional, y en abrir éste camino para la buena producción local y latinoamericana.

Esto permitió enfocarse en adquirir, adaptar o desarrollar títulos de excelencia y, por necesidad, seguir una ruta contraria a la que regía en ese momento. Los 200 títulos que se seleccionaron se definían a partir de su aceptación e impacto en el público infantil, padres, maestros y bibliotecarios, eran títulos “probados y aceptados” pero, al mismo tiempo, no formaban parte de la tendencia dominante de títulos traducidos al español.

¿Por qué este camino?: 1) El FCE nunca había incursionado en el campo, iba ser muy difícil convencer a las agencias literarias de darle primicias; 2) era imposible competir en precios y subastas con el mercado español; 3) los títulos "de moda" eran alemanes, franceses, suizos y algunos nórdicos, por lo que había que buscar en otros lados; y 4) el mercado español manejaba algunos autores ingleses que ya eran "estrellas", por lo que desatendían "lo nuevo" en ese terreno.

La contratación inicial de más de 100 títulos se derivó básicamente del know what y del know why que aportó IBBYMéxico sobre la historia y éxitos de editoriales, autores e ilustradores, así como por sus saberes de cómo y qué negociar en las ferias y mercados internacionales, el know how.

En aquella primera lista aparecieron Anthony Browne, Chris Van Allsburg, David McKee, Ana María Machado, Ludwig Azkenazy, Helme Heine y Jan Needle, entre muchos otros personajes que se incorporaron a la familia del FCE.

En los trabajos de adaptación y en la edición local participó una muy importante lista de autores, ilustradores y traductores mexicanos y latinoamericanos. La familia cercana.

Sin perder contacto con IBBY, quien esto escribe fungió durante siete años indistintamente y sin reservas —fuera como colaboradora editorial y negociadora, fuera como directora literaria y artística— en el grupo del FCE del cual Daniel Goldin estaba a cargo; Ernestina Loyo y Arturo García también participaron en aquellos inicios.

El diálogo, entonces, era de persona a persona. Como escribió Borges en su Zoología fantástica "En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. (…) Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y se salía por los espejos".

Con el éxito y el aprendizaje, en lugar del trabajo colaborativo poco a poco se consolidaron los afectos por mandos y límites, se pasó a priorizar indicadores, imagen y créditos personales.

La intención de estos reflejos es ofrecer un breve testimonio del arranque y desarrollo inicial de A la orilla del viento, una obra viva, importante y significativa para varias generaciones de jóvenes lectores hispanoparlantes.

Primeros títulos de A la orilla del viento

En libro de bolsillo: El ratón forzudo; Eres único; El agujero negro; Los casibandidos; Aníbal y Melquiades; La historia de Sputnik; La batalla de la luna rosada; El pozo de los ratones; Viaje en el tiempo; Después de quinto año… el mundo; Ma y Pa Drácula; La espada del general; Saguairú; El ladrón; El puente en la selva; El visitante nocturno.

En los álbumes —Los especiales de A la orilla del viento: Hálcón; Gorila; Willy el tímido; La princesa y el pirata.

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