"Vivimos una doble moral erótica": Verónica Maza

A los oficios y vocaciones de esta colaboradora de MILENIO, ahora se añade el de autora xon la presentación de su perimer El motel de los antojos prohibidos, sobre el cual conversamos aquí

Ciudad de México

Desde el diván de su columna sabatina "El sexódromo" de MILENIO Diario, Verónica Maza Bustamante asesora, reflexiona y responde las dudas e inquietudes de sus lectores, pero también sugiere la infinidad de rutas disponibles para una vida erótica plena, por lo que sus textos son imprescindibles en asuntos de los deleites corporales y su ejercicio sin límites ni pausas como lo expone en El motel de los antojos prohibidos. 21 prácticas sexuales fuera del clóset (Grijalbo), ilustrado por el monero Helguera y en el que lleva a cabo algo más que un exhaustivo repaso de aquellas filias que durante siglos fueron catalogadas como perversiones, desviaciones, aberraciones o pecados, digamos coprolalia, dendrofilia, acomoclitismo, melolagnia, pigmalionismo, odaxelagnia y un buen etcétera de deportes extremos, sean horizontales o verticales, y de los que ya el lector decidirá cuál es el que le acomoda bien. Sobre este volumen de cachonda erudición, conversamos con quien también es conocida como la Dra. Verótika, mujer sublime cuyos fans siempre la piensan como una diosa en cuyo cuerpo ya no hay ningún secreto inexplorado.

El origen de El motel...

El libro tiene dos fundamentos. Por un lado, mis conocimientos en materia sexológica, lo que he estudiado, lo que he aprendido a través del plano teórico, y por otro, mis conocimientos de cultura popular: literatura, cine, artes plásticas, el entorno sociológico y, claro, lo que fui encontrando en internet y en redes sociales. Por ejemplo, el intercambio de referencias entre amigos, conversaciones donde fueron apareciendo las prácticas que se abordan en el libro y que comenzaron a volverse inabarcables. Como el mismo título lo refiere, solo se habla de 21, pero hay más, muchas más, así que tuve que poner un alto, de lo contrario nunca habría acabado de escribirlo.

¿Hasta qué punto la sociedad mexicana está abierta a estas experiencias, muchas de ellas prácticamente impensables o aterradoras para algunos?

Creo que la sociedad mexicana está abierta a experimentar cosas nuevas, aunque no lo sabe, tal vez no esté muy consciente de ello. Los mexicanos están dispuestos a satisfacer sus deseos, pero en la mayoría de los casos seguimos atrapados en la utopía postergada. Es un problema de doble moral erótica. Somos aún esa sociedad que dice: "¡Guácala, qué rico!". Esa comunidad que se pregunta en voz alta: "¿Swinger yo?", o que prefiere ajustarse a los límites impuestos por el propio pacto social no obstante que, quizá, en el momento de la verdad pase a la acción, ceda a sus impulsos. Algunas de estas prácticas son de naturaleza espontánea, las descubrimos de improviso. Por ejemplo, la iconofilia. En el libro menciono que hace años tuve un novio muralista, y una vez me invitó a su andamio para verlo trabajar. En el momento en que comenzó a pintar, el mero acto creativo se volvió excitante, produjo emociones insospechadas. Sin embargo, la sociedad mexicana sigue inmersa en la fantasía social.

Pero la fantasía, de algún modo, es un escudo. Quizá mucha gente se resiste a explorar sus deseos por miedo a perder el control.

Cuando empezamos a nombrar las cosas, éstas adquieren un aliento familiar. Cuando alguien menciona lo que le gusta o le llama la atención, comienza a perderle el miedo, a sentirse próximo a lo que lo seduce. En la primera parte del libro hablo de esto. Todas las prácticas tienen distintos niveles. Quien decide experimentar sus apetencias también va pasando de niveles. En la literatura sexológica está perfectamente tipificado. Lo importante es mantener esa escala controlada, de lo contrario habría que tomar una terapia. Es decir, no es lo mismo experimentar con ciertas situaciones que someterse rigurosamente a ellas. Por otro lado, hay un mito con respecto al erotismo, a las prácticas sexuales. Es mentira aquello de que el instinto es el que manda, que somos unas bestias salvajes, totalmente irreprimibles. Tenemos una serie de mecanismos neurológicos, fisiológicos y psicológicos, que nos mantienen al margen de las prácticas nocivas.

¿Cuál es la diferencia actual entre erotismo y pornografía?

Vivimos un tiempo en el que se desdibujan muchas líneas. Con prácticamente todo en general y, en particular, con la sexualidad y el erotismo. Hasta hace unos años la diferencia entre pornografía y erotismo era muy clara, es decir, lo directo, el close up, la imagen sin contenido y con el único objetivo de excitar, mientras que el erotismo estaba ligado a las pulsiones, al placer, con imágenes más sutiles. Hoy en día lo pornográfico —en múltiples aspectos— está al alcance de cualquiera pero, a su vez, también hay mucho erotismo en el día a día, en lo cotidiano. Ahora el acto erótico, el espacio erótico, no está relacionado con los genitales sino con un estilo de vida. Y eso es, precisamente, el tema central del libro: descubrir todo aquello que genera la energía erótica, lo que nos hace sentir vivos. La clave, entonces, sería identificarlo. Por ejemplo el olfato. Es muy común que recordemos a alguien o evoquemos una situación especial cuando un aroma nos llega de improviso.

¿El cuerpo es agotable?

Por supuesto, si lo vemos de manera falocentrista, utilitaria. Se acaba la pasión, se acaba el deseo y el amor. Sin embargo, como explico en el libro, si de lo que se trata es de vivir en un constante temperamento erótico, de modo íntimo, espiritual, y modificamos la perspectiva del cuerpo propio y del de la pareja —descubrir nuestras zonas erógenas y todo aquello que renueva cada experiencia como el olfato, el gusto o los espacios o la música o las caricias diferentes—, entonces se llega a un punto similar a aquel del que hablaba Aldous Huxley en Las puertas de la percepción: el deseo se vuelve algo infinito, imposible de abarcar.

¿Cómo imaginas el erotismo en las sociedades del futuro?

Hemos avanzado muchísimo. En el siglo XX se superaron muchos tabúes, prohibiciones que venían de siglos atrás. Sin embargo, con el avance tecnológico y en estos tiempos de redes sociales e inmediatez, quizá corramos el riesgo de retroceder, porque aún no hemos aprendido a controlar nuestros antojos, a transformarlos en esa fuerza vital que surge de lo voluptuoso, pues todo se sigue supeditando a la hegemonía del falo, de la penetración como única expresión erótica. No debemos olvidar que el erotismo, como todo lo bueno de la vida, se debe ejercer con responsabilidad: la línea entre el placer liberador y una experiencia sensorial opresiva puede ser muy delgada.

Tu libro, música, película y obra de arte erótica predilectos.

Libro: Historia de O, de Pauline Réage (seudónimo de Dominique Aury). Es todavía un gran manual de los antojos sadomasoquistas y aunque es un libro de mediados del siglo XX, es muchísimo mejor que esas cosas que se venden mucho en estos días, como las novelas de Gray.

Música: Las canciones de Björk y de Pink Floyd. Son armonías sensacionales para los métodos introductorios.

Película: Aunque no lo creas, tengo un lado cursi tremendo. Me encantan los besos de Cinema Paradiso, de Tornatore, aunque La secretaria, de Steven Shainberg, también es un gran film sobre los juegos de dominación.

Arte: Me encantan las fotos captadas en moteles; obvio escribí gran parte del libro en esos recintos del placer. Hay un fotógrafo holandés que se llama Erwin Olaf, especialista en moteles y cuyos personajes son mujeres en espera de algo o alguien y, por supuesto, las imágenes de Diane Arbus.