[Semáforo] Ondas y medios

Investigadores, académicos, expertos aparecen en las redes, glosan y explican con claridad qué se halló, por qué importa, y cuál era la investigación.
Las ondas gravitacionales que Albert Einstein predijo se detectaron por primera vez de manera directa el pasado 14 de septiembre.
Las ondas gravitacionales que Albert Einstein predijo se detectaron por primera vez de manera directa el pasado 14 de septiembre. (Reuters)

Ciudad de México

En cosa de unas horas, el mundo se llenó con la bombástica noticia: Einstein tenía razón y, a cien años de sus predicciones, aparece la confirmación de que las ondas gravitacionales, que predijo en 1916, habían sido halladas y registradas. ¿Una estupenda explicación? Busque en YouTube: "Neil deGrasse Tyson Explains Einstein's Gravitational Waves Theory".

Como la gran mayoría de los ignorantes, mi educación en física se quedó en Newton. Siempre imaginé la gravedad como una fuerza y me resulta muy arduo, y muy estimulante, el intento de provocarme una intuición distinta: la materia pandea al espacio. Tyson cita a Einstein: "la materia indica al espacio cómo curvarse; la curvatura del espacio indica a la materia cómo moverse". Me entusiasmo con las explicaciones y me dejo maravillar del modo en que el conocimiento queda a disposición del mundo entero. Pero, si bien los datos objetivos pueden quedar a disposición de todo mundo, en cosa de minutos, otra cosa muy distinta es la calidad de la cultura que recibe los datos.

Lo común en el mundo de la lengua española, durante siglos, ha sido el desierto y una ignorancia cómica respecto de las ciencias y las tecnologías. Por ejemplo, aquella castañera que, en 1923, cuando ve a Albert Einstein en la calle, le grita: "¡Viva el inventor del automóvil!". Los españoles recibieron a Einstein como a un héroe, sin entender muy bien por qué, como la vendedora de castañas —dice Manuel Ansende ("Las dos semanas surrealistas que Einstein pasó en España", en el diario El País). "¡Que inventen ellos!", dijo Miguel de Unamuno: dejemos la tecnología en manos de las bestias anglosajonas; nosotros tenemos el espíritu. Pocos exabruptos más desafortunados que el del colérico Unamuno. El mundo hispano se había rezagado desde el siglo XVII y parecía que la brecha no era zanjable: los que hablamos español debíamos contentarnos con mirarlos a ellos fabricar el conocimiento.

Pero algunas cosas están cambiando. Por aquí y por allá, hemos visto algo nuevo: investigadores, académicos, expertos aparecen en las redes, glosan y explican con claridad qué se halló, por qué importa, y cuál era la investigación. Es decir, que la divulgación dejó de ser una actividad despreciada e indigna. En el mundo de lengua inglesa, la vanguardia científica y su puesta en prosa han ido juntas desde sus inicios. En español, topábamos con un tronco cruzado en el camino de la conversación: suponer que la gente es ignorante y tonta derivaba en que no valía la pena usar el valioso tiempo de los medios masivos de comunicación para hablar de cosas abstrusas. Y en el esquema viejo de los medios, el prejuicio tenía sentido. Ya no: durante días, las redes sociales estuvieron llenas de explicaciones sabrosas, memes, comentarios y preguntas. Siempre existió un público, no masivo, pero tampoco despreciable, capaz al menos de arrimar curiosidad inteligente. Los viejos medios seguirán atendiendo a unas imaginarias masas embrutecidas. El mundo informático ha generado la posibilidad de ser tratado como persona común; es decir, algo cualitativamente distinto del bruto que los viejos medios eligieron como público.