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Domingo , 27.05.2018 / 04:45 Hoy

‘Once Upon a Time in West Asphixia’

Claudia Wega, la joven directora que aborda este difícil texto-toro por los cuernos, ha tomado decisiones complicadas para la puesta en escena.

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Jaime Chabaud Magnus

Angélica Liddell es una de las creadoras escénicas contemporáneas (dramaturga-directora-actriz) que ha marcado nuevos derroteros en la escena española contemporánea; su influencia se ha dejado sentir en otras latitudes. Fue bautizada en el mismo sitio que Salvador Dalí en Figueras, y tomó su nom de guerre (Liddell) de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. En particular, su dramaturgia impacta e interesa a las jóvenes generaciones de directores y actores que no necesariamente han visto sus espectáculos en vivo. Éstos suelen constituir una “completitud” entre todos los elementos que intervienen en la escena por lo que los textos son solo parte de una poética muy particular. Es decir, de las creaciones de la Liddell el texto es únicamente un eslabón de un concepto mayor. Y, sin embargo, sus dramaturgias son de una potencia y contundencia brutales: casi siempre en clave narrativa más que dramática (dialógica), cada oración, cada formulación verbal, tiene la fuerza de una bala que rasga el viento, el silencio, las conciencias. La palabra, en Liddell, es herida, pero las más de las veces cuchillo.

En Once Upon a Time in West Asphixia, Angélica Liddell aborda la historia de dos niñas (Rebeca y Natacha) que elevan casi a santo o deidad a Simón Alopardi, un compañero de colegio que, tras asesinar a sus padres, se suicida. La adoración a Simón y la emulación de sus actos dará sentido a sus vidas en un juego que se vuelve, a la vez, reto y misión. Y en tal afán, las niñas habrán de convertirse prácticamente en sacerdotisas del nuevo credo en el que el asesinato es el rito mayor.

Claudia Wega, la joven directora que aborda este difícil texto-toro por los cuernos, ha tomado decisiones complicadas para la puesta en escena. Por un lado, ha entrado en la convención de “aniñar” al máximo el trabajo de sus dos actrices, quizá deslavando un tanto la perversidad que pide el texto. Y por otro lado, el uso del multimedia, de recreaciones de otros personajes en video, no empata del todo con la sincronía que debiera tener para que se articulara de manera eficaz, produciendo algunos vacíos de sentido o baches. Y de esto último podríamos aventurar que quizá no le sobra sino que le falta. El video podría estar acompañando el todo en un discurso más delirante, sin estorbar la escena, sin robar el foco.

Dalia Balp encarna a Natacha y Fernanda Vallejo a Rebeca. En general, la directora y sus dos intérpretes sostienen bien la obra hasta el último trayecto, en el que en general se cae la ficción, sobre todo en el discurso final. Véala y discutimos: Casa Actum, Héroes del 47 núm. 9, San Diego Churubusco, miércoles a las 20:30 horas.

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