• Regístrate
Estás leyendo: Odio a los parásitos
Comparte esta noticia
Sábado , 21.07.2018 / 01:51 Hoy

Odio a los parásitos

Viví en Kalamazoo tres meses (marzo-mayo 2013) para conocer a los jóvenes músicos jipis de Michigan

Publicidad
Publicidad

Hugo Roca Joglar

Viví en Kalamazoo tres meses (marzo-mayo 2013) para conocer a los jóvenes músicos jipis de Michigan. Bob Dylan se presentó en el estadio de hockey y ningún joven músico quiso ir conmigo. “Ah, ¿sigue vivo?”, se burló una cantante de folk. “Ir a verlo sería…”, dijo un baterista de country, “…algo tan asqueroso como comer en McDonald’s”. Había rencor en sus palabras; también amargura.

Me dejaron solo en una situación extraña: Bob Dylan a 25 metros y a mi lado un viejo calvo —¿70?, barriga hinchada; la piel del cuello roja— con una playera blanca sin mangas que decía en letras negras: Fuck Obama! (go to Africa). “¡Eres nuestro tesoro nacional, Bob!”, gritó justo antes de que comenzará la primera canción (“Things Have Change” — publicada en 2000 como parte del soundtrack para la película Wonder Boys—, cuyos versos centrales dicen: “People are crazy and times are strange/ I’m locked in tight, I’m out of range/I used to care, but things have changed”) y luego comentó en voz baja a su ¿hija? —¿40?, barriga hinchada; la piel del cuello roja—: “aquí lo tienes, querida, un auténtico representante de nuestra cultura americana”.

Bob Dylan —sentado a la derecha del escenario ante su teclado— ignoró al público de principio a fin: se escondió bajo su sombrero vaquero durante todo el concierto, con la mirada fija en las teclas; no dijo hola ni gracias. Así ha sido siempre: hostil y glacial con sus admiradores. Aunque en tiempos recientes —a partir del año 2000, cuando comenzó a recorrer el mundo sin descanso con su banda— radicalizó su relación con lo externo hasta el grado del desprecio.

¿Y cómo no despreciar algo tan vulgar? Ahí estaba Bob Dylan en un frío pueblo del norte de Estados Unidos cantado “What Good Am I?” (de Oh Mercy, de 1989, cuyo último verso dice: “What good am I if I say foolish things/ and I laugh in the face of what sorrow brings/ and I just turn my back while you silently die/ what good am I?”), mientras a su alrededor —con el pretexto de su música— se peleaba gente sorda ávida de política. Sordos los jóvenes músicos jipis que mataron a Bob Dylan por ser una celebridad millonaria y sordos los republicanos que ovacionaron a Bob Dylan por salir en un anuncio de Pepsi y ser la imagen del Super Bowl. Sordos e imbéciles ambos por pudrir la poesía en el nombre de las causas.

Incluso ahora, que la poética de Bob Dylan ha sido premiada con el Nobel, la alabanza está contaminada con política. Premiarlo es premiar a la imaginación cruda y libertaria, de erotismo democrático y surrealistas panoramas, de los beat. Es premiar a Kerouac, Burroughs y Ginsberg —quien siempre envidió a Bob Dylan porque podía cantar sus versos—. Premiar la esencia de un arte estadunidense —el de los años cincuenta y sesenta— que enaltece la ingobernabilidad del alma humana es un mensaje que manda la cultura occidental europea a Estados Unidos: ¡no pueden elegir presidente a un xenofóbico, agresivo, racista y misógino! Bob Dylan —el premio a su poética— es el vehículo político para decir eso.

Pero Bob Dylan no habla con su público —ni hola ni gracias— y en Europa desconocen que en el espacio de ese despreciativo silencio han ocurrido todo tipo de distorsiones aberrantes, como la de ese concierto en Kalamazoo: los jóvenes músicos jipis, defensores de la otredad, que hoy van a votar por Hillary Clinton, se alejaron de Bob Dylan porque es un “miserable capitalista que se ha vendido al sistema” (palabras de un guitarrista de bluegrass); y la gente que teme con odio violento el intercambio con lo diferente, y hoy votará por Donald Trump, aplaudió con felicidad frenética las canciones de Bob Dylan en un estadio de hockey.

Esa noche de 2013, Bob Dylan cantó “Visions of Johanna” (de Blonde on Blonde,1966), una laberíntica narración sobre amor, confusión, fantasmas de electricidad, lluvia, el infinito y mujeres noctámbulas en donde —y al llegar a esta parte, durante un instante, por primera vez en el siglo XXI, Bob Dylan volteó a ver a su público— una condesa le dice, con vieja voz bamboleante cargada de cruel ironía, a un mendigo, que podría ser un jipi, un republicano, Trump, Clinton o el Premio Nobel de Literatura: “Name me someone that’s not a parasite and I’ll go out and say a prayer for him”.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.